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Severo Sarduy, la luz y el excremento. Una entrevista de Jacques Henric

Severo_Sarduy

En una entrevista publicada en abril de 1970 por la revista francesa Combat sobre el ritual de la escritura, y después de explicar la diferencia entre la energía exterior a recibir por el escritor en el siglo XIX y el teatro material que lo rodea –y motiva– en nuestros tiempos, Severo Sarduy se confiesa: “Mi ritual es bien reducido: música popular brasileña, mucho café, alcohol o alguna golosina, doy vueltas o bailo. A menudo escribo desnudo. El acto de la creación está rodeado por una serie de tics que forman parte también de la escritura. Algunos autores escriben acostados; otros, lo sabemos, bajo el influjo de la droga; otros –y es el caso de uno de mis amigos— dentro del agua caliente de su bañera. Habría que estudiar este fenómeno. Es un ritual de orden erótico y eso es lo que me interesa”.

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Edwards, Padilla, los micrófonos y los camarones principescos

 

Si La Habana que redescubrió Guillermo Cabrera Infante cuando regresó en 1965 a despedirse de su madre muerta era un escenario de sujetos cansados, aparentemente “agobiados por un pesar profundo”, una ciudad donde crecía para siempre la bolsa negra y donde abundaba la mirada perspicaz hacia y entre los escritores, la esencia y el decorado atisbados por Jorge Edwards apenas aterrizó en el aeropuerto de Rancho Boyeros el 7 de diciembre de 1970 resultaban igualmente opacos. El fracaso de la publicitada Zafra de los Diez Millones de ese mismo año podía incluso respirarse, a modo de energía, entre los figurines que pululaban por el bar y la planta baja del Hotel Riviera, a donde el diplomático chileno fue conducido.

De esta manera, los jardines modificados que Cabrera Infante descubre en no pocas casas de El Vedado (“plátanos en lugar de rosas”, apunta), pues la gente siembra en dos metros cuadrados para intentar comer mejor, son los mismos ante los cuales pasará el escritor santiaguino con aquellos amigos intelectuales que conociera dos años atrás. La ciudad –relata Edwards—“se presentaba ahora sin afeites, regenerada, desafiante en su pobreza”.

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Luz a la zona rara

Vanguardia

En febrero de 1959, a un mes de la entrada en La Habana de la caravana conducida por Fidel Castro, arribaba a la capital cubana Jaime García Terrés, director de Revista de la Universidad de México. “Encuentro una ciudad tranquila. Ni asomos de miedo o violencia. Decididamente la revolución no está en las calles. Está en los ánimos, en las conciencias, en los planes para el futuro…”, anotaba en un cuaderno de apuntes con el que recorrió la ciudad durante dos semanas.

Un mes más tarde aparecía el número 7 del mensuario que Terrés dirigía, dedicado en su totalidad a la Revolución cubana. Aquí, además de un ilusionado ensayo de Carlos Fuentes y de textos de Carleton Beals, William Attwood y otros analistas, se publicaba “Diario de un escritor en La Habana”, el resultado de aquellos apuntes que García Terrés tomara al pie de la calle, donde, tras constatar la prevalencia de la “música popular revolucionaria” en el ambiente de la urbe, y asistir a un pase de documentales de actualidad en un cine de la calle San Rafael, el mexicano es recibido “en el local del Lyceum” por la intelectual comunista Mirta Aguirre, entre “refrescos y pastelitos de almendra”.

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La Falacia, 1996, ahora en Kindle edition…

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noviembre 11, 2013 · 1:52 am

El último día del estornino (fragmento)

estornino

Debería ser clutch —especifica Octavio Forlán antes de imbuirse en su nuevo relato—, pero como siempre lo he conocido por cloche, mejor no cambiarle el nombre.

Lo cierto es que sobre el pedal del cloche del camión en el que la muchacha acaba de subir fue pegada en algún momento una calcomanía con la foto del rostro de una mujer y más abajo unas palabras en un idioma que ella ni conoce. De esa manera, cada vez que el camionero dispone de su pesada bota izquierda para cambiar las velocidades del motor, aquel rostro hermoso desaparece por unos segundos para luego regresar con lo que parece ser una mueca.

El resto es más bien habitual: también los camioneros en Campechuela, en Remedios, los que se reúnen en un cafetín desaseado a la salida de Manzanillo para recargar sus baterías antes del regreso a la capital, son robustos y bigotudos; unos que no se desprenden de sus gorras de béisbol, otros que mascan la punta de una ramilla, el tallo finísimo de una hierba de Guinea cortada de cuajo antes de proseguir la ruta indicada.

