El último día del estornino (fragmento)

estornino

Debería ser clutch —especifica Octavio Forlán antes de imbuirse en su nuevo relato—, pero como siempre lo he conocido por cloche, mejor no cambiarle el nombre.

Lo cierto es que sobre el pedal del cloche del camión en el que la muchacha acaba de subir fue pegada en algún momento una calcomanía con la foto del rostro de una mujer y más abajo unas palabras en un idioma que ella ni conoce. De esa manera, cada vez que el camionero dispone de su pesada bota izquierda para cambiar las velocidades del motor, aquel rostro hermoso desaparece por unos segundos para luego regresar con lo que parece ser una mueca.

El resto es más bien habitual: también los camioneros en Campechuela, en Remedios, los que se reúnen en un cafetín desaseado a la salida de Manzanillo para recargar sus baterías antes del regreso a la capital, son robustos y bigotudos; unos que no se desprenden de sus gorras de béisbol, otros que mascan la punta de una ramilla, el tallo finísimo de una hierba de Guinea cortada de cuajo antes de proseguir la ruta indicada.

Todos son iguales —murmura ella mientras se ajusta el cinturón y se deja llevar por el primero de los caminos posibles.

¿Imagina usted cuántas veces no habré pasado por esto, así, en un camión, sin saber siquiera adónde llegar?

Pero el camionero, que acaba de liberar con su pierna la cara linda del cloche y se apresta a guiar el timón con sus manazas con guantes a los que les falta pulgada y media de cuero en la punta de cada dedo, no le responde. Enciende el primero de sus cigarrillos Assos Lights, inhala el humo y acomoda el cojín de óvalos de madera barnizada que sostiene sus nalgas, incrementa la irrigación sanguínea y evita la acumulación del sudor. Luego mira fijo a la carretera.

Ciertamente la muchacha no resulta una novicia en estos ajetreos, aunque ahora se encuentra justo a la entrada del Peloponeso griego, en la cabina de un camión de carga y, como tantas veces ya, en compañía de un hombre con el que solo ha cruzado unas palabras y que cada tres segundos oprime con ira —y con su bota izquierda— la foto de un rostro de mujer pegada al pedal del cloche.

Atrás ha quedado Stefano, su novio italiano, aquel joven esbelto de barba de un día y cabellos lacios abandonados sobre el cuello, estilo futbolista iracundo de segunda división, que finalmente la había invitado a Europa. Atrás también la noche en que no supo más de él, las aspas ruidosas del ventilador de techo de su habitación en el Hotel Appia de la calle Menandrou, en el barrio de Omonia, el calor insoportable, la pérdida de sus documentos —por mera venganza, Stefano había huido con ellos después de una discusión bien acalorada—, el olor a pimienta, a azafrán, a aceite de mostaza, a cardamomo negro, a polvos de curry que se respiraba desde su balcón, a medianoche, en pleno centro de Atenas, como si se tratara de una esquina de Khari Baoli o de cualquiera de los mercados de especias de Nueva Delhi.

¿No tiene calor? —le pregunta.

Pero el camionero continúa concentrado en su timón y en la carretera por la que transita. Más arriba de las botas lleva un pantalón de corduroy marrón algo gastado a la altura de los muslos, un cinto grueso de cuero con la inevitable hebilla dorada, una camiseta de nailon con hoyitos uniformes y una gorra de béisbol con un delfín en el frente o un pez espada, algo así, la joven no acaba de identificar a la bestia. La ceniza de sus Assos Lights, la que el aire de la ruta no ha dejado salir de la cabina, invade el ambiente en pequeñísimos fragmentos que la luz del sol resalta, que caen sobre el pantalón. Por momentos, tras fijar la palanca en su correspondiente velocidad, el camionero se sacude los muslos con cuidado para luego depositar su mano gruesa, con gusto, como quien atesora una piedra valiosa, sobre el bulto que sobresale en su entrepierna. Bien nota ella el brillo plateado de un cierre metálico terso por naturaleza y el modo en que la mano oprime con dulce regularidad aquella redondez desmedida.

Parece un buen hombre.

Se llama Othello y da la impresión de ser un buen hombre. Tampoco parece griego ni italiano: más bien, cree ella, y esto le da igual, se trata de un camionero de muchos lados que traslada todo tipo de cargas de un país a otro. Primero ha sido chofer en el ejército de la Yugoslavia todavía unificada, unos años antes de la debacle, luego, durante un buen tiempo, chofer para la Cruz Roja asignado en Ceuta —de ahí su conocimiento del castellano—, y al final, una vez más pues solo eso sabe hacer, chofer para Kronos Trans, una compañía radicada en Grecia que lo mismo transporta huevos de gallina, insumos para el turismo, que cajas de dátiles de Irán, geranios en miniatura, damajuanas, mamparas de un falso art nouveau, maderas crudas, quesos azules o muebles taraceados con motivos religiosos destinados a los monasterios más remotos.

