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La Falacia, 1996, ahora en Kindle edition…

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noviembre 11, 2013 · 1:52 am

El último día del estornino (fragmento)

estornino

Debería ser clutch —especifica Octavio Forlán antes de imbuirse en su nuevo relato—, pero como siempre lo he conocido por cloche, mejor no cambiarle el nombre.

Lo cierto es que sobre el pedal del cloche del camión en el que la muchacha acaba de subir fue pegada en algún momento una calcomanía con la foto del rostro de una mujer y más abajo unas palabras en un idioma que ella ni conoce. De esa manera, cada vez que el camionero dispone de su pesada bota izquierda para cambiar las velocidades del motor, aquel rostro hermoso desaparece por unos segundos para luego regresar con lo que parece ser una mueca.

El resto es más bien habitual: también los camioneros en Campechuela, en Remedios, los que se reúnen en un cafetín desaseado a la salida de Manzanillo para recargar sus baterías antes del regreso a la capital, son robustos y bigotudos; unos que no se desprenden de sus gorras de béisbol, otros que mascan la punta de una ramilla, el tallo finísimo de una hierba de Guinea cortada de cuajo antes de proseguir la ruta indicada.

Todos son iguales —murmura ella mientras se ajusta el cinturón y se deja llevar por el primero de los caminos posibles.

¿Imagina usted cuántas veces no habré pasado por esto, así, en un camión, sin saber siquiera adónde llegar?

Pero el camionero, que acaba de liberar con su pierna la cara linda del cloche y se apresta a guiar el timón con sus manazas con guantes a los que les falta pulgada y media de cuero en la punta de cada dedo, no le responde. Enciende el primero de sus cigarrillos Assos Lights, inhala el humo y acomoda el cojín de óvalos de madera barnizada que sostiene sus nalgas, incrementa la irrigación sanguínea y evita la acumulación del sudor. Luego mira fijo a la carretera.

Ciertamente la muchacha no resulta una novicia en estos ajetreos, aunque ahora se encuentra justo a la entrada del Peloponeso griego, en la cabina de un camión de carga y, como tantas veces ya, en compañía de un hombre con el que solo ha cruzado unas palabras y que cada tres segundos oprime con ira —y con su bota izquierda— la foto de un rostro de mujer pegada al pedal del cloche.

Atrás ha quedado Stefano, su novio italiano, aquel joven esbelto de barba de un día y cabellos lacios abandonados sobre el cuello, estilo futbolista iracundo de segunda división, que finalmente la había invitado a Europa. Atrás también la noche en que no supo más de él, las aspas ruidosas del ventilador de techo de su habitación en el Hotel Appia de la calle Menandrou, en el barrio de Omonia, el calor insoportable, la pérdida de sus documentos —por mera venganza, Stefano había huido con ellos después de una discusión bien acalorada—, el olor a pimienta, a azafrán, a aceite de mostaza, a cardamomo negro, a polvos de curry que se respiraba desde su balcón, a medianoche, en pleno centro de Atenas, como si se tratara de una esquina de Khari Baoli o de cualquiera de los mercados de especias de Nueva Delhi.

¿No tiene calor? —le pregunta.

Pero el camionero continúa concentrado en su timón y en la carretera por la que transita. Más arriba de las botas lleva un pantalón de corduroy marrón algo gastado a la altura de los muslos, un cinto grueso de cuero con la inevitable hebilla dorada, una camiseta de nailon con hoyitos uniformes y una gorra de béisbol con un delfín en el frente o un pez espada, algo así, la joven no acaba de identificar a la bestia. La ceniza de sus Assos Lights, la que el aire de la ruta no ha dejado salir de la cabina, invade el ambiente en pequeñísimos fragmentos que la luz del sol resalta, que caen sobre el pantalón. Por momentos, tras fijar la palanca en su correspondiente velocidad, el camionero se sacude los muslos con cuidado para luego depositar su mano gruesa, con gusto, como quien atesora una piedra valiosa, sobre el bulto que sobresale en su entrepierna. Bien nota ella el brillo plateado de un cierre metálico terso por naturaleza y el modo en que la mano oprime con dulce regularidad aquella redondez desmedida.

Parece un buen hombre. Sigue leyendo

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