El espíritu-Borat

Matar a Robin Hood

Habría que preguntarse cuánto de fabulación y de estrategia se parapeta detrás de la crítica a una película, cuánto hay del aporte del escribidor de reseñas, pero sobre todo de qué vale este acto de desentrañamiento -más allá de empujar al espectador a pagar su billete y entrar en la sala oscura-, toda vez que el consumidor, por algo misterioso e irracional, suele reaccionar de disímiles maneras, ninguna concluyente.

De la utilidad (o no) de las reseñas sobre cine, ya otros han hablado. En “Los siete pecados capitales de la crítica”, François Truffaut, después de atacarlos con nombres y apellidos, aconsejaba no darle “demasiada importancia a los críticos”. Federico Fellini elogiaba a ese crítico que “habla de la película como si fuese una criatura viva, una persona, y no con la frialdad evaluativa y presuntuosa, con la distancia aséptica de un ingeniero.”

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Sinalectas, la muesca en la escombrera

Sinalectas

En un libro de hermoso título y prosa rimbombante, Francisco Umbral, quien ya antes había asegurado que los escritores salen poco al campo porque solo en la ciudad tienen asegurado la gloria y el prestigio, se aventura en la siguiente definición: “La lucha literaria no es, en el fondo, sino la conquista de la solemnidad”.

Desde ese estado extremadamente contaminante, lectores y escritores, público y buena parte del gremio, exclamaron alguna vez “¡pero, qué es esto!” ante el producto acabado de un poeta. Ocurrió con Baudelaire. O con Mallarmé, a quien un personaje-poeta de La colmena de Camilo José Cela vincula con “las descomposiciones de vientre”. (“¡Qué asco!” -dice.) En cuerda similar, Stephen Spender escribió en su diario de 1953 que las ideas generales de Ezra Pound sobre poesía eran “negativas, estériles y secas”. Y ocurrió, entre otros, con Cintio Vitier, cuando le espetó a Virgilio Piñera “¡Hay sífilis en tu poema, y esto no me gusta!”, tras su lectura de “La isla en peso”.

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Un inédito de Juan Carlos Flores

Siempre he vinculado a Juan Carlos Flores con la actitud y con algunos de los temas más disparados de Tom Waits: God’s Away On Business, Hell Broke Luce, Rain Dogs o Heart Attack and Vine… Será, entre tantas cosas, porque detrás del histrión se suele observar a un ser que padece, que intenta tamizar con la carcajada un ontos que hace aguas, definitivamente fracturado. Así pues, he regresado tras un buen tiempo a su poesía.

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Partiendo por la derecha: Juan Carlos Flores, Almelio Calderón, Ismael González, Gerardo Fernández Fe y Carlos Aguilera. Octubre de 1994. Foto: GFF.

Leer a un amigo, ya lo sabemos, pasa sin remedio por la visión de las fotos mentales (y de las físicas, si felizmente existen) que sobre él conservamos. En este acto de memoria, arqueológico en su estado puro, me vienen a la mente nuestros encuentros, hace ya más de veinte años, algunos de ellos en casa de Almelio Calderón, en San Miguel 522, Centro Habana, con Pedro Marqués de Armas, Ismael González Castañer, Jorgito Aguiar, Francisco Morán, Elvirita Rodríguez, Carlos Aguilera, Kimani… O con los mismos personajes, pero en los salones de lectura de la Biblioteca Nacional, acompañados por el fantasma trastabillante, abrazado a un bulto de papeles sin orden, de Walterio Carbonell. Todo esto ocurrió para mí entre 1989 y 1995.

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De izquierda a derecha, entre otros amigos, Jorge Aguiar, Pedro Marqués, Gerardo Fernández Fe, Juan Carlos Flores, Carmen Paula Bermúdez, Ismael González, Almelio Calderón, Omar Pascual y Jessica Aguiar. Despedida de Almelio, noviembre de 1994. Foto: GFF

Recuerdo los dos tomos de la poesía Hölderlin que nunca recuperé y que deben ahora mismo ser lectura de desconocidos; el cuarto de Juan Carlos en Alamar, regado de libros, por debajo de lo austero; el relato de su familia: un hermano parricida, entonces en prisión, una madre diminuta, reseca, como un personaje de Rulfo… Todo eso fue, insisto, hace más de veinte años. Luego cada cual tomó su rumbo: exilios, insilios, justificadas neurosis.

