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La sangre

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El día anterior José Julián había auxiliado con su carro a un hombre herido. Esquivaba sin premura los baches de una calle de El Cerro cuando, al desembocar en una esquina del Parque Manila, un hombre negro se abalanzó sobre el capó del carro agitando los brazos y le anunció  –porque no puede decirse que haya sido un pedido–  que necesitaba llevar de inmediato a su amigo, un hombre blanco que sangraba por la espalda, al Cuerpo de Guardia de lo que, desde hacía más de cincuenta años, todos conocían como La Covadonga.

Eran las cinco y media de la tarde y al hombre blanco otro hombre le había asestado –José Julián nunca supo por qué– dos punzonasos en un pulmón.

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El parqueador, Walter y el aeroplano

opelHilario era de los pocos que habían regresado de la Base Naval de Guantánamo. Cuando llegué a tener una relación más cercana con él  –lo conocía de vista desde mucho tiempo atrás–, hacía años de aquel suceso del que ya nadie hablaba. Tenía unos cuarentitantos años, creo que menos de cuarenta y cinco, un hijo gay de veintitrés con el que no vivía y apenas conversaba, y una mujer gruesa mucho mayor que él. Hilario fungía como responsable del parqueo colectivo en donde yo parqueaba mi carrito viejo, un Opel con motor soviético pintado a brocha de rojo ladrillo.

— Estoy cobrando la mensualidad  –me decía cada mes, cerca del día veinte, cuando yo apagaba el motor y él se acercaba a la ventanilla con una libreta de escolar y un lápiz pequeño. Entonces yo sacaba la billetera y en vez de los treinta pesos acordados desde el inicio, los mismos que se le cobraban a cada propietario por un mes de cuidado exclusivamente nocturno, extendía mi mano con dos billetes de veinte que él aceptaba gustoso, próximo a mí, dejándome percibir un ligero olor a alcohol en su aliento, no mucho, sólo algo leve, leve y habitual, algo incorporado ya al tono ordinario de su paladar.

No sería sincero si afirmara que Hilario me caía mal. A pesar de que sabía que a Hilario le gustaba mi mujer por el modo en que la miraba cuando llegábamos de noche al parqueo y ella salía del carro, entradita en carnes como siempre ha sido, y cogidos de la mano lo saludábamos y bajábamos en paz la colina que separaba al parqueo de nuestro edificio, a pesar de ello nunca tuve celos de él ni mucho menos experimenté un sentimiento mezquino hacia su persona. Quizás él sí supiera que yo tenía conocimiento de su admiración o su deseo o sus heroicas ganas hacia mi mujer…; pero ahora eso no tiene importancia. Tampoco creo que la palabra heroico sea la más acorde con su naturaleza.

Lo que sí es cierto es que cada vez que me topaba con Hilario en el parqueo, ya se me acercara con su lápiz mocho y su libreta de escolar o simplemente me dirigiera un saludo desganado con un movimiento del brazo, cada vez que Hilario aparecía ante mi retina yo pensaba en Walter Benjamin.

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Rotunda piel

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Uno

Ha entrado por puro azar una pestaña en su boca y, mientras camina, cata la textura de este pelo suyo con la punta de la lengua, el reverso de los dientes superiores y las estrías del velo del paladar. Acaba de asistir a la última presentación de la temporada invernal de ópera en el Gran Teatro y se dispone a pagarse –pestaña en la boca– una mujer de algo más de diez pesos en los alrededores del bar Cienfuegos. Como un asesino de ancianas que llega a casa y se prepara un emparedado con hojas de lechuga y una telilla de jamón barato, mientras camina por la acera del Capitolio este hombre compara a esas mujeres cantoras de busto permanente a las que una zanja profunda les parte el pecho, con los senitos rimbombantes de la mulata ecuestre con la que esta noche pretende negociar, una holguinera huesuda con colmillos superiores enfundados en oro que sale a la calle en días alternos, justo cuando su marido trabaja de custodio en una fábrica de tabacos.

Rogerio –así se llama– es de esos hombres que no tienen reparos en contarnos sobre su vida más íntima, igual que un vendedor ambulante que toca a nuestra puerta para ofrecernos un queso blanco hecho en el campo, se sienta en el sofá de casa y nos cuenta de los dolores vaginales que le han impedido a su buena mujer entregársele durante los últimos tres meses.

Cojea algo de la pierna derecha. En cuanto puede se declara hombre a todo, heterosexual y de izquierdas, aunque su interlocutor no se explique el por qué de semejante trinidad. Cuando habla de mujeres se le tuerce el labio inferior y su mirada se agudiza hacia lo lejos, como queriendo escrutar algo entre los hoyos de disparos sobre la fachada de la Manzana de Gómez.

Tuvo una mujer que se llamaba Mercedes. Se conocieron a finales del verano de 1969. Ella participaba de figurante en los ensayos de Zafra, una zarzuela que finalmente se estrenó ante el público del teatro Martí los primeros días de septiembre.

— ¿También repartes agua fuera del escenario?  –le preguntó él, entonces macho hermoso recién llegado a la capital, estudiante en un curso acelerado de mecánica naval y utilero ocasional para la zarzuela que en esos días se ensayaba.

Ella, que también venía de provincia para un papel muy escueto de repartidora de agua en nuestros hirvientes cañaverales, se detuvo, colocó la tinaja vacía en el suelo de uno de los pasillos interiores del teatro, apretó su pañuelo con sus dos manos a la altura de la ingle y terminó por sonreír.

