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Edwards, Padilla, los micrófonos y los camarones principescos

 

Si La Habana que redescubrió Guillermo Cabrera Infante cuando regresó en 1965 a despedirse de su madre muerta era un escenario de sujetos cansados, aparentemente “agobiados por un pesar profundo”, una ciudad donde crecía para siempre la bolsa negra y donde abundaba la mirada perspicaz hacia y entre los escritores, la esencia y el decorado atisbados por Jorge Edwards apenas aterrizó en el aeropuerto de Rancho Boyeros el 7 de diciembre de 1970 resultaban igualmente opacos. El fracaso de la publicitada Zafra de los Diez Millones de ese mismo año podía incluso respirarse, a modo de energía, entre los figurines que pululaban por el bar y la planta baja del Hotel Riviera, a donde el diplomático chileno fue conducido.

De esta manera, los jardines modificados que Cabrera Infante descubre en no pocas casas de El Vedado (“plátanos en lugar de rosas”, apunta), pues la gente siembra en dos metros cuadrados para intentar comer mejor, son los mismos ante los cuales pasará el escritor santiaguino con aquellos amigos intelectuales que conociera dos años atrás. La ciudad –relata Edwards—“se presentaba ahora sin afeites, regenerada, desafiante en su pobreza”.

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Luz a la zona rara

Vanguardia

En febrero de 1959, a un mes de la entrada en La Habana de la caravana conducida por Fidel Castro, arribaba a la capital cubana Jaime García Terrés, director de Revista de la Universidad de México. “Encuentro una ciudad tranquila. Ni asomos de miedo o violencia. Decididamente la revolución no está en las calles. Está en los ánimos, en las conciencias, en los planes para el futuro…”, anotaba en un cuaderno de apuntes con el que recorrió la ciudad durante dos semanas.

Un mes más tarde aparecía el número 7 del mensuario que Terrés dirigía, dedicado en su totalidad a la Revolución cubana. Aquí, además de un ilusionado ensayo de Carlos Fuentes y de textos de Carleton Beals, William Attwood y otros analistas, se publicaba “Diario de un escritor en La Habana”, el resultado de aquellos apuntes que García Terrés tomara al pie de la calle, donde, tras constatar la prevalencia de la “música popular revolucionaria” en el ambiente de la urbe, y asistir a un pase de documentales de actualidad en un cine de la calle San Rafael, el mexicano es recibido “en el local del Lyceum” por la intelectual comunista Mirta Aguirre, entre “refrescos y pastelitos de almendra”.

En esta escena, quien ya empezaba a fungir como brazo telúrico de la represión cultural, observaba que el pueblo cubano era “muy ‘politizado’”, se declaraba “contra el sectarismo que [había] comenzado a manifestarse ‘disfrazado de extrema izquierda’” y admitía que “una derecha limpia” había contribuido, como otras fuerzas, al derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista. Sigue leyendo

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La Falacia, 1996, ahora en Kindle edition…

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noviembre 11, 2013 · 1:52 am

El último día del estornino (fragmento)

estornino

Debería ser clutch —especifica Octavio Forlán antes de imbuirse en su nuevo relato—, pero como siempre lo he conocido por cloche, mejor no cambiarle el nombre.

Lo cierto es que sobre el pedal del cloche del camión en el que la muchacha acaba de subir fue pegada en algún momento una calcomanía con la foto del rostro de una mujer y más abajo unas palabras en un idioma que ella ni conoce. De esa manera, cada vez que el camionero dispone de su pesada bota izquierda para cambiar las velocidades del motor, aquel rostro hermoso desaparece por unos segundos para luego regresar con lo que parece ser una mueca.

El resto es más bien habitual: también los camioneros en Campechuela, en Remedios, los que se reúnen en un cafetín desaseado a la salida de Manzanillo para recargar sus baterías antes del regreso a la capital, son robustos y bigotudos; unos que no se desprenden de sus gorras de béisbol, otros que mascan la punta de una ramilla, el tallo finísimo de una hierba de Guinea cortada de cuajo antes de proseguir la ruta indicada.

