Praga, La Habana: número redondo

koudelka

La invasión soviética a Checoslovaquia, en 1968. Foto de Josef Koudelka.

La grisura definitiva

Desde la ventana de mi habitación en el hotel Pushkin, en la calle Husova, n.14, podía presenciar el desfile de los turistas que recorrían en masa las calles adoquinadas de la vieja Praga, una ciudad que, si no aguzamos mejor la mirada, se reduce a estas alturas a reproducciones art nouveau de Alfons Mucha, a piezas bastante kitsch de cristal de Bohemia, a la mirada importuna del icono de Franz Kafka y a sus efectos colaterales.

Avanzada la tarde, tras haber visitado el cementerio y el barrio judíos, y atravesado un par de veces el puente Carlos que corona al río Moldava, el viajero puede constatar una amalgama de sonidos sublimes, en la que es una de las ciudades europeas donde más se comercia con la música clásica; y ya en la noche, desiertas las calles, experimentar la sensación de hallarse en el sitio de la más perversa discreción —lejos de los flagrantes escaparates de Ámsterdam, de la desfachatez del Raval barcelonés o de la aspereza de rue Saint-Denis, próxima al mercado parisino de Les Halles—. Praga es en una de las ciudades donde más presente, subrepticio e intenso me ha parecido el comercio de la carne.

Era verano y percibía en mí una excitación inusual. Había desembarcado en la capital de Chequia cuarenta años después de que, en cumplimiento de la Doctrina Brezhnev, irrumpieran, primero los paracaidistas, luego los tanques del ejército soviético, a la cabeza de un contingente de países signatarios del Pacto de Varsovia, exactamente la madrugada del 21 de agosto de 1968.

Con el afán de quien conmemora la redondez de un número, antes había comprado Invasion Prague 68, un álbum con más de doscientas fotos realizadas por Josef Koudelka, que van desde los ladrillos lanzados contra los carros de combate y los primeros cadáveres, hasta el frío en la médula que viene con el peso del poder impuesto, con la eufemística normalización, y luego la falsa calma de una ciudad dominada por un amigo hasta entonces gentil, ahora molesto, él mismo desconcertado, en su casi mayoría, con sus soldaditos rudos preguntándose qué hacían en realidad en aquella urbe hermosa, hambrientos de sexo, como los captura en una foto Teresa, personaje emblemático de Milan Kundera.

Apenas un par de meses atrás, uno de los graffitis todavía frescos en los muros de París decía: «No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre supone el riesgo de morir de aburrimiento». El hermano mayor un tanto incómodo (La Santa Rusia, titularía Jan Saudek, otro fotógrafo, un memorable díptico suyo), llegaba ahora para imponer la grisura definitiva.

Con el eco de la agresión soviética a Hungría en 1956 y el deshielo postestalinista promovido por Jruschov, Praga se había vuelto una ciudad incómoda sobre un sillón plagado de ácaros, un cuerpo que se mueve y cuestiona la legitimidad de los pilares que la sostienen. En una entrevista con Mario Benedetti, publicada en dos partes en el periódico uruguayo Marcha, el 28 de febrero y el 7 de marzo de 1969, Roque Dalton daba cuenta del «asombro político» que hubo de experimentar durante dos años ante «un panorama ideológico que no esperaba encontrar en un país que llevaba veinte años de socialismo».

En contraposición con el «sentido de lo heroico» aprehendido en Cuba, al poeta salvadoreño le chocaba de la juventud praguense esa mezcla de «misticismo, religiosidad, anticomunismo, esnobismo, nihilismo», en definitiva «formas ideológicas» exportadas por el imperialismo «para el consumo de los pueblos». Esto era exactamente lo mismo que se dijera Leonid Bréshnev un mal día, mientras se afeitaba, digo yo, y cuando, tras un leve temblor de la mano ejecutora, una gota de sangre rojísima acababa de salpicar la blancura del lavamanos. Luego vendría un portazo enojado, la dificultad para conciliar el sueño, el despertarse una madrugada repitiendo ¡Imperio!, ¡Imperio! (no sabríamos a cuál se refería), en un perfecto ruso con resonancias ucranianas, y detrás la voz de su esposa, «calma Leonid, pero tienes que hacer algo», mientras le pasaba la mano tibia por la espalda.

