Enzensberger reabre sus viejos mapas

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No porque en determinado momento invoque la palabra ‘batiburrillo’, un libro como Tumulto, del alemán Hans Magnus Enzensberger (Malpaso Ediciones, 2015) estaría condenado a ser espejo del caos y del desaguisado regular de la memoria.

Cuenta el escritor de Baviera que en agosto de 1962, al llegar a Leningrado, invitado a un congreso insulso en el que se encontraría con Sartre y de Beauvoir, con Ungaretti, Shlojov y Evtuchenko, lo primero que hizo fue pedir un mapa de la ciudad, tras lo cual comprendió que su ingenuo acto había suscitado incomprensión. “En general –relata-, nadie parecía interesarse por los mapas. La mera pregunta causaba sorpresa. Solo los espías andan detrás de tales secretos de Estado”.

Llegado de Berlín Occidental, el corazón del espionaje mundial durante los años de la Guerra Fría, Enzensberger iniciaba su andadura por dos capitales medulares para entender los devaneos y ese otro plano, enorme, del siglo XX: Moscú y La Habana. De eso trata este libro: es el relato de un mapa. Como esa historia que es contada por una voz impersonal, a través de una cajita y unos audífonos, cuando entramos a un museo.

De aquel viaje inicial a la Unión Soviética –tras los pasos del viejo Gide y de tantos otros-, destaca el retrato del microcosmos de las kommunalkas de Novosibirsk, aquellas viviendas de la vieja burguesía que habían sido convertidas a golpe de dedo en una sucesión de habitáculos desarbolados donde la gente, a cuarentaicinco años del triunfo de los soviets, se apelotonaba, “no sólo de forma provisional, sino durante décadas”, con un único baño por compartir y sobrados murmullos nocturnos por escuchar. “Huele a vinagre y a agua sucia –apunta el escritor-. En la cocina los vecinos se pelean. Ha desaparecido mi gorro de pieles, ¿y quién le ha robado su osito de peluche a la pequeña Aliona?”.

Estarán también, a manera de conjura con quienes vivimos en algún momento bajo idéntico techo, las estanterías vacías de los establecimientos, las vidrieras que exhiben “pirámides de viejas latas de conservas”, las tres colas que hay que hacer para adquirir cualquier producto y la ausencia total de compresas higiénicas. “La economía planificada –remata- parece ignorar que en esta tierra viven mujeres. Nadie puede explicármelo.”

Este es el alcance, diríamos, irracional, de este tipo de libros: que nuestra propia historia muchas veces no dispone de un folleto para usuarios que nos explique mucho de lo que ocurre ante nuestros ojos.

Otro momento memorable, acaso por lo cinematográfico de su reproducción, será el de su regreso a Moscú en el tren Transiberiano, y la imagen de aquellas estaciones solitarias, sin un alma humana, formadas “por un barracón parcamente iluminado”, pero de donde sobresale una estatua de Lenin con la mano derecha estirada, “como pidiendo subirse al tren”, y que nos regresa, por la soledad y el dibujo de la estepa, a aquel relato, “Recuerdo del tren de Kalda”, que Kafka introdujera en su diario de 1914.

Ya en la capital, da inicio lo que Enzensberger llamará “mi novela rusa”, su amorío turbulento con María Makárova, hija de una poetisa olvidada y de Aleksandr Fadéiev, el suicidado autor de La joven guardia. De la mano de Masha, Enzensberger visitará Peredélkino, con aquellas “chozas torcidas” que tanto contrastan con las dashas asignadas a los escritores que le han sido fieles al régimen y a los funcionarios de la poderosa Unión de Escritores. “¿Allí se estaba más tranquilo o más expuesto al peligro?”. Además del abyecto sitio de la oficialidad letrada, Peredélkino es también el lugar a donde fuera a morir Boris Pasternak, con su casa en perpetuo silencio, a cuya valla del jardín Enzensberger se acerca, por unos minutos, antes de seguir su camino.

Y por último, el escritor se asoma a Georgia, la tierra que vio nacer a Stalin, con los retratos del líder pegados a los parabrisas de casi todos los autos, su estatua de veinte metros frente al ayuntamiento y hasta el “museo monstruoso” que le rinde memoria, con sus pipas, sus uniformes y su mascarilla funeraria.

Tumulto es, por encima de todas las cosas, el testimonio del pugilato que un escritor establece con su propia memoria y, mucho más allá, con la idea de cierto legado histórico, pomposo, que todo hombre de letras debe generar. A contrapelo de lo que su ser racional –ese que cuida de nuestra sanidad y aboga por el equilibro anímico- le aconsejaba, Enzensberger se ha visto abocado a la irrupción del recuerdo, cuando en el sótano de su casa en Alemania descubre, entre la estantería de los vinos y la caja de herramientas, unos envoltorios de cartón donde durante más de cuarenta años habían permanecido libretas de notas, paquetes de cartas, fotos, manuscritos, recortes de periódicos, un machete marca Gallo “de producción china y 60 cm de longitud”, unas gafas Polaroid que sobrevivieron al Caribe, monedas de Camboya, rublos, un billete de dos pesos cubanos, “que se está desmigajando”, con la firma de Ernesto Guevara… La tarea habría de ser ardua, pero –acota con otras palabras- nada de lo hallado había sido inventado. Todo pertenecía a su propio mapa personal.