Todos son iguales —murmura ella mientras se ajusta el cinturón y se deja llevar por el primero de los caminos posibles.

¿Imagina usted cuántas veces no habré pasado por esto, así, en un camión, sin saber siquiera adónde llegar?

Pero el camionero, que acaba de liberar con su pierna la cara linda del cloche y se apresta a guiar el timón con sus manazas con guantes a los que les falta pulgada y media de cuero en la punta de cada dedo, no le responde. Enciende el primero de sus cigarrillos Assos Lights, inhala el humo y acomoda el cojín de óvalos de madera barnizada que sostiene sus nalgas, incrementa la irrigación sanguínea y evita la acumulación del sudor. Luego mira fijo a la carretera.

Ciertamente la muchacha no resulta una novicia en estos ajetreos, aunque ahora se encuentra justo a la entrada del Peloponeso griego, en la cabina de un camión de carga y, como tantas veces ya, en compañía de un hombre con el que solo ha cruzado unas palabras y que cada tres segundos oprime con ira —y con su bota izquierda— la foto de un rostro de mujer pegada al pedal del cloche.

Atrás ha quedado Stefano, su novio italiano, aquel joven esbelto de barba de un día y cabellos lacios abandonados sobre el cuello, estilo futbolista iracundo de segunda división, que finalmente la había invitado a Europa. Atrás también la noche en que no supo más de él, las aspas ruidosas del ventilador de techo de su habitación en el Hotel Appia de la calle Menandrou, en el barrio de Omonia, el calor insoportable, la pérdida de sus documentos —por mera venganza, Stefano había huido con ellos después de una discusión bien acalorada—, el olor a pimienta, a azafrán, a aceite de mostaza, a cardamomo negro, a polvos de curry que se respiraba desde su balcón, a medianoche, en pleno centro de Atenas, como si se tratara de una esquina de Khari Baoli o de cualquiera de los mercados de especias de Nueva Delhi.

¿No tiene calor? —le pregunta.

Pero el camionero continúa concentrado en su timón y en la carretera por la que transita. Más arriba de las botas lleva un pantalón de corduroy marrón algo gastado a la altura de los muslos, un cinto grueso de cuero con la inevitable hebilla dorada, una camiseta de nailon con hoyitos uniformes y una gorra de béisbol con un delfín en el frente o un pez espada, algo así, la joven no acaba de identificar a la bestia. La ceniza de sus Assos Lights, la que el aire de la ruta no ha dejado salir de la cabina, invade el ambiente en pequeñísimos fragmentos que la luz del sol resalta, que caen sobre el pantalón. Por momentos, tras fijar la palanca en su correspondiente velocidad, el camionero se sacude los muslos con cuidado para luego depositar su mano gruesa, con gusto, como quien atesora una piedra valiosa, sobre el bulto que sobresale en su entrepierna. Bien nota ella el brillo plateado de un cierre metálico terso por naturaleza y el modo en que la mano oprime con dulce regularidad aquella redondez desmedida.

Parece un buen hombre. Sigue leyendo

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El extraño caso del ave y la escritura

enalucia

De Proust se conoce aquello de que “una obra en la que hay teoría es como un objeto al que se le deja el precio”… Curioso reproche, pues tras la llegada a Cuba de los primeros tomos de A la recherche… a través del librero francés Georges Morion instalado en La Habana —anota Carpentier—, “se decía (…) que no tenía asunto, que más bien parecía un ensayo” (La Gaceta de Cuba, diciembre de 1989). Trato de imaginar al lector de entonces, perdida la mirada sobre extensiones de escritura y de escritura, como ave errada en la maraña, en el Tiempo que (casi) no transcurre, entre la tanta carencia de esa linealidad a la que está definitivamente acostumbrado.