Todos son iguales —murmura ella mientras se ajusta el cinturón y se deja llevar por el primero de los caminos posibles.

¿Imagina usted cuántas veces no habré pasado por esto, así, en un camión, sin saber siquiera adónde llegar?

Pero el camionero, que acaba de liberar con su pierna la cara linda del cloche y se apresta a guiar el timón con sus manazas con guantes a los que les falta pulgada y media de cuero en la punta de cada dedo, no le responde. Enciende el primero de sus cigarrillos Assos Lights, inhala el humo y acomoda el cojín de óvalos de madera barnizada que sostiene sus nalgas, incrementa la irrigación sanguínea y evita la acumulación del sudor. Luego mira fijo a la carretera.

Ciertamente la muchacha no resulta una novicia en estos ajetreos, aunque ahora se encuentra justo a la entrada del Peloponeso griego, en la cabina de un camión de carga y, como tantas veces ya, en compañía de un hombre con el que solo ha cruzado unas palabras y que cada tres segundos oprime con ira —y con su bota izquierda— la foto de un rostro de mujer pegada al pedal del cloche.

Atrás ha quedado Stefano, su novio italiano, aquel joven esbelto de barba de un día y cabellos lacios abandonados sobre el cuello, estilo futbolista iracundo de segunda división, que finalmente la había invitado a Europa. Atrás también la noche en que no supo más de él, las aspas ruidosas del ventilador de techo de su habitación en el Hotel Appia de la calle Menandrou, en el barrio de Omonia, el calor insoportable, la pérdida de sus documentos —por mera venganza, Stefano había huido con ellos después de una discusión bien acalorada—, el olor a pimienta, a azafrán, a aceite de mostaza, a cardamomo negro, a polvos de curry que se respiraba desde su balcón, a medianoche, en pleno centro de Atenas, como si se tratara de una esquina de Khari Baoli o de cualquiera de los mercados de especias de Nueva Delhi.

¿No tiene calor? —le pregunta.

Pero el camionero continúa concentrado en su timón y en la carretera por la que transita. Más arriba de las botas lleva un pantalón de corduroy marrón algo gastado a la altura de los muslos, un cinto grueso de cuero con la inevitable hebilla dorada, una camiseta de nailon con hoyitos uniformes y una gorra de béisbol con un delfín en el frente o un pez espada, algo así, la joven no acaba de identificar a la bestia. La ceniza de sus Assos Lights, la que el aire de la ruta no ha dejado salir de la cabina, invade el ambiente en pequeñísimos fragmentos que la luz del sol resalta, que caen sobre el pantalón. Por momentos, tras fijar la palanca en su correspondiente velocidad, el camionero se sacude los muslos con cuidado para luego depositar su mano gruesa, con gusto, como quien atesora una piedra valiosa, sobre el bulto que sobresale en su entrepierna. Bien nota ella el brillo plateado de un cierre metálico terso por naturaleza y el modo en que la mano oprime con dulce regularidad aquella redondez desmedida.

Parece un buen hombre. Sigue leyendo

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El extraño caso del ave y la escritura

enalucia

De Proust se conoce aquello de que “una obra en la que hay teoría es como un objeto al que se le deja el precio”… Curioso reproche, pues tras la llegada a Cuba de los primeros tomos de A la recherche… a través del librero francés Georges Morion instalado en La Habana —anota Carpentier—, “se decía (…) que no tenía asunto, que más bien parecía un ensayo” (La Gaceta de Cuba, diciembre de 1989). Trato de imaginar al lector de entonces, perdida la mirada sobre extensiones de escritura y de escritura, como ave errada en la maraña, en el Tiempo que (casi) no transcurre, entre la tanta carencia de esa linealidad a la que está definitivamente acostumbrado.

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De lémures y economías

livadia - CopyHace unos años una revista se hacía eco del alarmante proceso de erosión en las costas de la península de Crimea. Basado en estudios geológicos difundidos por el semanario Den, de Kiev, el articulista se detenía en el palacio de Livadia, construido por Nicolás II hacia 1912, “sanatorio para obreros y campesinos después de la revolución”, y luego sede de la Conferencia de Yalta, en 1945, de la que ha quedado una célebre foto de Josif Stalin, Winston Churchill y Frankiln Roosevelt, escoltados por el toque italiano del patio interior del palacio. Casi cincuenta años más tarde, parece pues que las cálidas playas de Crimea, paso obligado para viajantes y turistas, han agotado los cimientos de la península; y con ellos también Livadia, a tal punto que como primero de los preparativos para otra de las Cumbre de Jefes de Estado de los Países del Mar Negro, al gobierno de Ucrania no le bastaron sus arcas ante los costosos trabajos de vigorización y reforzamiento.

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