Archivo de la categoría: Relatos

El Censo

Censo-Cuba

    cómo estoy en el censo

A. Escobar

Había entrado por puro azar una pestaña en su boca y, mientras caminaba, cataba la textura de ese pelo suyo con la punta de la lengua, el reverso de los dientes superiores y las estrías del velo del paladar. Con ese vello diminuto y curvo en la boca dobló Angelito la última esquina que le quedaba para llegar finalmente a su casa tras una semana gracias a Dios no tan convulsa en el hospital; cinco días en los que Ofelia había desistido de su idea de ahogarse en un plato de sopa y Alarido no lo había despertado en plena madrugada, aquella cara de rasgos de escándalo a tres centímetros de la suya, anunciándole la inminente llegada de los Bárbaros.

Esta vez el médico había tenido fe en lo que llamaba “la fortaleza mental” de Angelito y había adelantado el pase, sin siquiera (aunque el paciente vivía solo) haber intentado prevenir a sus familiares de esta salida anticipada. Antes de dejarlo ir, el buen hombre le había indicado con precisión la dosis de neurolépticos que debía consumir durante el fin de semana.

Angelito no había escupido aún su pestaña con la intensidad nerviosa con que lo hiciera tres minutos más tarde, cuando descubrió al entrar en su edificio y escuchar ciertas voces –no dentro de su cabeza sino en el descanso del segundo piso—que el barrio estaba siendo visitado por tres compañeros del Censo de Población y Vivienda.

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Agua de la calle

grifo

Dinorah retira el jarro de agua hirviente del fogón y la deja caer en un cubo de plástico resistente, donde terminará refrescándose antes de ser envasada en varios pomos, y de ahí al congelador. He observado este procedimiento suyo día a día, incluso dos veces en una jornada, durante casi veinte años.

Dinorah es un animal de cocina. Muy pocas veces la he visto permanecer por media hora en algún otro lugar de la casa. Ahora vuelve a colocar el jarro en el fregadero –un jarro con una espesa costra blanca en su interior–; abre la llave para llenarlo. Pero eso que llamamos agua de la calle, la que circula por todas las casas del vecindario, la que llega mediante bombeo desde el acueducto más cercano, esa agua se ha agotado; a lo que sigue que Dinorah deba cerrar la llave de la entrada y abrir, justo a la altura del lavadero, la llave de salida de esa otra agua que ha ido almacenando en sendos tanques plásticos en el techo de la casa. Agua de la calle, agua de la casa…: esos son los códigos, y en esto, si se quiere, se nos ha ido la vida.

— No te vayas –me dice sin levantar la mirada–, te voy a servir un pedazo de flan.

A dos pasos de nosotros escucho el jadeo de Jiménez, casi ahogado, inconforme con la vida que lleva. No ha dejado de usar el mismo pijama desde que visito esta casa que construyó, luego reparó, amuebló, mantuvo como un demente hasta que sus pulmones terminaron colapsando tras tanto cemento inhalado. Tiene setenta años –ella cinco menos–, es pequeño, enfundado en su pijama de listas azules y lleva siglos acostado en un camastro improvisado en la sala, los ojos cerrados, el televisor encendido.

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Caramulo

agua CaramuloCon las risas olvidamos sobre la mesa las galletas para el resto del viaje. Hacía más de diez minutos que habíamos dejado atrás el parador en la autopista y aún reíamos despiadados con tan sólo mencionar aquella marca de agua mineral en botellas de medio litro.

Caramulo –le había explicado—podía ser algo así como un grito desde la ventana de un ómnibus escolar hacia un transeúnte bien feo.

Ella conducía, yo había reclinado mi asiento casi hasta el límite, veía pasar el cielo de la carretera mientras con el índice de mi mano derecha palpaba una zona todavía tibia en la piel de mi cuello.

— Ayer me mordiste duro…

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La sangre

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El día anterior José Julián había auxiliado con su carro a un hombre herido. Esquivaba sin premura los baches de una calle de El Cerro cuando, al desembocar en una esquina del Parque Manila, un hombre negro se abalanzó sobre el capó del carro agitando los brazos y le anunció  –porque no puede decirse que haya sido un pedido–  que necesitaba llevar de inmediato a su amigo, un hombre blanco que sangraba por la espalda, al Cuerpo de Guardia de lo que, desde hacía más de cincuenta años, todos conocían como La Covadonga.

Eran las cinco y media de la tarde y al hombre blanco otro hombre le había asestado –José Julián nunca supo por qué– dos punzonasos en un pulmón.

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Un hombre con una pistola

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El hombre entró en la tiendecita de la gasolinera de 31 y 20 y apuntó a la muchacha con una pistola. Eran cerca de las nueve de la noche, hora en que la ciudadanía en pleno empleaba su vista ante la pantalla del televisor. Afuera, de espaldas a la pared de cristal del establecimiento, el empleado del overol gris seguía pendiente del curso disparado de la bomba de gasolina con la que abastecía a un Daewoo rosado con una música estridente.

Adentro el hombre apuntaba con la pistola y a la mujer se le desencajaba un rostro que hasta hacía unos minutos desprendía el aroma de unos aretes de oro, un perfume chillón y el vaho plástico de un tinte de cabello rubio cenizo, horriblemente horrible —aunque esto último ella lo ignorara.

—Es sencillo. Me das el dinero, no gritas, no lloras, no llamas a nadie. Luego me voy. Cuentas tres minutos y llamas a la policía —su tono era calmo, sosegado, incluso metódico, como el de un croupier de casino.