En estos tiempos en los que el narrador cubano se ha trastocado en corresponsal de guerra o en mago que extrae citas de Borges de un sombrero, un libro como El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela, acaba por demostrar que de una historia tan simple (porque literariamente lo es) como la de un pentágono amoroso (Fabián, Camila, Bibiana, Cécile y Emilio U), con el solo artificio del tejedor, se termina escribiendo un buen libro. No niego, pues, que la autora se sume al comentario, en su caso leve, sobre la realidad cubana, ni que abunde –¡bien que lo hace!– en referencias culturales: peculiaridad, para no decir ya vicio, de la narrativa de los noventa. “Yo cito alegremente, sin preocupaciones de ninguna índole”, anota el narrador, con descaro —al descaro, diríamos hoy–, mientras que a otros escritores sí les preocupa, empeñados en dar y en alimentarse con la idea de una narrativa ¡transgresora y erudita! “Uno a veces necesita inmensamente transgredir para no sentirse humo, para otorgarle algún peso a la existencia. Claro, solo se trata de una ilusión…” –aclara ahora el narrador.

Pero aquí, contrastando con lo mucho que hoy se publica, ante el dilema Cultura-Escritura del que tantos autores no pueden librarse, la Escritura (¿la escritora?) termina por imponerse. Ser escritor, definitivamente, es colocar palabra tras palabra, palabra ante y sobre palabra, con la audacia del marino que ejecuta nudos. Son nudos de marinería los que destacan a este libro, máxime si se tiene en cuenta que literalmente (léase anecdóticamente) muy poco ocurre a lo largo de sus doscientas páginas.

Es esta una novela de extensión, de regodeos, inquietante y quizás densa para aquellos lectores que gustan de la pacatería de otros libros que se diluyen –incluso hoy– entre la isla, sus mitos y sus ambientes floridos. Decía densa, pues abunda el lector ávido de peripecias e impotente ante el entarimado –nudos, por qué no enredo– desplegado por esta autora, primero anticipándonos un asesinato, luego recreándose en dibujar ambientes y mundillos personales poco comunes, en escenas que nos retornan a la humorada y al absurdo de un Bulgakov, o en otras que nos recuerdan el Eros agreste de Bilbao, de Bigas Luna o las atmósferas de neón de Tarkovsky. Pero la manida densidad a la que recurriría el también manido lector estaría dada en lo que creo sea uno de los valores de este texto: la capacidad para imbricar lo antes anotado con una abundante carga reflexiva, incluso teórica… “Mi novela será retórica, exuberante, verbosa y palabrera. Sin conciencia alguna de la economía. Pero eso no importa”, anuncia el narrador (devenido personaje) al tartamudo en un momento del séptimo capítulo.

De ahí que asombre el detenimiento (finalmente aquí no hay concisión ni elipsis, sino cortes, giros en el tiempo y alternancia de voces) con el que la autora se recrea en la disertación sobre la Persona, el perseguidor y la ciudad (capítulo VII) o en la disertación sobre El Juguete (capítulo IX). Al caracterizar a Camila, nuevamente el narrador-personaje añade: “no apreciaba para nada las teorías ni las explicaciones quizás enmarañadas y un tanto artificiosas, como esta”.  Súmese además la dosis de descreimiento y el sentido paródico de la realidad y de la historia que se desprende tras la lectura de estas páginas. Poco, o casi nada, es tomado en serio –al no ser la escritura misma, acto de tejer–, y aunque sea más que evidente una carga personal que colinda por momentos con lo autobiográfico, nada más lejos, por el momento, de la posición de un autor egocéntrico, que se cree enormemente incapaz de mirarse a sí mismo y a su escritura desde el prisma de la crítica.