¿Aún podía servir para algo esa materia bruta?” –se pregunta. A sus 85 años, a la hora del cierre del único ciclo que nos ha sido concedido, Hans Magnus Enzensberger escribe este atípico libro de memorias, resultado de la relectura de sus diarios de campaña, consciente de que la imposibilidad de representar de manera absoluta lo que aconteció en el pasado da pie a la “famosa paradoja cartográfica”, eso, que no hay mapa igual a otro, aun cuando ambos pretendan reflejar de manera fiel una realidad puntual.

De ahí los cinco textos que componen Tumulto, un libro erigido bajo el amplio alero de lo confesional, de la memorabilia; especie de domestic noir en el que uno mismo va investigando por cuenta propia, sin la ayuda de manuales al uso o teorías historiográficas, el itinerario de su existencia, que en el caso del alemán es también el recorrido de la utopía marxista, del igualitarismo, pero sobre todo de la empresa totalitaria; auxiliado tan solo por esa papelería oxidada que creemos haber dejado olvidada en un lejano anaquel.

Pero un momento aparte merece el texto titulado “Recuerdos de un tumulto (1967-1970)”, en el que Enzensberger evoca su llegada a una Habana de “ambiente relajado, eufórico”, bajo “una presión atmosférica distinta a la de Moscú, Berlín-Este o Varsovia”.

“Al fin y al cabo –sentencia-, la Revolución cubana no había sido importada con ayuda de tanques soviéticos. Había triunfado sin los rusos.” Le acompañan, en eso que el alemán llama “un carnaval político”, varias de las vedettes más visibles de la izquierda mundial: Hobsbawm, Leiris, Nono, Cortázar, Siqueiros, Einaudi, Feltrinelli…

Pero para su segunda estancia ya la visión es otra. Se le propone hacer un recorrido por el país para, según palabras de un ministro revolucionario, “comprender la situación”, y al acto se le impone un chofer propio, personaje que cumple “la función de vigilante y la actividad de estraperlista, una mezcla subtropical nada infrecuente en Cuba”.

Llama la atención –pues luego los ambientes fueron de una asepsia irrespirable- la variedad de los personajes con los que la pareja de alemán y soviética convive en su prolongada estancia en el Hotel Nacional: un compatriota misterioso, el secuestrador de un avión de Texas, la sobrina de un expresidente cubano y hasta el poeta y guerrillero Roque Dalton, “que había huido de sus camaradas porque quisieron acabar con su vida”, a quienes el de Baviera ve como “náufragos”, sujetos varados en el espacio y en el tiempo, dueños tan solo de su propia porosidad.

El autor no lo esconde: “Deseaba saber qué pasaba detrás de la fachada.” Esto lo lleva a recorrer todos los escenarios: desde un juego de baloncesto en el que “el jefe” finge ser uno más en la cancha, y de donde resalta “un elemento de bandidismo”, en el cual “Fidel es como un jefe de forajidos y los miembros de la cuadrilla ejercen de cortesanos”; hasta la visita a una granja modelo, climatizada, para reses, cuyo instrumental había sido mandado a comprar en Europa y su personal especializado, traído desde Suiza, y en la cual el Líder Máximo aspiraba generar un tipo más que eficiente de ganado que colmara al país de toda la leche y el queso que necesitaba.

Entre esto y sus contactos con Lezama Lima, Virgilio Piñera o Heberto Padilla (a quien Enzensberger compara con Evstuchenko, por su don de algarabías; un hombre, Heberto, “que oscilaba con gran facilidad entre la seriedad y el cinismo”), el escritor y su joven esposa visitan una Habana que identifican con un hormiguero, por sus solares plagados de pasadizos y coladeros, tan parecidos a los de los Barrios Españoles de Nápoles, pero vistos también como “una versión caribeña de la kommunalka soviética”.

Uno de los momentos memorables de este libro se produce entre los pasillos del antiguo mercado de carnes de la avenida Carlos III. A la puerta del inmueble, un grupo de milicianas uniformadas vigila. El escritor asciende sobre la enorme rampa de hormigón que conduce hasta la última planta, observa pancartas donde se lee “¡Cuba triunfará! ¡Cuba: un ejemplo para toda América!”.