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El parqueador, Walter y el aeroplano

opelHilario era de los pocos que habían regresado de la Base Naval de Guantánamo. Cuando llegué a tener una relación más cercana con él  –lo conocía de vista desde mucho tiempo atrás–, hacía años de aquel suceso del que ya nadie hablaba. Tenía unos cuarentitantos años, creo que menos de cuarenta y cinco, un hijo gay de veintitrés con el que no vivía y apenas conversaba, y una mujer gruesa mucho mayor que él. Hilario fungía como responsable del parqueo colectivo en donde yo parqueaba mi carrito viejo, un Opel con motor soviético pintado a brocha de rojo ladrillo.

— Estoy cobrando la mensualidad  –me decía cada mes, cerca del día veinte, cuando yo apagaba el motor y él se acercaba a la ventanilla con una libreta de escolar y un lápiz pequeño. Entonces yo sacaba la billetera y en vez de los treinta pesos acordados desde el inicio, los mismos que se le cobraban a cada propietario por un mes de cuidado exclusivamente nocturno, extendía mi mano con dos billetes de veinte que él aceptaba gustoso, próximo a mí, dejándome percibir un ligero olor a alcohol en su aliento, no mucho, sólo algo leve, leve y habitual, algo incorporado ya al tono ordinario de su paladar.

No sería sincero si afirmara que Hilario me caía mal. A pesar de que sabía que a Hilario le gustaba mi mujer por el modo en que la miraba cuando llegábamos de noche al parqueo y ella salía del carro, entradita en carnes como siempre ha sido, y cogidos de la mano lo saludábamos y bajábamos en paz la colina que separaba al parqueo de nuestro edificio, a pesar de ello nunca tuve celos de él ni mucho menos experimenté un sentimiento mezquino hacia su persona. Quizás él sí supiera que yo tenía conocimiento de su admiración o su deseo o sus heroicas ganas hacia mi mujer…; pero ahora eso no tiene importancia. Tampoco creo que la palabra heroico sea la más acorde con su naturaleza.

Lo que sí es cierto es que cada vez que me topaba con Hilario en el parqueo, ya se me acercara con su lápiz mocho y su libreta de escolar o simplemente me dirigiera un saludo desganado con un movimiento del brazo, cada vez que Hilario aparecía ante mi retina yo pensaba en Walter Benjamin.

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Rotunda piel

serpiente-bebe

Uno

Ha entrado por puro azar una pestaña en su boca y, mientras camina, cata la textura de este pelo suyo con la punta de la lengua, el reverso de los dientes superiores y las estrías del velo del paladar. Acaba de asistir a la última presentación de la temporada invernal de ópera en el Gran Teatro y se dispone a pagarse –pestaña en la boca– una mujer de algo más de diez pesos en los alrededores del bar Cienfuegos. Como un asesino de ancianas que llega a casa y se prepara un emparedado con hojas de lechuga y una telilla de jamón barato, mientras camina por la acera del Capitolio este hombre compara a esas mujeres cantoras de busto permanente a las que una zanja profunda les parte el pecho, con los senitos rimbombantes de la mulata ecuestre con la que esta noche pretende negociar, una holguinera huesuda con colmillos superiores enfundados en oro que sale a la calle en días alternos, justo cuando su marido trabaja de custodio en una fábrica de tabacos.

Rogerio –así se llama– es de esos hombres que no tienen reparos en contarnos sobre su vida más íntima, igual que un vendedor ambulante que toca a nuestra puerta para ofrecernos un queso blanco hecho en el campo, se sienta en el sofá de casa y nos cuenta de los dolores vaginales que le han impedido a su buena mujer entregársele durante los últimos tres meses.

Cojea algo de la pierna derecha. En cuanto puede se declara hombre a todo, heterosexual y de izquierdas, aunque su interlocutor no se explique el por qué de semejante trinidad. Cuando habla de mujeres se le tuerce el labio inferior y su mirada se agudiza hacia lo lejos, como queriendo escrutar algo entre los hoyos de disparos sobre la fachada de la Manzana de Gómez.

Tuvo una mujer que se llamaba Mercedes. Se conocieron a finales del verano de 1969. Ella participaba de figurante en los ensayos de Zafra, una zarzuela que finalmente se estrenó ante el público del teatro Martí los primeros días de septiembre.

— ¿También repartes agua fuera del escenario?  –le preguntó él, entonces macho hermoso recién llegado a la capital, estudiante en un curso acelerado de mecánica naval y utilero ocasional para la zarzuela que en esos días se ensayaba.

Ella, que también venía de provincia para un papel muy escueto de repartidora de agua en nuestros hirvientes cañaverales, se detuvo, colocó la tinaja vacía en el suelo de uno de los pasillos interiores del teatro, apretó su pañuelo con sus dos manos a la altura de la ingle y terminó por sonreír.

Luego, tras veinte años de matrimonio y muchos más de marinería en la ruidosa sala de máquinas, Rogerio la llevó consigo en uno de esos viajes de estímulo en los que todo marinero juicioso se ganaba el derecho de hacerse acompañar por su esposa. Pero un mes después de zarpar del puerto de Matanzas, ya en aguas del Mediterráneo, casi llegando a su primera escala, descubrió en los pasillos del buque que a su mujer le llamaban Rotunda piel.

Ella decidió quedarse en Corfú. Algunos la vieron bajar del barco con un pequeño jolongo y los labios pintados de un rojo hiperbólico. Él regresó a La Habana, se procuró certificados médicos, terminó acogiéndose a un retiro laboral anticipado. Nunca más regresó a la empresa naviera. Sigue leyendo

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