 El pájaro: pincel y tinta china se halla del lado opuesto de una balanza en la que se erigió hace ya un buen tiempo una épica de lo cotidiano curiosamente combinada con una lírica de lo trascendente (Senel Paz, Arturo Arango, entre otros) que, al dejar atrás otra ya trasnochada épica de clandestinos y de rebelión social (Otero, Cofiño…), pretendió postular su apología de la ternura en textos de iniciación a un mundo (y a un hombre) nuevo, en bucólicos ambientes becarios y en historias-del-primer-amor. Del otro lado de la cuerda –repito–, en este texto alineal y maledicente, puede leerse ahora: “Así es el Nuevo Realismo, se aprovecha de nuestras enfermedades más terrestres y las convierte en una especie de mística del desapego”.

La historia del feto malformado de Zaratustra, el hombre de la bata azul, los “cuerpecillos agónicos”: pacientes del Dr. Shilling, “muñecos a los que no había necesidad alguna de tratar como a personas”, la historia sucia de Elsinore, la violencia de Fabián, la muerte de Emilio U…, además de sagaces cotilleos sobre parte de nuestro mundillo literario actual (elemento no necesariamente de envergadura en la totalidad del texto, aunque novedoso en medio de una literatura las más de las veces abundantemente desabrida), no son sino factores de peso que operan la radical oposición entre mística del desapego y apología de la ternura.

Han sido muchos en esta última década los textos que se han sumado al desapego, a la rareza y a la transgresión: ambientes rock, psicofármacos, citas culturales, erotismo… Han sido pocos los que han sobrepasado la frontera que separa la crónica atrevida de la real literatura. Desde mi silla de simple lector, voto por este libro a todas luces bien escrito y por este texto literaria y escrituralmente maledicente.

Publicado en Revista Encuentro de la Cultura Cubana, N. 18, OTOÑO DE 2000

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De lémures y economías

livadia - CopyHace unos años una revista se hacía eco del alarmante proceso de erosión en las costas de la península de Crimea. Basado en estudios geológicos difundidos por el semanario Den, de Kiev, el articulista se detenía en el palacio de Livadia, construido por Nicolás II hacia 1912, “sanatorio para obreros y campesinos después de la revolución”, y luego sede de la Conferencia de Yalta, en 1945, de la que ha quedado una célebre foto de Josif Stalin, Winston Churchill y Frankiln Roosevelt, escoltados por el toque italiano del patio interior del palacio. Casi cincuenta años más tarde, parece pues que las cálidas playas de Crimea, paso obligado para viajantes y turistas, han agotado los cimientos de la península; y con ellos también Livadia, a tal punto que como primero de los preparativos para otra de las Cumbre de Jefes de Estado de los Países del Mar Negro, al gobierno de Ucrania no le bastaron sus arcas ante los costosos trabajos de vigorización y reforzamiento.

También entre viajes, dinero y juegos políticos se mueve la otra Livadia, la novela de José Manuel Prieto, además de erosión, pues, así como la simbólica península se deshace, este texto, como no queriéndolo, pone en entredicho más de un estrato ideológico (canon estético, divisa moral o doctrina política) de estos tiempos que nos han tocado vivir. Como en los textos canónicos de su género (¿su género?), primeramente en Livadia resalta la etología de los personajes del viaje: el viajero mismo, la dueña del hostal, la mujer deseada, el barco, la frontera –“membranas estatales”– y el Mal, o lo que es lo mismo: el peligro, ya sea tormenta, rufianes (cosacos zaporozhets) o la frase passportny kontrol gritada en medio de un tren que avanza. Sólo que no se trata aquí del simple viaje de placer o, como dijera Brodsky, de “una forma espacial de autoafirmación” (algo así como un viaje hemingwayano), sino más bien de la imbricación entre:

a) un ser nacido para un coto cerrado: un cubano;

b) un escritor;

c) un hombre al que le gusta el dinero.

De ahí la explosión… Alguien escribió que entre los más notables escritores cubanos de este siglo (Lezama. Piñera, Sarduy, Cabrera Infante, Arenas…), sólo Carpentier representaba el verdadero “ciudadano del mundo”, el único capaz de desligarse de la florida isla: también de la Florida y de la Isla, como es el caso ahora de José Manuel Prieto. Sigue leyendo

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