José, el impuro

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El poeta cubano José Kozer

Casi al llegar a las primeras cien páginas de la novela Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer, el personaje de Hertz Dovid Grein, evidentemente judío, casado, con hijos y a punto de hacer el amor en un cuarto de hotel de tercera con otra joven mujer, también casada, sucumbe ante el solo pensamiento de tener, por la acción que acomete, sus labios impuros.

Esa misma noche newyorkina de los años cincuenta, Boris Makaver, el padre de la muchacha, se despierta sobresaltado, se dirige al baño, toma un cuenco de dos asas y, siguiendo el ritual, vierte “tres chorros de agua sobre la mano derecha y tres sobre la izquierda”, justo antes de iniciar unas plegarias que serán interrumpidas por la llamada telefónica de un yerno impotente y desahuciado que le anuncia el ya consumado adulterio.

Gestos como estos (o similares) suelen repetirse. En la novela corta A la flor de la vida (un texto de curiosas resonancias con La sinfonía pastoral de André Gide) del desconocido Nobel de 1966 Shmuel Yosef Agnon, la joven Tirtza, para asombro de su férreo entorno, termina amando a su profesor Akavia Mazal quien, mucho antes de su nacimiento en una tradicional familia judía en un villorro remoto del imperio austro-húngaro, se había convertido en el amor imposible de su difunta madre Lea Mintz.

Sobre la misma cuerda de pecados y movimientos impuros, uno de los tantos relatos pertenecientes a la tradición oral de las comunidades judías de Europa oriental cuenta la historia de un hombre que, tras el rechazo a lavarse las manos antes de comer, inicia una cadena de pecados que lo lleva al alcoholismo, por lo que al morir el Tribunal celeste lo condena a convertirse en un horrible sapo abandonado en el desierto. La antípoda de este sapo que cumple su pena pudiéramos encontrarla en el sabio Akiba, un rabí encarcelado por los romanos que se niega a beber pues el agua de la que dispone no es suficiente no tanto para saciar su sed como para cumplir a cabalidad la ley de lavarse las manos, según se nos relata en Eruvin (22a), uno de los tratados del Talmud.

Summa, enciclopedia, relato de relatos, comentario a la Ley antes escrita, el mismo Talmud es ese texto magno que se ocupa de lo sacro y de lo secular: desde el deber de interrumpir la lectura de la Torá ante el paso de un cortejo fúnebre o una ceremonia nupcial, la imposibilidad de demoler una sinagoga si antes no se ha erigido otra como reemplazo, hasta la prohibición de transportar dinero durante Shabat; desde la obligación de devolver todo objeto o animal que  se  encuentre  perdido,  la regulación de los préstamos con interés, hasta  –mucho antes del psicoanálisis–  la interpretación de los sueños.

Pero el Talmud que nos incumbe ahora es ese texto que acota, recata y recorta el cuerpo, nuestro cuerpo: donde se le prohíbe al hombre visitar a su mujer doce horas antes y después de su menstruación, y evidentemente durante la misma; donde se regula el recitativo de ciertas bendiciones antes y después de salir del retrete (“bendito sea el que formó al hombre sabiamente, haciéndole aberturas y aberturas, cavidades y cavidades”), o donde se le augura un hijo epiléptico a quien se entregue a la cópula tras ese momento nefasto en que todo judío es acompañado por el demonio del retrete, tras ese instante en el que, al decir del poeta José Kozer, “un órgano se reordena luego de acudir al llamado de sus necesidades”. Por último, en otro de los tratados talmúdicos (Gittin, 55b-57a) quedan imbricadas de modo rotundo juridisprudencia y simbología sanitaria judías: “Dijo el Maestro: al que se burla de la palabra de los Sabios lo castigan con excrementos hirvientes”.

Desconcertado desde su óptica de judío asimilado, en la página de su Diario correspondiente al 27 de octubre de 1911 Franz Kafka se detiene en la costumbre de introducir tres veces los dedos en el agua como primerísima acción al despertarse (“porque los malos espíritus se instalan durante la noche en la segunda y la tercera falange”), pues al dormir cabe la posibilidad de que nuestras manos piadosas, impelidas por el abandono del cuerpo, hagan contacto con las axilas, el trasero, los órganos genitales. Más adelante en el mismo cuaderno, como si descubriera un mundo horriblemente ajeno, Kafka describe “la anticuada costumbre primitiva de la circuncisión y sus plegarias semicantadas”.

Casi un siglo después de aquel asombro kafkiano, en un texto en prosa titulado Reaparición de Franz Kafka en la Provincia de La Habana, otro judío bien poco ortodoxo de nombre José Kozer pone (y este es el verbo exacto) al escritor checo a comer yuca y malanga con mojo en un plato de porcelana percudido, luego una fruta bomba a cuadros con azúcar prieta, algo de mango filipino, canela, una siesta en una tarde vaporosa del trópico…; Kafka despierta, no olvida sus abluciones, se ajusta la corbata, se pierde por el camino tarareando una canción sabrosa.

En fin…, acordemos que un acercamiento a la poesía y a la obra toda de José Kozer (La Habana, 1940), o mejor, que un alto en el filón hebreo de este escritor abundante no pudiera llevarse a cabo desde la férrea exégesis talmúdica, sino desde la colegiatura de un gesto que es común, aunque divergente, tanto para la enciclopedia magna del judaísmo como para el imaginario del poeta cubano: el de ese manto de higiene entre la tradición y el cuerpo que el Talmud impone y que José Kozer, con desparpajo, termina agujereando.

Lee el ensayo completo en pdf, debajo:

Ensayo Kozer-Gerardo Fernandez Fe

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