Roland Barthes, cuarenta años después

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(Publicado en Letras Libres, el 26 de marzo de 2020)

 

Para Reina María

Este 26 de marzo se cumplen cuarenta años de la muerte de Roland Barthes.

Hace más o menos un mes, justo el 25 de febrero, se cumplía la misma cantidad de años desde que un camión de lavandería golpeara su cuerpo a la altura del número 44 de la rue des Écoles, un lunes, hacia las 3:45 de la tarde. Acababa de iniciarse la primavera de 1980 y el escritor salía de un almuerzo con el candidato socialista a la presidencia, François Mitterrand.

La fijación de ambas fechas sobre un mapa del tiempo da cuenta de la agonía que padeció este hombre entre el momento del impacto y el de su fallecimiento. Treinta días exactos, luego de haber sido llevado a la sala de urgencias del hospital Pitié-Salpêtrière sin ningún documento que lo identificara, con el rostro hinchado, varias costillas fracturadas. Al novelarlo, su amigo Philippe Sollers lo retrató entubado, casi desnudo, “como un gran pez que todavía respiraba a la deriva”, pidiendo con un gesto leve ser desconectado de una vez.

Pero esto es parte de lo que contaron los otros.

“Cuesta más escribir yo que leerlo”, había reconocido, y a uno le cuesta visualizarlo narrando el momento del accidente, ese espacio seco y ciego en el que todo cambia.

A Barthes le costaba hablar de sí mismo. No tenía ese don tan actual de ser autorreferencial en sus textos críticos, en sus análisis más jugosos, como tampoco gustaba de salir en todas las fotos. Y no es que no tuviera su ego, sino que lo domeñaba a base del pudor y de la contención que había hecho suyos desde la época en que, siendo un adolescente, se vio recluido en un sanatorio para enfermos de tuberculosis y supo del valor del tiempo y del silencio.

“Se le ve poco y rara vez se le escucha: más allá de sus libros, no sabemos casi nada de usted…” Así comienza la entrevista que le hizo Bernard-Henri Lévy (BHL) y que apareció en el número del 10 de enero de 1977 de la revista Le Nouvel Observateur.

“Suponiendo que sea cierto —responde el autor de Fragmentos de un discurso amoroso—, se debe a que no me gustan las entrevistas. En ellas me siento atrapado entre dos peligros: enunciar posiciones de una manera impersonal y dejar creer que uno se toma por un ‘pensador’, o de lo contrario decir constantemente “yo” y ser acusado de egotismo”.

En esa ocasión, Lévy le critica que, en su libro más personal, Roland Barthes por Roland Barthes, hiciera referencia a su infancia y a su adolescencia, permaneciendo “extrañamente silencioso” sobre su vida de adulto. En su respuesta, Barthes se evade, le dice que solo recuerda cosas del pasado lejano, y que el resto no es más que un presente alargado, imposible de segmentar.

Pero luego el entrevistador le habla de la ausencia de fotos de adulto en ese mismo libro. BHL quiere declaración, confesión, chisme… Barthes como generador de novela. Entonces le recuerda que nunca hace referencia en sus textos a la sexualidad (“Hablo más bien de sensualidad”, le responde el otro a secas); quiere saber si lee a sus contemporáneos (“los miro”, dice), si en algún momento de su vida fue marxista; le cuestiona que no se haya referido públicamente a su viaje de tres semanas a China con sus amigos de la revista Tel Quel

BHL pretende a toda costa arrinconarlo en la esquina de lo personal, y Barthes se defiende.

Por último, y esto devino la comidilla de los círculos literarios franceses durante varias semanas, el entrevistador le cuestiona que hubiera aceptado una invitación a almorzar con el presidente Valéry Giscard d’Estaing en el Elíseo.

—“Lo hice por curiosidad, por el placer de escucharlo, un poco como un cazador de mitos al acecho. Y, como usted sabe, un cazador de mitos debe ir a todas partes”.

—¿Qué esperaba de ese almuerzo?

—“Saber si había en él otro lenguaje posible que no fuera el del estadista. Para ello tenía evidentemente que escucharlo a título privado”.