En junio de 1967, durante el IV Congreso de Escritores checoslovacos, la cúpula del partido había sido fuertemente criticada: se exigía la rehabilitación de los defenestrados de los años cincuenta y se solicitaba un retorno a ciertos códigos democráticos. Esto lo sabría resumir Alexander Dubcek en su libro La vía checoslovaca al socialismo (Ariel, Barcelona, 1968): «volvamos a los orígenes, volvamos a 1945, cuando el pueblo estaba mayoritariamente con nosotros y con nuestra intención de construir el socialismo». Fue Dubcek quien a principios de enero de 1968 había tomado las riendas del Partido Comunista Checoslovaco, cuando el pleno de su Comité Central fijó la imposibilidad de que una misma persona detentara el cargo de jefe de Estado y de secretario del Partido. Ese día era desplazado Antonin Novotny, el hombre de los rusos.

Un mes más tarde se elimina la censura en los medios de prensa. Radio, televisión, periódicos, se hacen eco del alarido de una población desgastada, harta de la grisura. Y no sin antes dejar claro los postulados marxistas de las transformaciones emprendidas, la nueva dirigencia del Partido firma en abril su nuevo Programa de Acción: función rectora del partido pero democratización de sus métodos de trabajo, inclusión de los ciudadanos no comunistas en la reparación del entramado económico-social, libre autonomía de las empresas en su gestión, autorización del pequeño negocio privado, reivindicación de las minorías nacionales (judíos, eslovacos), derecho ciudadano a viajar libremente al extranjero, además de la atención a los reclamos más elementales: una enseñanza menos ideologizada, una vivienda más digna, un nivel de vida menos raso —o ruso, quizá—. Alexander Dubcek tendría también problemas para conciliar el sueño: bolchevismo y democracia, ideología marxista en el poder y sociedad civil en plenitud, parecían tareas arduas, arenas que se mueven; o como diría Carlos Fuentes en un texto en memoria de Julio Cortázar (ambos testigos directos de la ocupación a finales de ese 1968), «la buena intención de salvar lo insalvable».

Así que los tanques habían entrado en Praga. Unos días antes, Dubcek había recibido por separado las visitas del mariscal Josip Broz Tito, paladín del socialismo autogestionario yugoslavo, y de Nicolae Ceausescu, el Conducător rumano, primos de dudosa reputación observados por el Kremlin con celo perruno. El resto es más bien conocido. Moscú no podía permitirse una nueva Finlandia cincuenta años después. Los checos habían fijado para el 9 de septiembre la fecha de un congreso partidista que legitimara lo puesto en marcha, y ese tal vez sería el momento atrevido para los nuevos reclamos. Por ello los tanques estaban debidamente lubricados incluso un mes antes del día de la acción, las municiones verificadas en sus cajas de tapas grises con letras de un alfabeto diferente, los cables secretos recibidos por sus agentes dobles KGB/StB y las tropas de soldaditos sin sexo reciente a escasos kilómetros de la frontera.

A media mañana de ese 21 de agosto Dubcek será arrestado y conducido a un lugar secreto. Un «tribunal revolucionario» lo juzgará por sus actividades contra la Patria. Era el retorno del Imperio. Se esperaba lo peor.

— Oh, esto me huele a muerte —diría un personaje de un cuento de Ivan Klíma, cuando el médico se aprestaba a anunciarle un invasivo cáncer que tampoco le dejaba conciliar el sueño—.

Pero lo peor, como el cáncer o el fusilamiento en el que pensaba Dubcek, será su retiro obligatorio en unas barracas de la KGB en la sierra de los Cárpatos, las presiones de sus captores, el miedo, siempre el miedo; luego vendrá su traslado a Moscú, su capitulación, la firma de los Protocolos de Moscú, su voz temblorosa en la radio, de regreso a Praga, «tan humillado que no podía hablar», una sensación que la Teresa de Milan Kundera no logra olvidar, incluso desde Zurich, en el exilio.

Cuarenta años después de todo aquello yo seguía buscando en Praga dos o tres vestigios de esos años, o al menos un diminuto fulgor. Yo y mi álbum de fotos de Koudelka entre tanto turista domeñado. «Ya no queda nada» —me había anticipado un amigo en un email desolador—.

Una de esas madrugadas me despertó el timbre del teléfono.

— Oh, esto me huele a muerte —mascullé—. Pero no era sino un compañero de hotel, ahíto de cerveza, que había olvidado la llave y el número de su habitación.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, logré traducir de un periódico italiano un reporte de la agencia Novosti que anunciaba el inminente boicot ruso a la cerveza checa si el Gobierno de Praga decidía instalar en su territorio un radar del sistema antimisiles norteamericano. Había olvidado que me encontraba en un país que produce 19 millones de hectolitros de cerveza al año, con un consumo también anual de 160 litros por persona. Pensé entonces en Roque Dalton y en aquel sitio, Ufleku, de donde saliera su célebre poema Taberna. Ese día recorrí la ciudad completa, pero no hallé el lugar. Tal vez lo tenía ante mis ojos…, lo cierto es que nunca di con él. «Los poetas comen mucho ángel en mal estado», había escrito, o en este caso transcrito, el poeta salvadoreño.