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Enzensberger reabre sus viejos mapas

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No porque en determinado momento invoque la palabra ‘batiburrillo’, un libro como Tumulto, del alemán Hans Magnus Enzensberger (Malpaso Ediciones, 2015) estaría condenado a ser espejo del caos y del desaguisado regular de la memoria.

Cuenta el escritor de Baviera que en agosto de 1962, al llegar a Leningrado, invitado a un congreso insulso en el que se encontraría con Sartre y de Beauvoir, con Ungaretti, Shlojov y Evtuchenko, lo primero que hizo fue pedir un mapa de la ciudad, tras lo cual comprendió que su ingenuo acto había suscitado incomprensión. “En general –relata-, nadie parecía interesarse por los mapas. La mera pregunta causaba sorpresa. Solo los espías andan detrás de tales secretos de Estado”.

Llegado de Berlín Occidental, el corazón del espionaje mundial durante los años de la Guerra Fría, Enzensberger iniciaba su andadura por dos capitales medulares para entender los devaneos y ese otro plano, enorme, del siglo XX: Moscú y La Habana. De eso trata este libro: es el relato de un mapa. Como esa historia que es contada por una voz impersonal, a través de una cajita y unos audífonos, cuando entramos a un museo.

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La paz del mundo cruel

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¿Puede salir ileso el simple lector tras un libro aparentemente calmo, que arrastra consigo embates de la violencia humana, retratos de la escabechina, del linchamiento, del miedo, y luego seguir su camino, así, como si nada hubiera ocurrido? No en balde, en Mystery and manners, Flannery O’Connor, que sabía de lo que hablaba, se refería a ese impacto “muy duro para el organismo” que generaba la literatura pasmosamente violenta a la que le dedicó sus mejores momentos.

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Edwards, Padilla, los micrófonos y los camarones principescos

 

Si La Habana que redescubrió Guillermo Cabrera Infante cuando regresó en 1965 a despedirse de su madre muerta era un escenario de sujetos cansados, aparentemente “agobiados por un pesar profundo”, una ciudad donde crecía para siempre la bolsa negra y donde abundaba la mirada perspicaz hacia y entre los escritores, la esencia y el decorado atisbados por Jorge Edwards apenas aterrizó en el aeropuerto de Rancho Boyeros el 7 de diciembre de 1970 resultaban igualmente opacos. El fracaso de la publicitada Zafra de los Diez Millones de ese mismo año podía incluso respirarse, a modo de energía, entre los figurines que pululaban por el bar y la planta baja del Hotel Riviera, a donde el diplomático chileno fue conducido.

De esta manera, los jardines modificados que Cabrera Infante descubre en no pocas casas de El Vedado (“plátanos en lugar de rosas”, apunta), pues la gente siembra en dos metros cuadrados para intentar comer mejor, son los mismos ante los cuales pasará el escritor santiaguino con aquellos amigos intelectuales que conociera dos años atrás. La ciudad –relata Edwards—“se presentaba ahora sin afeites, regenerada, desafiante en su pobreza”.

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Roberto Friol o la torpeza de Frater Taciturnus

Friol

Una de las curiosas teorías de Søren Kierkegaard en su libro Concepto de la angustia sugiere que el paganismo, relacionado a partir de la cristiandad con el pecado, con la pérdida, con un desvío…, tiene precisamente su fuente en la angustia.

Seguir a Kierkegaard significaría entonces dejar a un lado entonces la dicotomía histórica que deslinda el mundo helénico, el Imperio Romano, y todo lo que de ellos se desprende, del posterior renacer el mundo judeocristiano. Seguir a Kierkegaard equivaldría a no concederle más a la palabra pagano, primero su identidad con lo bárbaro, luego su sentido de diferencia, de herejía o de estado de déficit con respecto a un ideal determinado. El hombre pagano no sería ya quien se desvía de un canon, sino el hombre angustiado. D. H. Lawrence, sin embargo, asimila el dolor que genera en el hombre su propia soledad a un fenómeno esencialmente moderno, a la pérdida del cosmos pagano.

El caso es que Kierkegaard encadena esa angustia a un concepto de vacío, de nada; y esa nada, a la conciencia de un destino. El filósofo concluye: “En el destino tiene, pues, la angustia del pagano, su objeto, su nada”.

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