Mary Ellen Mark, sentido de lo grotesco

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Como mismo John Huston filmó The Dead desde una silla de ruedas y auxiliado por un balón de oxígeno, Saul Bellow escribía su Ravelstein a los 85 y Alex Katz sigue pintando muy cerca ya de las nueve décadas de edad, Mary Elllen Mark no abandonó la cámara fotográfica a pesar de la enfermedad, la anemia persistente y los dolores del cuerpo.

Fue esa especie de energía telúrica la que la condujo por caminos tortuosos, entre las prostitutas de Bombay (de donde saliera su libro Falkland Road), los niños discapacitados de Islandia y las pacientes del pabellón de psiquiatría del Hospital Estatal de Oregon, con quienes convivió día y noche durante dos meses en 1976.

“Recuerdo la primera vez que salí a la calle para tomar fotografías, –confesó Mark a la revista Communication Arts en 1997–. Estaba en el downtown de Filadelfia, salí a dar un paseo y empecé a hacer contacto con la gente y a fotografiarlas, y pensé: ‘Me encanta esto. Esto es lo que quiero hacer para siempre’. Nunca más me lo volví a preguntar.”

Muy al inicio de su carrera –relató a raíz de su muerte la curadora Zelda Cheatle—Mark se acercó a la conocida fotorreportera Eve Arnold, uno de los emblemas de la agencia Magnum, quien, al observar las imágenes que tenía en sus manos, le sugirió que se dedicara a otro oficio. “Mary Ellen estaba completamente sorprendida y ofendida –prosigue Cheatle para The Guardian–. Creo que aquello se convirtió en un enorme estímulo y que de ahí surgió la determinación de demostrarle a Arnold la genial fotógrafa que iba a ser. Treinta años después todavía estaba poseída por aquella furia.”

Admiradora de la obra de Henri Cartier-Bresson y Robert Frank, heredera del olfato callejero de Walker Evans, Garry Winogrand y Dorothea Lange, en 1979 Mary Ellen Mark cubrió para la revista Life el trabajo de las Misioneras de la Caridad en la India y en particular el de la Madre Teresa de Calcuta. Cuatro años más tarde, nuevamente para el mismo magazine, pasó tres semanas tomando fotos de los niños de la calle de la menos lejana ciudad de Seattle, que por entonces ostentaba el título oficioso de “ciudad más habitable de los Estados Unidos”.

“Al elegir la ciudad ideal de los Estados Unidos –escribió ella misma en el libro Streetwise, con prólogo del novelista John Irving– estábamos llamando la atención sobre algo: ‘Si hay niños de la calle en una ciudad como Seattle, entonces podemos encontrarlos por todas partes en este país, y por lo tanto nos enfrentamos a un grave problema social con estos niños escapados de sus casas’.”

Hay en esta artista de la Leica nacida en Filadelfia en marzo de 1940 cierto aire maldito, una especie de picardía a la hora de atrapar el instante deseado, el punto eficaz, ese momento brevísimo de donde salen fotos “que quitan el hipo”, como escribiera Truman Capote en carta de 1960 a Richard Avedon.

“Creo que tienes que ser consciente de los límites, de hasta dónde puedes presionar –declaró Mark hace unos años–. Pero tienes que forzar los límites si realmente quieres tener una cierta intimidad en tus fotografías.”

De ese forcejeo con las fronteras de lo ilegal, lo inmundo, lo amoral y lo pudoroso surgen fotos como la de la niña que fuma en la piscina de caucho en Carolina del Norte o las tantas de las prostitutas indias que asumen con secular devoción, y hasta por momentos con una sonrisa sardónica, el cuerpo extraño del último pagador.

Porque hay en esta artista de la mejor escuela norteamericana de la foto humanista un regusto por lo grotesco que la singulariza. Cuando dos enanos miran a la cámara, uno de ellos tras haberse retirado su espantosa máscara de mono; o cuando una familia en pleno posa con aparente candidez desde el interior de su viejo auto (el padre barbado abraza a la esposa de ojos hundidos y la manita de la niña acaricia la mejilla izquierda de su hermano menor, extremadamente rubio y de mirada perdida), no están sino permitiendo involuntariamente que la artista examine la condición humana desde su parcela más baja y pedestre.

“¿Qué fue de la vida de la niña de 9 años que fuma en la foto de Mary Elllen Mark?”, se preguntaba a finales de junio pasado el portal de National Public Radio.

Cuando finalmente los periodistas dieron con Amanda Marie Ellison, ahora de 34 años, residente en un barrio pobre de Lenoir, en Carolina del Norte, no mucho había cambiado para aquella niña de gesto irreverente.

“Ella es mi favorita –había asegurado la fotógrafa a la versión británica de la revista Vogue en 1993–. Era tan mala que resultaba maravillosa; era realmente mal hablada, era brillante.”

Amanda nunca había visto la foto que eternizaba el grotesco de su existencia. Cuando al fin pudo verse, como quien descubre por primera vez el valor premonitorio de los espejos, ya Mary Elllen Mark había muerto, en Nueva York, el 25 de mayo de 2015, víctima del síndrome mielodisplásico, recién cumplidos sus 75 años.

Como apuntara Jean-Claude Lemagny en Situación de la fotografía, este oficio es “un nudo de paradojas”. Esto explica que Mary Ellen Mark se sumergiera en los submundos de la marginalidad y lo grotesco, y sacara de ellos el más certero retrato de lo humano.

Publicado en Mundo Diners, Quito, Ecuador, agosto 2015.

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