La joven extiende su brazo izquierdo y sin el consentimiento de su compañero de viaje enciende la radio del camión.

¡Eh, esa música yo la conozco de algún lugar! ¿No le ha ocurrido que encuentra en lo alto de un armario o en una gaveta un casete que hacía años que no escuchaba, de la época en que no existían los discos compactos, en realidad no hace mucho, y entonces lo mete en la grabadora y redescubre una música ya olvidada y siente un raro estremecimiento en el cuerpo?

Quien ha vivido en ciertos países de atmósferas cerradas carga consigo un reflejo extra que suele dictarle al oído preguntas curiosas. ¿Quién me estará mirando ahora? Y si me paran y me preguntan, ¿qué respuesta daré?, ¿seré coherente?, ¿me creerán?, ¿me pondré nervioso? Aunque… ¿en realidad me estarán mirando? Como quien da por normal ese algo inaudito que dejaría pasmado, por ejemplo, al más común de los empleados de una tienda —en Berlín, en Roma— cuando le preguntamos: ¿qué cantidad de camisetas puedo comprar? O luego, adaptados como estamos al Estado que todo lo observa y todo lo puede, a las cuotas de alimentos y de dolor, a los límites, a las fronteras clausuradas, cuando nos descubrimos a nosotros mismos pensando: ¿puedo transportar mi ropa, todas mis pertenencias, de una casa a otra sin que la policía me detenga y me revise el bolso y me haga mil preguntas sobre un supuesto contrabando?, ¿puedo dormir con una amiga —¡o con un amigo!— en una casa de campaña sobre la arena de una playa cualquiera sin que los paseantes y la autoridad piensen que apenas oscurezca pretendo cruzar a nado o en lancha la línea que separa mi país del de más allá?

Al parecer Othello —precisa Forlán— no está dotado de ese resorte vigilante, o tal vez lo haya perdido tras tanto país atravesado de lado a lado, tras haberse topado con tantas caras diferentes, cuando, en lugar de la autopista habitual que le haría ganar tiempo camino al sur, hacia Monemvasia, y con ello evitar la zona de las montañas, con sus piedras que se desprenden de repente y sus cuarenta ovejas lanudas en la primera de las curvas, levanta la mano de su bulto preciado en la entrepierna, modifica el plan de golpe y con un giro del timón cambia la dirección del camión hacia la vieja carretera que conduce a Loutraki.

Ella, por su parte, justo antes de abandonar la autopista, solo alcanza a mover la cabeza tras el cristal y a detener la mirada en Logos Club (en falsos caracteres rúnicos), el cartel lumínico de una de esas discotecas plantadas a varios kilómetros de la ciudad.

Qué pueblos tan curiosos, ¿verdad? Son chiquiticos, se los atraviesa tan rápido… ¿Sabe qué?, a la salida de Jaruco, un pueblo que está como a cincuenta kilómetros de La Habana, como quien va para Santa Cruz del Norte, también hay un pueblito como estos, se llama El Comino. Y en Matanzas, después del central México, dirección a San José de los Ramos, hay otro, le dicen El Jigüe. Allí tengo unos primos.

Othello tiene raro el pabellón de la oreja derecha. Parece como si la piel de la parte superior se le hubiese corrugado formando rutas áridas que al tacto harían que nuestro dedo se retirara de golpe, como huyendo de un calor extremo o de un objeto que hinca. De niño, en Praga, tras la muerte de su padre a causa de las secuelas de un ladrillazo anónimo recibido en plena cabeza dos años atrás, en el otoño de 1968, Othello tomó la manía de sobarse a toda hora y como extasiado el pabellón de su oreja derecha —la familia nunca pudo darle una explicación pertinente a aquel gesto, nadie creía que tuviera una relación directa con la muerte de su padre, de tan pequeño que era Othello por aquella época—, obsesión que ya de adulto retoma de vez en vez en un gesto de orgulloso atavismo, ya sea ante una mujer semidesnuda que ejecuta su striptease en un club de Sofía, mientras espera en una oficina de la compañía de transportación para la que trabaja aquellos pagos que curiosamente se efectúan en efectivo, o incluso al timón, en plena carretera, cuando el pie izquierdo se relaja, reaparece la cara de la rubia del cloche y la mano derecha ha situado la palanca en la velocidad que le corresponde.

Bah, si no quiere conversar… Pero qué música tan bonita, ¿verdad?

