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Sinalectas, la muesca en la escombrera

Sinalectas

En un libro de hermoso título y prosa rimbombante, Francisco Umbral, quien ya antes había asegurado que los escritores salen poco al campo porque solo en la ciudad tienen asegurado la gloria y el prestigio, se aventura en la siguiente definición: “La lucha literaria no es, en el fondo, sino la conquista de la solemnidad”.

Desde ese estado extremadamente contaminante, lectores y escritores, público y buena parte del gremio, exclamaron alguna vez “¡pero, qué es esto!” ante el producto acabado de un poeta. Ocurrió con Baudelaire. O con Mallarmé, a quien un personaje-poeta de La colmena de Camilo José Cela vincula con “las descomposiciones de vientre”. (“¡Qué asco!” -dice.) En cuerda similar, Stephen Spender escribió en su diario de 1953 que las ideas generales de Ezra Pound sobre poesía eran “negativas, estériles y secas”. Y ocurrió, entre otros, con Cintio Vitier, cuando le espetó a Virgilio Piñera “¡Hay sífilis en tu poema, y esto no me gusta!”, tras su lectura de “La isla en peso”.

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Un inédito de Juan Carlos Flores

Siempre he vinculado a Juan Carlos Flores con la actitud y con algunos de los temas más disparados de Tom Waits: God’s Away On Business, Hell Broke Luce, Rain Dogs o Heart Attack and Vine… Será, entre tantas cosas, porque detrás del histrión se suele observar a un ser que padece, que intenta tamizar con la carcajada un ontos que hace aguas, definitivamente fracturado. Así pues, he regresado tras un buen tiempo a su poesía.

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Partiendo por la derecha: Juan Carlos Flores, Almelio Calderón, Ismael González, Gerardo Fernández Fe y Carlos Aguilera. Octubre de 1994. Foto: GFF.

Leer a un amigo, ya lo sabemos, pasa sin remedio por la visión de las fotos mentales (y de las físicas, si felizmente existen) que sobre él conservamos. En este acto de memoria, arqueológico en su estado puro, me vienen a la mente nuestros encuentros, hace ya más de veinte años, algunos de ellos en casa de Almelio Calderón, en San Miguel 522, Centro Habana, con Pedro Marqués de Armas, Ismael González Castañer, Jorgito Aguiar, Francisco Morán, Elvirita Rodríguez, Carlos Aguilera, Kimani… O con los mismos personajes, pero en los salones de lectura de la Biblioteca Nacional, acompañados por el fantasma trastabillante, abrazado a un bulto de papeles sin orden, de Walterio Carbonell. Todo esto ocurrió para mí entre 1989 y 1995.

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De izquierda a derecha, entre otros amigos, Jorge Aguiar, Pedro Marqués, Gerardo Fernández Fe, Juan Carlos Flores, Carmen Paula Bermúdez, Ismael González, Almelio Calderón, Omar Pascual y Jessica Aguiar. Despedida de Almelio, noviembre de 1994. Foto: GFF

Recuerdo los dos tomos de la poesía Hölderlin que nunca recuperé y que deben ahora mismo ser lectura de desconocidos; el cuarto de Juan Carlos en Alamar, regado de libros, por debajo de lo austero; el relato de su familia: un hermano parricida, entonces en prisión, una madre diminuta, reseca, como un personaje de Rulfo… Todo eso fue, insisto, hace más de veinte años. Luego cada cual tomó su rumbo: exilios, insilios, justificadas neurosis.

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Roberto Friol o la torpeza de Frater Taciturnus

Friol

Una de las curiosas teorías de Søren Kierkegaard en su libro Concepto de la angustia sugiere que el paganismo, relacionado a partir de la cristiandad con el pecado, con la pérdida, con un desvío…, tiene precisamente su fuente en la angustia.

Seguir a Kierkegaard significaría entonces dejar a un lado entonces la dicotomía histórica que deslinda el mundo helénico, el Imperio Romano, y todo lo que de ellos se desprende, del posterior renacer el mundo judeocristiano. Seguir a Kierkegaard equivaldría a no concederle más a la palabra pagano, primero su identidad con lo bárbaro, luego su sentido de diferencia, de herejía o de estado de déficit con respecto a un ideal determinado. El hombre pagano no sería ya quien se desvía de un canon, sino el hombre angustiado. D. H. Lawrence, sin embargo, asimila el dolor que genera en el hombre su propia soledad a un fenómeno esencialmente moderno, a la pérdida del cosmos pagano.

El caso es que Kierkegaard encadena esa angustia a un concepto de vacío, de nada; y esa nada, a la conciencia de un destino. El filósofo concluye: “En el destino tiene, pues, la angustia del pagano, su objeto, su nada”.