Todo sobre la prensa

Quien intente una lectura de la lectura cubana de los acontecimientos de Praga a través de la prensa plana de la época, percibirá en una primera etapa la intención de poner sobre la mesa todas las cartas posibles, la diversidad de ese eco que le viene de afuera en forma de despachos cablegráficos. Con ese espíritu, el número de Juventud Rebelde del 18 de julio de 1968 se limita a transcribir una declaración sobre política exterior del Gobierno reformista de Praga: «esperamos que los países amigos apoyarán nuestro proceso renovador y que no emprenderán una acción que pueda complicar la situación interna (…) creando fuentes de incomprensión y tensión entre algunos países socialistas». Al día siguiente, un despacho de la agencia checa CTK cita la posición de Nicolae Ceausescu, presidente rumano: «consideramos que es un deber y la responsabilidad de cada pueblo, de cada partido, organizar su vida interior conforme a las condiciones concretas y a sus aspiraciones. Nadie puede tener la pretensión de ser el poseedor de la verdad universal en la construcción del socialismo».

Sin embargo, el 23 de julio el mismo diario reseña un artículo aparecido en el rotativo militar moscovita Krasnaia Zvezba: «¿podemos ver con indiferencia, insensiblemente, las declaraciones en ciertos órganos de la prensa, radio y televisión de Checoslovaquia que tratan de tergiversar los fines y la misión del Tratado de Varsovia…?». Al otro día era citado el pedido de Jan Pudlak, vicecanciller checo, a no dramatizar la situación, y luego era reflejado el apoyo del Partido Comunista Francés y «su total solidaridad con la voluntad checoslovaca de determinar un camino original hacia la democracia socialista».

Mientras tanto, la revista Bohemia, supuestamente menos dada, por su carácter semanal, a sucumbir ante la inmediatez de la noticia, comienza a dedicarle a esta situación, en el número del 26 de julio, una buena parte de su sección «A través del mundo». Quienquiera que haya sido el responsable de este espacio, no duda, con un par de adjetivos definitorios, en mostrar ejemplos de «la opinión ortodoxa del socialismo europeo sobre el nuevo régimen checoslovaco» y el «tono magisterial», de reproche, advertencia y recelo con que los cinco países hermanos (URSS, RDA, Hungría, Polonia y Bulgaria) se dirigían a los líderes checos en un reciente documento, contestado de inmediato a través de una carta-respuesta del Partido Comunista Checoslovaco. De «mesurada pero firme» la califica el anónimo analista cubano.

El 27 de julio de 1968, Juventud Rebelde retoma una nota de la agencia CTK donde queda claro el respaldo del pueblo checo a las políticas de su partido, así como el pedido de que en las negociaciones con la dirigencia soviética «sean respetados los principios de autonomía y soberanía», a lo que sigue la enumeración de los simpatizantes con la causa reformista (Rumania, Yugoslavia, Japón y la mayoría de los partidos comunistas occidentales), y del otro lado los firmantes de la Carta de los Cinco, con el apoyo de los partidos comunistas de Chile y Venezuela. Dos días después es citado in extenso un artículo aparecido en Rude Pravo: «O estamos en condiciones de ofrecerles a los trabajadores algo que les conviene, y ellos lo reconocerán, o no somos capaces de hacerlo. Entonces, sin embargo, sería muy difícil mantener por vías honradas el poder político». El Gobierno cubano, como hemos observado, no se ha manifestado al respecto.

Comienza agosto y en los dos primeros números del mes el analista y compilador de Bohemia ha preferido dar espacio a noticias de Vietnam, Palestina, a la crisis estudiantil en México y, obviamente, a los Estados Unidos. A partir del número 33, del 16 de agosto, por la gravedad de lo que se avecina, el semanario dedica siete páginas a los despachos de prensa sobre Checoslovaquia llegados de todo el planeta y a un recuento de las declaraciones, visitas y gestos políticos, con un tono objetivo, sin dramatizaciones ni demonizaciones. A la semana siguiente, los cubanos conocerán la noticia de la mayor operación militar llevada a cabo en territorio europeo después de 1945.

