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Mary Ellen Mark, sentido de lo grotesco

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Como mismo John Huston filmó The Dead desde una silla de ruedas y auxiliado por un balón de oxígeno, Saul Bellow escribía su Ravelstein a los 85 y Alex Katz sigue pintando muy cerca ya de las nueve décadas de edad, Mary Elllen Mark no abandonó la cámara fotográfica a pesar de la enfermedad, la anemia persistente y los dolores del cuerpo.

Fue esa especie de energía telúrica la que la condujo por caminos tortuosos, entre las prostitutas de Bombay (de donde saliera su libro Falkland Road), los niños discapacitados de Islandia y las pacientes del pabellón de psiquiatría del Hospital Estatal de Oregon, con quienes convivió día y noche durante dos meses en 1976.

“Recuerdo la primera vez que salí a la calle para tomar fotografías, –confesó Mark a la revista Communication Arts en 1997–. Estaba en el downtown de Filadelfia, salí a dar un paseo y empecé a hacer contacto con la gente y a fotografiarlas, y pensé: ‘Me encanta esto. Esto es lo que quiero hacer para siempre’. Nunca más me lo volví a preguntar.”

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Foto en silencio

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Para Zoe Plasencia.

La brevísima posteridad ha querido llamarla “la Mary Poppins de la fotografía”, pero hasta hace muy poco Vivian Maier era simplemente eso: una anciana solitaria que había dedicado cuarenta visibles años de su vida a cuidar niños. De nada serviría imaginarla a estas alturas con un maletín y un paraguas, como la mismísima nanny inglesa de poderes mágicos, fiel a esa idea sempiterna de personaje de novela victoriana.

Esta señora llegó a convivir, al menos unos años, con el siglo de Facebook y de Google, pero para entonces ya era una anciana retirada que malvivía en un escueto piso gracias al empeño de algunos de esos “niños” de los que se había ocupado décadas atrás. La promiscuidad y la lucha de egos de la era digital nunca entraron en su canon ni en su filosofía. Pasó junto a ellos sin dejar una traza visible, sin algarabía, sin aspavientos, torciendo el cuello para que no se le identificara.

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Una Imogen persistente

Helena Mayer, Canyon de Chelly, 1939_jpgEn la Introducción a su novela La letra escarlata, de 1850, Nathaniel Hawthorne se atreve a la siguiente confesión: “Había dejado de ser un escritor de cuentos y ensayos relativamente buenos para convertirme en un inspector de Aduanas relativamente eficiente”. No debería sorprendernos que uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana, uno de los mejores retratistas de su época y de la naturaleza poliédrica de la naturaleza humana, haya sido, entre 1846 y 1849, un simple supervisor en la Aduana de Salem: época en la que lamentablemente el escritor no llegó a pergeñar ni una de sus puntuales narraciones.

La historia del arte de todos los tiempos está marcada por la angustia de la sobrevivencia, la estrechez, la necesidad de sostenerse como el  homo economicus que todos somos. Pero los meandros que conectan arte y subsistencia, creación de altos vuelos y dinero son más sinuosos de lo que pensamos.

Al detenernos en la labor de retratista de Imogen Cunningham, podríamos sucumbir a un criterio estereotipado sobre esta artista nacida en Portland el 12 de abril de 1883. Dos o tres retratos de Cary Grant hacia 1932, otros de Spencer Tracy un año más tarde, varios con la expresión huraña de Frida Kahlo o uno de Gertrude Stein, adusta, en San Francisco, pocos años antes de morir, bastarían para encapsular la obra de Imogen Cunningham únicamente como la retratista de Vanity Fair que se movió a sus anchas en el Hollywood de la tercera década del pasado siglo. Sigue leyendo

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