Luego, tras veinte años de matrimonio y muchos más de marinería en la ruidosa sala de máquinas, Rogerio la llevó consigo en uno de esos viajes de estímulo en los que todo marinero juicioso se ganaba el derecho de hacerse acompañar por su esposa. Pero un mes después de zarpar del puerto de Matanzas, ya en aguas del Mediterráneo, casi llegando a su primera escala, descubrió en los pasillos del buque que a su mujer le llamaban Rotunda piel.

Ella decidió quedarse en Corfú. Algunos la vieron bajar del barco con un pequeño jolongo y los labios pintados de un rojo hiperbólico. Él regresó a La Habana, se procuró certificados médicos, terminó acogiéndose a un retiro laboral anticipado. Nunca más regresó a la empresa naviera. Sigue leyendo

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Muerte de un extraño apellido

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Al incautar sus pertenencias y clausurar el cuarto modesto de la calle Muralla, aquel capitán de la joven Policía Revolucionaria, delgado, de barba incipiente más cristiana que rebelde, y empeñado en ocultar con un tic de su lengua hacia afuera una leve marca de labio leporino, daba por cerrado el caso del occiso Benito Kozman, un hombrecito de unos cuarenta años, raro como su apellido y sus costumbres, hallado cadáver hoy 3 de agosto de 1962, según consta en un acta mecanografiada a prisa en la comandancia municipal con la tipografía de una máquina Underwood bastante maltratada que antes había pertenecido a la redacción de la revista Carteles. Sigue leyendo

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Un largo camino de nombres

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Mamá murió a principios de enero y un par de meses más tarde ya yo estaba peleado con mi hermana. Quería cobrarme el derecho a vivir en nuestra casa y con ese dinero irse del país. Dice que durante treinta años pintó las paredes, baldeó el piso, decoró los interiores con serigrafías de pintores de éxito. Es como si a mis sesenta años tuviera que pagarle el costo de 150 latas de pintura blanca o rosado pastel. También la mesa familiar, rectangular, de madera buena, que hicieron redonda sin el consentimiento de mamá, el timbre con su sonido de campana navideña, la langosta disecada que su marido pegó con resina en la pared del comedor.

Esta tarde estuve visitando fachadas conocidas: la de Argelio, que ha llenado de rejas para proteger a su familia, dice, en estos tiempos malos; la casa de Pepón, que se le cae encima, rodeada por árboles cuyas raíces han levantado las aceras; el apartamento de Nora, oscuro, discreto, cerca del cementerio, a donde llevé a mis mejores mujeres. Visité los sitios, no sus habitantes: amigos de tantos años. A Neno se le fueron los hijos, Carlitos cría perros de pelea, los mima, los alimenta con carne de carnero, los entrena con un pedazo de goma de carro y una vez cada seis meses los echa a pelear en una finca de Bauta: gana, pierde, gana dinero; a Mirtha  –le decíamos Cariño— se le han olvidado las tantas veces que se quitó la ropa por simple deseo, por ver correr el sudor ajeno, y ahora dirige el coro de los niños en un culto religioso improvisado en un apartamento de microbrigadas; Benito sigue siendo el hombre lascivo que de joven fue, aunque ahora sea el viejo lascivo que piensa constantemente en el sentido de la traición, prefiere las enfermeras maduras, los cines menos frecuentados, los parques donde abundan esos árboles con raíces colgantes que parecen cortinas de lupanar; Hugo pasa sus días al pie del dominó: no juega, sólo observa; su esposa no ha perdido el hábito de poner la mesa todos los domingos con aquel juego de vajilla que heredara de unos parientes que se fueron, con tenedores de dos tamaños, cucharas soperas, cucharillas para el postre, cuchillos con el cabo de nácar y unas iniciales doradas, copas de vidrio fino, servilletas bordadas que nadie ha utilizado jamás; toda la semana, día y noche la mesa puesta, intacta, incólume, como de museo, y ellos dos que comen  –orondos–  en sus habituales butacones frente al televisor; a Sofía la encontraron hinchada en su casa del Casino Deportivo cuatro días después de que le fallara el corazón, dos vecinos rompieron la puerta y el vaho les golpeó las narices, el carro de Medicina Legal tardó ocho horas en llegar, el tiempo necesario para que los perros del barrio se acercaran a la verja con el olfato entre dubitativo y excitado; Artemio terminó suicidándose: unos dicen que por desengaño político, otros porque su vejiga lo obligaba a despertarse seis, siete veces en la misma madrugada, quizás también porque no lograba retener la memoria y el tiempo mismo como en una foto que sólo observamos en días de lluvia; Manolo trabaja en una empresa extranjera, no quiere retirarse, parece que le va bien; de Victoria no quiero hablar, la he borrado; Rosa, que tenía nalgas como un pony, ahora es una señora muy pequeña y robusta con un lunar color sotana en el mentón, un pony que masculla su supuesto dolor en la cola de la farmacia; al jocoso González el Parkinson lo ha dotado de movimientos robóticos, como de marioneta dislocada; sueño a menudo con Elaine, con nuestros encuentros antes de que partiera a Valencia; hace unos días vi una foto de Nilo, de pie en un andén moderno, parece que conversa con su mujer, que sostiene un maletín de un rojo emoción; al fondo puede leerse AMSTERDAM CENTRAAL, y abajo una propaganda de Martini. Más bien parece una postal; incluso al dorso hay unas palabras que hablan de cierto recuerdo y de algo de amor. He visto su foto y he pensado en el tiempo. Sigo visitando fachadas conocidas. Ya hará casi un año que mamá murió.

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