El número de Bohemia del 23 de agosto saldrá a la calle con un suplemento de 16 planas dedicadas a lo que, con la ayuda de fotos, no dudará en llamar ocupación soviética. Entonces, el primer paso del compilador será confrontar la visión de Radio Praga, según su boletín del 20 de agosto, con un cable de la agencia TASS fechado en Moscú que justifica la entrada de los aliados con la supuesta «petición de prestación de ayuda» de personalidades del partido y del Estado para atajar la amenaza de las «fuerzas contrarrevolucionarias» internas.

Luego vendrá una columna titulada «La Ocupación en detalle» que relatará, a través de reportes de AFP y Prensa Latina, hora a hora, el abanico de incidentes reportados en la única jornada del 21 de agosto, las más de las veces en un tono de identificación, de entendimiento emocional con el país invadido, lo que demuestra, cuarenta años después, cuál era el sentimiento predominante: toda Checoslovaquia, anota el diario, queda paralizada, los transeúntes se detienen y en actitud militar hacen silencio por dos minutos siguiendo una proclama de periodistas y escritores; en la Plaza Wenceslao aparece una pancarta: «Somos un pueblo libre»; los balcones de toda Praga exhiben banderas nacionales, pañuelos con los colores patrios; se escuchan consignas a favor del partido reformista; los manifestantes gritan «¡Gestapo!» y «¡Viva Dubcek!»; la radio invita a los jóvenes a no insultar a los soldados soviéticos «porque son camaradas que combaten del lado malo»; la muchedumbre exclama: «¡Viva Praga!, ¡Norteamericanos fuera de Vietnam, rusos fuera de Checoslovaquia!…».

Como parte de esta amplia cobertura periodística se reporta una nota de la Embajada Checa en La Habana que expresa su apoyo a la protesta contra la «ocupación (…), considerándola (…) como violación del derecho internacional», reclama la liberación de los dirigentes detenidos y exige el «retiro inmediato de los ejércitos de los cinco países». Al final, en un giro de tuerca inaudito, aparece un recuadro titulado «Maniobras contra Cuba», en el que, a partir de un despacho de AP originado en la ONU, se difunde el criterio de fuentes diplomáticas latinoamericanas que sostienen que la actitud soviética hacia Checoslovaquia «haría posible que Estados Unidos se creyera también con derecho a invadir Cuba, ya que cae dentro de su área de seguridad», una muy curiosa reflexión que, tras esa posición a la defensiva, de animal acechado por su depredador, admite no obstante el libretazo injerencista y provocador del otro imperio, el de los «camaradas que combaten en el lado malo».

Y aquí viene el giro definitivo: el número 35 de Bohemia, en venta el 30 de agosto, incluirá una alocución de Fidel Castro ante la plana mayor del Partido, el Gobierno y las cámaras de la televisión. Varios serán los temas abordados: la crítica al «carácter liberaloide» del grupo reformista checoslovaco, la «luna de miel» entre «los liberales y el imperialismo», observada desde mucho antes por la dirección de la Revolución, el ataque a la actitud de Josip Broz Tito y a su Liga de los Comunistas Yugoslavos, además de —tras haber reconocido que hubo violación en el cruce de la frontera y la ocupación del país vecino— este párrafo que resume la histórica posición cubana:

«…solo el desarrollo de la conciencia política de nuestro pueblo puede permitir la capacidad de analizar cuándo ello [la ocupación] se puede presentar como una necesidad y cuándo ello, incluso, es necesario admitirlo aun cuando viole derechos como son el derecho de la soberanía que en este caso, a nuestro juicio, tiene que ceder ante el interés más importante de los derechos del movimiento revolucionario mundial y de la lucha de los pueblos contra el imperialismo que a nuestro juicio es la cuestión fundamental…».

