Fin del año Mitterrand

Francois-Mitterrand

El ex presidente francés François Mitterrand

“Quién va a votar a izquierda ahora” –se pregunta Michel casi al final de Etats d´âme, un film poco agraciado del francés Jacques Fansten. Luego los cinco viejos amigos cantan La Internacional en son de choteo. De esta película un tanto maniquea de 1986 queda al fin una sensación: la del agotamiento del fervor y del entusiasmo.

Cuando la historia de États d´âme se abre entre gritos, fuegos artificiales y abrazos, pasadas las ocho de la noche del 10 de mayo de 1981, François Mitterrand ha sido proclamado nuevo Presidente de la República Francesa. Tras veinticinco años de devaneos en la oposición, por primera vez la izquierda ha tomado el poder. Con un 51,7% de los votos y después de dos intentos fallidos, FM, ya entonces un político bien curtido de 64 años, deviene el tercer representante de una formación de izquierda –Léon Blum en 1936, Pierre Mendès-France en 1954—que se hace de las riendas de la nación, y el primero y único en lo que va de V República, “en el momento mismo en el que la sociedad francesa tiene la suerte de salir de su grisura”, como manifestaba dos días más tarde el editorial del diario Libération titulado “Al fin la aventura”. Aquella noche de mayo el nuevo Presidente anunciaba a través de la televisión “la nueva alianza del socialismo y de la libertad”. Esa misma noche en el film de Fansten el personaje de Marie daba a luz a un hijo de padre desconocido. Afuera –insisto–, con sobrado regocijo, todo parecía indicar que se abría una nueva era.

Exactamente treinta años después, mientras Francia y Alemania intentan salvar al euro y al homúnculo que FM contribuyera en su momento a crear, mientras los Hermanos Musulmanes se hacen mayoría a través de las urnas en un Egipto post-revolucionario y en Cuba la inercia estalinista amaga una salida del armario con afeites de reformismo, vale la pena desempolvar viejos periódicos de lo que ya es antaño y repasar las luces y las sombras, los fuegos de artificio y las miserias de aquel supuesto inicio de una era para la izquierda mundial.

Once veces ministro a partir de 1947, FM no era, nunca lo fue, eso que la historia denomina un verdadero hombre de izquierda. Apenas llegado al poder, Mitterrand decreta el alza del salario mínimo (SMIC), la reducción del tiempo laboral semanal, la disminución de la edad para la jubilación…, nacionaliza ciertos grupos industriales y de crédito, promueve la descentralización del aparato estatal, apoya –en contra de los sondeos y de la opinión pública nacional—a su amigo Robert Badinter en su proyecto de abolición de la pena de muerte (él, que como Ministro de Justicia en 1954 había visto a la tortura convertirse en práctica corriente en Argelia, y que como Ministro del Interior había rechazado la gracia a 45 militantes del Frente de Liberación Nacional argelino, meticulosamente guillotinados entre 1956 y 1957), además de seducir a los franceses más jóvenes con el fin del monopolio de las ondas radiales (la portada de Libération del 15 de mayo de 1981 anunciaba Le radio boom y relegaba a letras menores el estado de salud de Juan Pablo II, herido de bala de manos de un extremista turco tras el que se movían sombras todavía difusas), lo que abría la puerta a un derecho a la expresión cuasi absoluto; mientras en el plano internacional, tras la atonía aristocrática de un Valéry Giscard d´Estaing, asumía el muy políticamente correcto discurso tercermundista, del que queda como fiel ejemplo su célebre alocución en Cancún el 20 de octubre de 1981, en el que así expresó: “Zapata y los suyos no esperaron a que Lenin tomara el poder en Moscú para tomar ellos mismos las armas contra la insostenible dictadura de Porfirio Díaz”.

Pero FM no era un político de izquierda. “Je ne suis pas né à gauche, encore moins socialiste” –confesaba en su libro Ma part de verité (Fayard, 1969). Cierto es que la férrea religiosidad de sus padres, de hábitos quizás más calvinistas que papales aunque siempre anclados al catolicismo tradicional, le aportaron desde sus primeros años el rechazo a aquellos que ostentan sus riquezas materiales. “Mi padre sostenía juicios severos sobre los patronos, sobre el capital, sobre el dinero –argumentaba en una entrevista con el diario L´Expansion en agosto de 1972–. Sus juicios me marcaron profundamente”. Y luego: “El dinero corrompe… La acumulación del dinero, ese placer de la posesión que crece cada vez más me resulta despreciable”, como afirmara en la televisión nacional cinco años antes de la llegada al Palacio del Elíseo. Sin embargo, salido de una familia burguesa y conservadora de provincia, sus lecturas, ese síntoma que es germen de postreras tomas de partido, no serán para nada rupturistas: Barres y Chateaubriand primero, luego Claudel, Bernanos, Montherlant, Pierre Drieu La Rochelle…, las grandes firmas de la derecha de la pre-guerra.

* Incluido en el libro Notas al total (Bokeh, Leiden, 2015)

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