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Luz a la zona rara

Vanguardia

En febrero de 1959, a un mes de la entrada en La Habana de la caravana conducida por Fidel Castro, arribaba a la capital cubana Jaime García Terrés, director de Revista de la Universidad de México. “Encuentro una ciudad tranquila. Ni asomos de miedo o violencia. Decididamente la revolución no está en las calles. Está en los ánimos, en las conciencias, en los planes para el futuro…”, anotaba en un cuaderno de apuntes con el que recorrió la ciudad durante dos semanas.

Un mes más tarde aparecía el número 7 del mensuario que Terrés dirigía, dedicado en su totalidad a la Revolución cubana. Aquí, además de un ilusionado ensayo de Carlos Fuentes y de textos de Carleton Beals, William Attwood y otros analistas, se publicaba “Diario de un escritor en La Habana”, el resultado de aquellos apuntes que García Terrés tomara al pie de la calle, donde, tras constatar la prevalencia de la “música popular revolucionaria” en el ambiente de la urbe, y asistir a un pase de documentales de actualidad en un cine de la calle San Rafael, el mexicano es recibido “en el local del Lyceum” por la intelectual comunista Mirta Aguirre, entre “refrescos y pastelitos de almendra”.

En esta escena, quien ya empezaba a fungir como brazo telúrico de la represión cultural, observaba que el pueblo cubano era “muy ‘politizado’”, se declaraba “contra el sectarismo que [había] comenzado a manifestarse ‘disfrazado de extrema izquierda’” y admitía que “una derecha limpia” había contribuido, como otras fuerzas, al derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista. Sigue leyendo

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Orlando González Esteva: Miami, pasión razonable

Foto de Francisco Cubas

Foto de Francisco Cubas

Si existe una rara avis en el complejo mundo de las letras cubanas en la ciudad de Miami, esa criatura lleva el nombre de Orlando González Esteva, un santiaguero devenido casi Caballero de la Orden de Malta, sin que ningún ente superior le haya otorgado el grado. Porque aquel apelativo de Caballeros Hospitalarios, que en un inicio ostentó la cofradía, bien se aviene a este personaje, un poeta que intercala el haiku y la conversación, con una paciencia y una bondad –y a la vez una distancia– propias más bien de un patricio cubano del siglo XIX cuya única posesión, tras cincuenta años de exilio, es solamente la memoria.

Como en capas superpuestas de una misma cebolla, intensa y urticante, esta ciudad se ha ido forjando a partir, tanto de oleadas, como del goteo pertinaz de cubanos en fuga. Lo singular es que cada momento –los 60, los 70, el Mariel, los balseros– reclama para sí un nicho de poder simbólico y una cota de sufrimiento que los hace diferente de los otros. ¿Cómo ve este fenómeno alguien que ya cumple 50 años en la ciudad?

Más que verlo lo siento, siento la legitimidad de esos reclamos, pero si de ver se trata –algo mucho menos invasivo que sentir— puedo afirmar, no sin melancolía, que he sido testigo de la aparición de varias ediciones de Miami, ninguna exacta a la anterior, y que, en lo que a la comunidad cubana se refiere, he visto a la ciudad degradarse, incapaz de permanecer a salvo de la degradación que ha sufrido y sufre la propia Cuba: ¿por simpatía o fatalidad? Cada una de esas oleadas que mencionas ha supuesto que el Miami al que arribaba era el mismo al que arribaron sus antecesores, que hubo o hay un Miami perenne, sin saber que entre el Miami de los años sesenta y el Miami de los años ochenta se abre un abismo no menor que el que acabó abriéndose entre ese segundo Miami y el Miami de los años noventa y, luego, entre este último y el actual. No hay un Miami perenne a no ser el balneario, que nos antecedió y será el único que nos sobreviva. De cada Miami cubano sólo van quedando ruinas, pero invisibles, porque el tiempo y la naturaleza misma de este país son hostiles al pasado. El día en que desaparezcamos los que aún tenemos memoria de esas ruinas, nada quedará, y ya son más los que ignoran que los que recuerdan, y más los indiferentes que los que, por razones obvias, no podemos dar la espalda a esa ciudad fantasma a la que no tardaremos en incorporarnos.

Cada una de esas desbandadas o infiltraciones de compatriotas nuestros, expuestas a formaciones y circunstancias diversas, cada vez más enconadas contra el país natal por la debacle en la que vieron naufragar su niñez, su adolescencia y buena parte de su juventud, se ha creído capaz de rehacer a Miami, de rectificarlo, porque el Miami anterior a ellas se les ha antojado insuficiente o deleznable, y Miami ha acabado rehaciéndolas o deshaciéndolas a ellas. Quienes llegaron en los años ochenta dieron por sentado que Miami era una ciudad inculta y se propusieron cultivarla: nada queda de aquel propósito a no ser el recuerdo, también evanescente, de su presunción y su buena voluntad.

