Un largo camino de nombres

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Mamá murió a principios de enero y un par de meses más tarde ya yo estaba peleado con mi hermana. Quería cobrarme el derecho a vivir en nuestra casa y con ese dinero irse del país. Dice que durante treinta años pintó las paredes, baldeó el piso, decoró los interiores con serigrafías de pintores de éxito. Es como si a mis sesenta años tuviera que pagarle el costo de 150 latas de pintura blanca o rosado pastel. También la mesa familiar, rectangular, de madera buena, que hicieron redonda sin el consentimiento de mamá, el timbre con su sonido de campana navideña, la langosta disecada que su marido pegó con resina en la pared del comedor.

Esta tarde estuve visitando fachadas conocidas: la de Argelio, que ha llenado de rejas para proteger a su familia, dice, en estos tiempos malos; la casa de Pepón, que se le cae encima, rodeada por árboles cuyas raíces han levantado las aceras; el apartamento de Nora, oscuro, discreto, cerca del cementerio, a donde llevé a mis mejores mujeres. Visité los sitios, no sus habitantes: amigos de tantos años. A Neno se le fueron los hijos, Carlitos cría perros de pelea, los mima, los alimenta con carne de carnero, los entrena con un pedazo de goma de carro y una vez cada seis meses los echa a pelear en una finca de Bauta: gana, pierde, gana dinero; a Mirtha  –le decíamos Cariño— se le han olvidado las tantas veces que se quitó la ropa por simple deseo, por ver correr el sudor ajeno, y ahora dirige el coro de los niños en un culto religioso improvisado en un apartamento de microbrigadas; Benito sigue siendo el hombre lascivo que de joven fue, aunque ahora sea el viejo lascivo que piensa constantemente en el sentido de la traición, prefiere las enfermeras maduras, los cines menos frecuentados, los parques donde abundan esos árboles con raíces colgantes que parecen cortinas de lupanar; Hugo pasa sus días al pie del dominó: no juega, sólo observa; su esposa no ha perdido el hábito de poner la mesa todos los domingos con aquel juego de vajilla que heredara de unos parientes que se fueron, con tenedores de dos tamaños, cucharas soperas, cucharillas para el postre, cuchillos con el cabo de nácar y unas iniciales doradas, copas de vidrio fino, servilletas bordadas que nadie ha utilizado jamás; toda la semana, día y noche la mesa puesta, intacta, incólume, como de museo, y ellos dos que comen  –orondos–  en sus habituales butacones frente al televisor; a Sofía la encontraron hinchada en su casa del Casino Deportivo cuatro días después de que le fallara el corazón, dos vecinos rompieron la puerta y el vaho les golpeó las narices, el carro de Medicina Legal tardó ocho horas en llegar, el tiempo necesario para que los perros del barrio se acercaran a la verja con el olfato entre dubitativo y excitado; Artemio terminó suicidándose: unos dicen que por desengaño político, otros porque su vejiga lo obligaba a despertarse seis, siete veces en la misma madrugada, quizás también porque no lograba retener la memoria y el tiempo mismo como en una foto que sólo observamos en días de lluvia; Manolo trabaja en una empresa extranjera, no quiere retirarse, parece que le va bien; de Victoria no quiero hablar, la he borrado; Rosa, que tenía nalgas como un pony, ahora es una señora muy pequeña y robusta con un lunar color sotana en el mentón, un pony que masculla su supuesto dolor en la cola de la farmacia; al jocoso González el Parkinson lo ha dotado de movimientos robóticos, como de marioneta dislocada; sueño a menudo con Elaine, con nuestros encuentros antes de que partiera a Valencia; hace unos días vi una foto de Nilo, de pie en un andén moderno, parece que conversa con su mujer, que sostiene un maletín de un rojo emoción; al fondo puede leerse AMSTERDAM CENTRAAL, y abajo una propaganda de Martini. Más bien parece una postal; incluso al dorso hay unas palabras que hablan de cierto recuerdo y de algo de amor. He visto su foto y he pensado en el tiempo. Sigo visitando fachadas conocidas. Ya hará casi un año que mamá murió.

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