Resulta curioso: a Roland Barthes le interesa lo privado y su capacidad de generar eso que llamó más adelante “lo novelesco sin novela”. Eso sí, rehúye trabajarse a sí mismo como objeto del foco del deseo, una peculiaridad, cuando no un vicio, de cientos de escritores de antes y de ahora.

Barthes tenía 27 años cuando, en un texto publicado en una revista universitaria, aseguraba no creer que el Diario de André Gide pudiera generar algún interés per se en el lector, si antes “la obra no ha despertado curiosidad sobre la persona”. Entendía además aquel libro como “una perpetua aclaración sobre sí mismo”, algo que había sido escrito para corregir cualquier idea que los lectores hubieran podido tener del propio autor.

¿Se escribe, pues, un diario para aclarar los preceptos de una obra? ¿Para ir corrigiendo también sobre la marcha los deslices de una personalidad, las acciones menos explicables, las palabras dichas por error? ¿Se escribe un diario también como sustitutivo de la ficción, de la novela?

¿Cómo escribir sobre todo un diario si se es una persona poco dada a la difusión de lo privado propio, cómo hacerlo si se rehúye el espejo y el soliloquio? En las palabras iniciales del curso “Lo Neutro”, dictado en el Collège de France en 1978, Barthes admite en una línea encontrarse todavía en medio de un duelo —si bien se priva de aclarar que se debía a la muerte de su madre— y retoma un verso de Pasolini que habla de una “vitalidad desesperada”, que el francés identifica con el odio a la muerte. Según los apuntes que hicieron otros en aquellas largas charlas, el crítico optó por referirse a “alguien que me era muy próximo”, en lugar de “mi madre”. Esto marca esa línea de pudor y de sobriedad que siempre quiso establecer.

Es en este mismo documento en el que se refiere críticamente al “cosquilleo narcisista” (“Narciso no descansa –y lo que yo puedo querer fundamentalmente, finalmente, es el Descanso”, aclara), al tiempo que emparenta a la arrogancia con la seguridad del lenguaje y la ausencia de timidez, signos identitarios de la vida en Occidente con los que no solía simpatizar.

Sin embargo, a medida que pasaron los años, Barthes fue incorporando su persona a sus escritos y sus conferencias, al menos levemente. Entre los papeles que aparecieron tras su muerte se encontraban unas fichas que había ido llenando a medida que se preparaba para el siguiente curso.

Se trata de Diario de duelo, un texto incompleto, balbuceante, concebido como las notas-para-algo-que-vendrá-después, escrito en aquella última etapa de zozobra emocional y de fertilidad profesional. Es la época de la concepción de las charlas de “Lo Neutro” (febrero-junio de 1978), del inicio de la redacción de la conferencia “Durante mucho tiempo me acosté temprano” (diciembre de ese mismo año), de la escritura completa del libro La cámara lúcida (abril-junio de 1979), de la toma de apuntes para un proyecto de ficción que tituló “Vita Nova” (verano de 1979), y de la redacción del curso “La preparación de la novela”, fechada entre diciembre de 1978 y febrero de 1980.

Unas semanas después de la muerte de Henriette Barthes, en el otoño de 1977, el hijo emprende una nueva relectura de En busca del tiempo perdido, que luego llamará “ese contacto abrasador con la Novela”. A partir de entonces la identificación con Proust será total; juntos descubren su fragilidad y sostienen a la vez la esperanza de que la escritura los salve.

“¿Cómo voy a poder vivir aquí yo solo?”, se pregunta en este diario al regresar al apartamento de la rue Servandoni. Más adelante su madre se le aparece en un sueño ataviada con su bata rosa; el escritor reconoce que padece de “una especie de fragilidad digestiva” desde que ella no le cocina, escucha unos lieder en la radio que antaño había disfrutado a su lado, y observa con curiosidad el proceso del duelo, intentando calibrar su “grado de intensidad” y la percepción que desde afuera tienen los otros.

Martirizado por la idea del escritor acéfalo, Barthes siempre había tendido a intelectualizarlo todo. Por eso nunca se lanzó a la escritura de una novela. Porque le tetanizaba la idea de resbalar y caer en lo ordinario, lejos de los conceptos y las grandes ideas. Esto explica su contrición, la manera de arremolinarse con sagacidad en la crítica y en la teoría, y su cuidado de no invadir un territorio que lo tentaba, pero que respetaba sobremanera como para asumirlo con ligereza.