El Peloponeso es una enorme extensión de tierra montañosa. Cuando no se bordean las escarpadas laderas de piedra vieja, se atraviesa un valle escueto de olivares enanos de troncos retorcidos en cuyas bocas de camino los campesinos han colgado, exactamente en el primer árbol de la fila, un recipiente vacío, como invocando una próspera lluvia de aceites. Quizás en otros tiempos fueran vasijas de barro decorado con las siluetas de los labriegos fornidos, desnudos, o casi desnudos, con sus cestos y sus azadones, pero ahora cuelgan simplemente pequeños tanques plásticos que antes contuvieron líquidos pesticidas o botellas de Seven Up de fabricación nacional a las que se les han retirado las etiquetas.

Ya en la montaña, dos rasgos marcan la ruta. Hasta en las zonas más desoladas, allí donde el silencio estorba, la tradición de los viajantes ha querido colocar unos bancos de madera, sitios de descanso, de esperas posibles y de imaginadas conversaciones que al final nunca tienen lugar. Pero mucho más frecuentes son los santuarios fijados a ambos lados de la cuneta, especie de cubos de madera que miden algo más de medio metro por cada lado, como grandes palomares en cuyo interior hay imágenes bizantinas, casi siempre una virgen con su hijo en los brazos, algunas velas, un vaso lleno de aceite de oliva, sucio, oscurecido por la intemperie y por el paso del tiempo, un poco de comida —queso feta la mayoría de las veces— y la foto sonriente de alguien que ha muerto (la primera vez que la muchacha se bajó del camión para estirar las piernas y se acercó a aquellos santuarios supuestamente abandonados en medio de la nada, notó que todas las fotos mostraban a los difuntos con una sonrisa, ¿por qué sería —se dijo— que los muertos siempre sonreían?), todo tras una portezuela de cristal medio abierta que rechina por el empuje de un viento húmedo de montaña.

El Peloponeso es una zona marcada por la muerte.

No sé por qué lo trato de usted. A fin de cuentas ya no somos dos desconocidos. —Tras lo cual recibe la primera mirada sorprendida del camionero, desconcertado no tanto por lo impetuoso de su gesto sino por haber experimentado, en tan solo un par de segundos, la sensación de haber escuchado lo mismo, o casi lo mismo, un tiempo atrás, de labios de otra mujer.

Hay algo en ella que le atrae, aunque se lo calle. Se lo calla, pero juraría que se trata de los mismísimos ojos rasgados y malévolos de la foto de Lauren Bacall que su madre, a pesar de sus convicciones políticas y de su horror por los símbolos del capitalismo, colocara y mantuviera durante años en la parte baja del espejo de su cómoda. Si bien algo cercano, cierto aire como el de esas cantantes efímeras de hoy día, hace que Othello, muy en su fuero interno, vaya del elogio callado a la indignación.

Al menos no es rubia —admite para sí mismo—, como la de la foto pegada al pedal del cloche. Mejor así —concluye al tiempo que esquiva una carreta tirada por un caballo cansino y un señor con boina.

Ella tararea una nueva canción. Fuera, a la derecha, en la parte delantera del camión, se bambolea una antena de radio que culmina con la carita risueña de una muñeca de plástico.

Ella canturrea en un inglés forzado, mucho más que rudimentario, tararea y mueve su cabeza a ambos lados igual que una niña con trenzas y piernas sanamente cruzadas sobre un dado de madera azul en un programa infantil de la televisión. Canta, mueve su cabeza como si de esta brotaran dos trenzas alegres y observa aquella cabeza de muñeca fuera del camión cuyo rostro, penetrado por el acero de la antena, termina invariablemente en una mueca, por más que la misma muñeca intente seguir disimulándolo con una sonrisa.

En muñecas piensa el par de minutos en que, en lugar de hablar sin descanso, la muchacha tararea esa canción de moda. Piensa sobre todo en el sitio final donde fueron a parar sus objetos más cercanos de tan solo unos años atrás. A pesar de su corta edad no es persona que se detenga a lloriquear y a vivir de los recuerdos menos prácticos. Lo cierto es que no se ha detenido mucho en los últimos tiempos. Y como no se ha detenido físicamente, tampoco se ha detenido a sopesar el curso intenso de su vida más reciente. Eso sí, sin pretender siquiera una evocación con tintes de nostalgia, ahora que la canción ha concluido en la radio del camión y antes de que otra le corte el habla nuevamente, mira a lo lejos en la carretera, mete las manos entre sus muslos y el hule del asiento, pasa del tono irreverente de antes a una voz ahora pausada, calma, indagadora.

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