Caramulo

agua CaramuloCon las risas olvidamos sobre la mesa las galletas para el resto del viaje. Hacía más de diez minutos que habíamos dejado atrás el parador en la autopista y aún reíamos despiadados con tan sólo mencionar aquella marca de agua mineral en botellas de medio litro.

Caramulo –le había explicado—podía ser algo así como un grito desde la ventana de un ómnibus escolar hacia un transeúnte bien feo.

Ella conducía, yo había reclinado mi asiento casi hasta el límite, veía pasar el cielo de la carretera mientras con el índice de mi mano derecha palpaba una zona todavía tibia en la piel de mi cuello.

— Ayer me mordiste duro…

Me miró de soslayo, esbozó una sonrisa maliciosa, diferente a las carcajadas anteriores, y regresó a un punto fijo en la autopista que nos llevaba a Lisboa.

— Cuando se acabe el agua no botes la botella; la guardaré –hizo una pausa que me pareció solemne– de recuerdo.

Entonces me incorporé, encendí la radio del auto:

— Lo mejor que ha tenido este viaje es la música que se oye por estas tierras. Cats Stevens, Robbie Williams…, aunque esas playas repletas de turistas ingleses dan ganas de cortarse las venas. Claro, lo mejor del viaje ha sido volver a estar contigo –aclaré.

Pero nuevamente sobrevino un silencio espeso.

— ¿Si para el verano próximo estoy más delgada y no tengo pelos en la cabeza volveremos a vernos? –descargó rampante al tiempo que por las bocinas se escuchaba Come away with me, un tema reciente de Norah Jones.

Esa misma noche llegamos al Hotel Claridge, habitación 202.

Lo primero que hizo fue encerrarse en el baño: escuché sus movimientos en el agua, distinguí un hilo muy fino de vapor deslizándose por la ranura inferior de la puerta, rozando la alfombra.

Corrí las cortinas. (Siempre he preferido esos hoteles de ventanas herméticas y cortinas dobles que nos aíslan de la luz y de la algazara de la ciudad.) Tomé el control remoto del televisor, me dejé caer en la cama, pasé de canal en canal, de noticias sobre catástrofes, emisiones sobre salud mental, a programas de participación para obesos y amas de casa. Detuve el dedo pulgar ante uno de esos canales eróticos light que ciertos hoteles ponen a la disposición de solitarios hombres de negocio y parejas maduras que no logran salir de su modorra. Todavía se escuchaba el sonido del agua en la bañera.

Desperté a oscuras un poco antes de las doce del día. Encendí la luz de la lámpara, me incorporé de golpe, busqué mi reloj. En la cómoda, bajo el espejo central, allí donde las camareras habitualmente dejan una nota de bienvenida para el huésped en espera de algún dinero, sólo logré percibir la marca de polvo y agua en forma de aro dejada por una botella de plástico desechable.

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