Diario de duelo es un concentrado de ese reflejo contra la supuesta banalidad de la novela. De ahí que los pormenores de un duelo, las llamadas de los amigos, las salidas a la calle, la certificación de la ausencia de la persona fallecida, sean vistos como signos de una banalidad que él rechaza. “Al tomar estas notas, me confío a la banalidad que está en mí”, lamenta apenas tres días después del sepelio.

Sin embargo, este cuidado no le impide imaginarse su propia muerte. Primeramente, reconoce que es algo que le ocurre a todo el mundo. Nadie escapa a la pulsión de pensar en el día final. No hay ese morbo en él. Su reacción inicial ante esta fabulación es imaginar el dolor de su madre viva ante la pérdida de su hijo único. Luego le angustia que, con su fallecimiento, desaparezca para siempre la memoria de su progenitora (“su recuerdo depende completamente de mí”); motivo por el cual convierte La cámara lúcida en el monumento que cree que su madre merece.

Todo esto se inscribe en un ambiente de aflicción, que es la palabra —junto al par madre/mamá— que más se lee en estas fichas. “La aflicción, como una piedra (en mi cuello, en el fondo de mí)”, escribe. “La Depresión vendrá cuando, desde el fondo de la aflicción, ni siquiera podré agarrarme a la escritura”, sigue. “Prisa que tengo (…) de integrar mi aflicción a una escritura”, insiste.

Curiosamente por esa misma fecha, Barthes accede a regañadientes a participar en un cameo dentro del filme Les Sœurs Brontë. André Téchiné, su realizador, es su amigo y está marcado por su impronta; sabe también que su personalidad pausada y fuertemente melancólica resulta ideal —más allá del homenaje— para representar al escritor William Thackeray. “Vivimos en un mundo de aflicción”, dice el personaje del religioso. “La vida es demasiada corta para el arte”, sentencia el Barthes-actor, casi al final.

Sabemos también que la aflicción es una de las palabras que aparecieron en el croquis de “Vita Nova”, un texto pretendidamente de ficción que Roland Barthes esbozaba cuando fue impactado por la camioneta. Tras la muerte de su madre, el escritor desea que muchas cosas cambien. Tiene 63 años cuando pronuncia aquella conferencia cuyo título ha extraído de lo mejor de Proust: “Durante mucho tiempo me acosté temprano”, en el que llama la atención sobre cuán inmortal se cree el ser humano y sobre la incidencia que esto tiene en los accidentes de los que, “por imprudencia”, es víctima.

En este documento premonitorio Barthes puntualiza que únicamente un cambio podría sacarlo de “ese estado tenebroso (…) a donde me conducen la usura de los trabajos repetidos y el duelo”. Ese cambio, para algunos afortunados, llega con la lectura y con el descubrimiento de lo que llama “momentos de verdad”: cuando la literatura “coincide absolutamente con un desgarramiento emotivo, un grito”.

Lamentablemente el cambio llegó con un impacto, un cuerpo magullado y una cabeza que deliraba. ¿Gritó Roland Barthes ese día y los 29 restantes? ¿Perdió esa sobriedad, esa timidez, esa cordura que lo caracterizaba?

De acuerdo con Laurent Binet en la novela La séptima función del lenguaje, no se trató de un final apacible. Cuando el comisario de los Servicios Secretos Jacques Bayard se personó en el hospital, descubrió al paciente sobre el suelo, con los cables y los tubos arrancados, y la bata “fina como el papel, mostrando sus blandas nalgas al aire”. Todavía no sabe de quién se trata; solo reconoce a un hombre espasmódico, con la mirada perdida, que balbucea términos ininteligibles.

Según la trama ideada por Binet, aquí no hubo nada casual. El semiólogo fue asesinado y un oscuro motivo sobrevolaba el ambiente. Antes de que llegaran los paramédicos al lugar del hecho, había desaparecido un documento que llevaba el escritor encima. Ahora se trataba de un problema de seguridad nacional.

 “Mi versión es que lo han matado”, le dice Michel Foucault, calvo, con un jersey de cuello alto y una mandíbula ligeramente prognata.

—¿Y quién lo ha matado?