Pero ya a estas alturas no se trata de carne ni de comercios. En el célebre edificio habanero ahora se fabrican figuras humanas de yeso, periódicos remojados y cartón, para las escuelas del país: “Un negro fornido reproduce con esmero un cráneo en yeso y lo pinta. Otros confeccionan piernas, pechos y manos, también de yeso. A unos pasos más allá, en la sala siguiente, se realiza el vaciado de los modelos. Es entonces cuando comienza la fabricación propiamente dicha. Son cuatrocientos exfuncionarios los que trabajan en un salón.”

De golpe regresa al lector la visión puntillosa, minimalista, con la que en 1890 el poeta cubano Julián del Casal describiera los pormenores del conocido Matadero de La Habana; especie de plaza de toros consagrada al sacrificio y descuartizamiento de bestias, un espacio marcado por el “olor salado de la carne fresca”, el murmullo de las moscas y “las ropas manchadas de los matadores”.

Todo es muy plástico en estos dos textos distantes en el tiempo, pero dedicados a una misma ciudad: la zanja amarillenta y enrojecida que atraviesa el matadero visto por Casal, y los colores “chillones, monstruosos, diabólicos” del homúnculo revolucionario del siglo XX. El poeta habanero destaca la estructura de anfiteatro con la que el matadero ha sido concebido, con gradas para que la gente, “ya por gusto, ya por ociosidad”, acuda al espectáculo, confraternice y hasta enardezca desde lejos a los matadores en medio de su faena.

No será difícil imaginar, pues, al escritor alemán, que todavía cree sentir el viejo olor de la sangre del mercado, intentando aproximarse a aquellos “burócratas de gesto agrio” que en 1968 le ponían color a las amígdalas, las vesículas y las matrices de sus muñecos de turno; mascullando él algunas palabras en su mal castellano con la funcionaria que ha hundido al humanoide en un recipiente con pintura “verde veneno”, para que más tarde algún otro héroe anónimo le aplique “un rosa siniestro”, antes de que un anciano mulato le dibuje finalmente los músculos “con pincel rojo sangre de buey”.

Mucho antes en este mismo libro, Enzensberger había considerado macabra “la predilección por la sangre y la muerte” en la retórica política cubana, y con ella el morbo capitoso de “¡Patria o muerte!”, un eslogan que era pronunciado, para su asombro, hasta cuando en la recepciones se servían los petits fours.

Hans Magnus Enzensberger, que seguramente nunca leyó a Casal, pero sí a Baudelaire, ha terminado considerando esta “fábrica de hombres” como “la inversión del matadero”, un espacio eufórico –shopping mall a la inversa- en donde los partícipes de la gestación de este Frankenstein comunista “comparten su optimismo y espontaneidad”.

El relato de la fabricación de un ser de bajo coste, a base de elementos ajenos que son ensamblados por personajes igualmente mecanizados, no es boxeo de sombra, hojarasca dentro del entramado de este libro, aunque ninguno de sus críticos en castellano haya reparado en ello. De manera rotunda, este paneo por sobre la rampa de concreto del mercado de Carlos III coexiste con la etapa en la historia cubana en la que se puso punto final a toda iniciativa privada, a la vez que fue cristalizando el abrazo rotundo al modelo comunista soviético.

Enzensberger y Masha caminaban por las calles de La Habana en el mismo momento en que la Ofensiva Revolucionaria clausuraba el más ínfimo de los establecimientos privados, y en el que Fidel Castro apoyaba la invasión de los países del Pacto de Varsovia a territorio checoeslovaco. Como mismo ocurriría en la vieja Bohemia a partir de ese verano nefasto, en Cuba comenzaba una “normalización” de la cual el humanoide observado por el escritor alemán sería el mejor botón de muestra. Ya que generar un verdadero “hombre nuevo” estaba resultando tan trabajoso (comandantes fusilados o encarcelados, ministros defenestrados, miles de ciudadanos exiliados…), por qué no empezar por producir una especie de androide a golpe de periódicos embebidos, yeso y pintura, como mismo ya se intentaba crear una vaca perfecta, capaz de producir el mejor alimento para nuestros hijos.

Desde el tren Transiberiano, el retiro de escritores en Peredélkino y las calcomanías de Stalin pegadas a todos los autos de Georgia, hasta la granja climatizada donde se produjo un enorme queso camembert que Castro hizo llegar a Enzensberger a su habitación en el Hotel Nacional, Tumulto es el relato de un delirio.

….

Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, N.791, mayo 2016, pp. 154-158; y en la revista digital Potemkin, Barcelona, N. 14, agosto-diciembre 2016.
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1 comentario

Archivado bajo Artículos y Ensayos

Una respuesta a “Enzensberger reabre sus viejos mapas

  1. Ania LaO

    Gerardo que buen texto . Abrazos ! Ania LaO .

    Donde quiera que est??s, te gustara saber que te pude olvidar y no he querido, y por fria que fuese mi noche triste no eche al fuego ni uno solo de los besos que me diste…JOAN MANUEL SERRAT ________________________________

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