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José Martí, empezar por la sospecha

Moran

Con la misma vehemencia con la que en 1993 organizó una serie de homenajes por el centenario de la muerte de Julián del Casal, de cuya misa en la Iglesia de la Merced, en la Habana Vieja, fuimos prácticamente expulsados, Francisco Morán, veinte años después, ha acometido una enjundiosa y no menos desacralizadora investigación sobre la vida de José Martí.

Provocador de iras y criterios encontrados, a su último libro, Martí, la justicia infinita (Verbum, 2014), habrá ya que buscarle a partir de estos momentos un espacio obligado en cualquier biblioteca que se respete sobre la complejísima obra del autor de Escenas norteamericanas.

Está el cuadro de Arche en el que Martí se coloca solemnemente la mano en el pecho; está también el óleo, diría, de película, que lo representa cayendo del caballo… Pero en este libro te detienes únicamente en una tercera imagen: la del joven recostado a una columna, vestido de preso, acompañado por su grillete. Si sumamos esto a lo que se relata en El presidio político, tendremos que Martí mismo nunca fue ajeno a un proyecto de reificación de su figura: mártir y héroe a la vez, engrosamiento de un prestigio político, de una autoridad moral. Martí, afirmas, “se proyecta como personaje de un drama de honor calderoniano.”

Tienes razón, y es lo que sostengo: el involucramiento del propio Martí, desde muy temprano, en su propia reificación: mártir, héroe, y añadiría –para ser más preciso– en significante mismo de la comunidad nacional. Me alegra que menciones el cuadro de Arche, porque se trata de una imagen que no falla en evocar la del Sagrado Corazón, un cuadro que –no sé ahora– era muy común encontrar los hogares cubanos. Ese Martí-Jesús emblematiza la de Jesús-hijo de Dios, supuestamente enviado a la tierra a redimir a los hombres con su sacrificio.

Martí, como sabemos, se representó obsesivamente como Cristo, y las referencias crísticas abundan en su escritura empezando por El Presidio Político: “todas las grandes ideas tienen su Nazareno” (cito de memoria). Ya Freud veía una ironía en el sacrificio del hijo que, por esta vía, intenta superar el impulso parricida, puesto que a pesar de su inmolación, es Jesús quien termina reemplazando al Padre en la devoción de los cristianos. Esto habría que pensarlo mejor en el contexto de la compleja y tensa relación de Martí con su propio hijo, tal como lo demuestran, para no ir más lejos, Ismaelillo y Versos Sencillos.

Esa relación podría a su vez reflejar la del propio Martí con su padre, tan bien captada por Fernando Pérez en El ojo del canario. El Martí preso, el del grillete y la cantera es, en gran medida, otra proyección –la primera– de la Pasión, y está por lo mismo implicada en, y anuncia, el Martí-Jesús de Arche. Como demuestro en mi estudio, Martí también usó y explotó la narrativa del presidio para asegurar su autoridad moral, autoridad que llega a identificarse –al menos para mí– con la del superyó, y cuyas demandas son tanto morales como sádicas. Porque como el de Jesús –que Žižek comenta muy bien en Sobre la violencia–, el sacrificio de Martí resulta a la postre impagable, y por tanto resulta también el significante de una deuda que nos esclaviza.

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Badajoz, en trineo, hacia la casa del poeta

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En la estela de ciertos poemas-históricos de Gastón Baquero, aunque aquí con mayor aspereza, ha escrito Joaquín Badajoz (Pinar del Río, 1972) un poema titulado “Peredélkino (1960)”. Pienso sobre todo en aquellos versos de Baquero de “En la noche, camino de Siberia”, en los que sueña que pasea en un largo trineo, sobre la nieve, hacia un punto secreto de Siberia, “borrado del mapa”, destinado para recluir “a los más odiados prisioneros”. Todo su delito, apunta el sujeto del poema, había sido recitar en voz alta los versos de Mallarmé.

“Peredélkino (1960)”, obviamente, es otro poema, trabajado por otras manos, varias décadas más tarde, además de ser, para el particular anaquel de este lector que soy, el más rotundo y escalofriante poema del libro Passar páxaros. Casa oscura, aldea sumergida, que hace apenas unos meses Badajoz, tras cierta lucha contra el pudor, decidió publicar con el sello de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

“Son apenas las doce en Peredélkino,/y el poeta que viene desde una dacha en Komarovo/trae un puñado de versos subversivos;/el recuerdo de la cárcel como un viento helado/le reseca los labios.”

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