—El sistema, por supuesto.

A partir de aquí desfilarán por esta novela, Gilles Deleuze, cigarrillo apagado entre los labios, en la sala de su apartamento, con el televisor retransmitiendo un partido de tenis entre Jimmy Connors e Ilie Năstase; Julia Kristeva, Philippe Sollers y BHL, denunciando las pésimas condiciones en que Barthes era tratado en el hospital; Umberto Eco, en la estación de trenes de Bolonia, minutos antes de que estallara una bomba; un gigoló marroquí llamado Hamed, el ampuloso presidente Giscard d’Estaing, el candidato socialista François Mitterrand, disertando sobre gastronomía japonesa…

En compañía de Simon Herzog, un joven doctorando de izquierdas, especie de Sherlock Holmes de la semiología, el inspector se entregará a la búsqueda de un documento que debería revelar la función secreta, vital y hasta peligrosa del lenguaje, la cara mágica y por tanto manipuladora de la palabra, en una novela de trama hilarante que pretende percutir, una vez más, sobre el límite difuso entre la realidad y la ficción; un libro-divertimento donde hay persecuciones policiales, fiestas gay, chutes de cocaína, un libro robado, una teoría de Jackobson, un hombre asesinado con la punta envenenada de un paraguas, dos japoneses misteriosos y una hoja de papel que se apresta a desaparecer sobre las aguas del Sena.

No es primera vez que Roland Barthes deviene personaje de novela. Sucedió en Femmes, de Philippe Sollers, tras la máscara del personaje de Jean Werth, quien se lanza a la caza de aventuras amorosas con jóvenes varones tras la muerte de su madre (“A lo único a lo que siempre le tuvo miedo era a que su madre se enterara de sus preferencias a través de la prensa”, leemos). También en Les Samouraïs, de Julia Kristeva, como Armand Bréhal, “el profesor más elegante” de la Escuela de Estudios Superiores de París; levemente al final de Roman roi, de Renaud Camus, y por último en L’homme qui tua Roland Barthes, de Thomas Clerc.

Este el modo en que ha sido acogido el misterio y el signo que su figura representa, y con la explotación de esos atisbos de ficción que rodeaban su vida misma —incidentes, biografemas—, lejos de las teorías y tras las bambalinas de lo inteligible: las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, última lectura sobre su mesa de luz; el abejeo a espuertas de sus admiradores en las fiestas gay de la ciudad, y él, más dado al amor fraternal y al culto al discipulazgo que a la confrontación febril con otros cuerpos; su imagen, como la describe Severo Sarduy en El Cristo de la rue Jacob, leyendo Le Monde en el café Flore; sus devaneos en solitario entre los cines de ensayo, como admitiera en una entrevista de 1963, “guiado por las fuerzas más oscuras de mí mismo”…

Todo Barthes, cuarenta años después, me lleva a la novela, a la que nunca escribió, a la que nos representamos sobre su vida: refugiándose en la lectura de Bouvard y Pécuchet, sin mirar más allá de la ventana del tren, en el viaje que en 1974 realizó a China —“ese desierto sexual”— y que tanto lo aburrió. O deteniéndose en los cincuenta y un años que tenía Michelet cuando asumió un cambio en su vida y contrajo nupcias con una mujer de veinte. O su retrato de Gide, visto desde lejos, comiéndose una pera y leyendo en la brasserie Lutetia. O la pesadilla del accidente en el túnel que tuviera Emile Zola a los dieciocho años. O su énfasis en el miedo que el Marqués de Sade le tenía al mar. O la afición de Marx y de Brecht por el tabaco, así como el gusto de Fourier por las compotas y por las lesbianas. O su elogio a los “bellos ojos” de Ignacio de Loyola. Trazos biográficos, algunos ínfimos, en pugna contra el pensamiento único, contra eso que llamó le signifié dernier, que se abren a lo fictivo y desembocan en el placer.

“Todo esto debe ser considerado como dicho por un personaje de novela”, advirtió con justeza en Roland Barthes por Roland Barthes. Y este es el escritor que me ha quedado, cuarenta años después de su muerte, treinta después de haberlo descubierto en La Habana, en la azotea de una amiga, entre colegas que creíamos que tomábamos las letras por asalto.

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