Acto seguido, en ese mismo número de Bohemia, la sección «A través del mundo» vuelve a dedicar sus páginas a una entrevista con «la organización guerrillera árabe Al-Fatah», la crisis en Bolivia, la invasión a Vietnam… Sin embargo, la sección «En Cuba», hasta el momento consagrada a temas obviamente nacionales, dedica tres planas al tema checoslovaco, ahora sí, con una manifiesta toma de partido, y en concordato con el único partido posible: se cita un despacho de TASS sobre el «mando de las tropas aliadas que presta concurso a la garantía de la seguridad interna y externa del Estado Socialista»; se habla de «elementos enemigos» y de «fuerzas contrarrevolucionarias» que recurren a acciones peligrosas como la quema de carros de combate y la propagación de incendios en edificios; se señala la «desaforada campaña difamatoria contra las fuerzas patrióticas del país y de los estados socialistas aliados»; se anuncia la presencia en Praga de más de 1 500 norteamericanos, espías con un papel crucial antes y durante los sucesos; se informa del humo intenso observado en la azotea de la embajada norteamericana, producto de la sospechosa quema de documentos reveladores; se establece, según otro reporte de TASS, la lista de los líderes revisionistas sorprendidos en un «conciliábulo secreto», el 22 de agosto (Císar, «apóstata del leninismo», Sik, Kriegel, Jan Prochazka, entre otros); se retoma un cable de Prensa Latina en Argel según el cual el diario El Moudjahid elogia que la ocupación armada se haya desarrollado «sin derramamientos de sangre»; se enumeran los gestos de apoyo de los partidos comunistas sirio, turco, mongol; y por último se comenta la llegada a Moscú de una delegación de alto nivel encabezada por Ludvik Svoboda —presidente checoslovaco—, su recibimiento por parte del camarada Bréshnev, la guardia de honor, los respectivos himnos, la acogida jubilosa del pueblo moscovita [proveniente de su dulce retiro en los Cárpatos, Dubcek se incorporaría pocos días más tarde], y finalmente el cierre de las conversaciones «en un clima de camaradería y franqueza». «Todo ello —aclara en algún momento el nuevo compilador anónimo cubano, pues imaginamos que no haya sido el mismo de días atrás— para explicar el cruce de la frontera checoslovaca en la madrugada del día 21». Así de sencillo.

Las palabras obviadas

En un recuento sobre su amistad con Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez ha narrado en algún lugar una escena entre ambos, desnudos, a 120 grados centígrados, sentados en una banca de pino fragante en una sauna pública a donde habían sido conducidos por Milan Kundera. Una sauna, un espacio oscuro, húmedo y recogido, «el único sitio sin micrófonos ocultos en toda la ciudad», dice. Solo allí, a finales de 1968, podían escuchar sin tropiezos el relato de lo ocurrido durante las primeras semanas de la ocupación. En esa misma época, Jean Paul Sartre también viaja a Praga, asiste a las representaciones de dos obras suyas montadas por teatristas que pronto serían defenestrados por su lucha contra un enemigo, aclara, «presente pero invisible». «Me marché de allí sin alegría», admite el escritor, según el libro de Simone de Beauvoir, La cérémonie des adieux.

De todo esto y de otros textos propiamente fictivos (La orgía de Praga, de Philip Roth, Imágenes de Praga, de John Banville) se ha desgajado una sensación, la de la grisura no solo estética que todo Estado totalitario trae consigo como un broche, un blasón: «toma, póntela al pecho, esta es mi grisura, tienes que llevarla contigo a todas partes».

Los más optimistas, que han sido los más afectados, continúan pensando que la castración a que fue sometida la Primavera de Praga evitó el florecimiento de algo, el brote de un estado (en minúsculas) de bienestar descrito con términos más bien propios de la botánica, como brote, germinación… Piensan también que, de no haber irrumpido los tanques en la ciudad, de no haberse cortado Leonid la piel de su rostro mientras se afeitaba, como me gusta imaginar y de no haber despertado sudoroso en la media madrugada con muy malas sensaciones, hubiera tenido lugar una transformación hermosa y significativa en la política del siglo XX. Así piensan y ese es su derecho.

Del otro lado del bosque, los irredentos, tan firmes, tan dados a las certezas, insisten en colocar el proyecto de Alexander Dubcek junto al que veinte años después propició Mijaíl Gorbachov en el mismo corazón del imperio —en la misma época en que el cantautor argentino Alberto Cortés, en pleno teatro Karl Marx, hiciera levantar de sus butacas a buena parte de la intelectualidad habanera, entre abucheos, con tan solo un par de palabras incómodas, o quizá con el eco de una sola—. Con naturalidad, el cantante se refirió a la URSS como otro imperio más, lo que incomodó a no pocos de los presentes. «Imperio, imperio», repitieron algunos cubanos esa madrugada, entre sueños, como el bueno de Leonid.

En esa tersa tesitura fue pensado un texto sobre los acontecimientos de Praga que publicó la revista cubana Temas en su número 55 (julio-septiembre 2008). El autor, el investigador Manuel E. Yepe, intenta un acercamiento desde su posición de otrora embajador cubano en Rumania y testigo del ambiente previo a aquella Primavera en los países del bloque comunista. Yepe esboza un panorama de la situación checoslovaca a la luz de cuatro décadas y luego pasa a la re-justificación del visto bueno que el Gobierno cubano hizo público apenas dos días después de que la también conocida como Operación Danubio fuera llevada a cabo.

No asombra entonces que resalten aquí —por su ausencia— las palabras, los tópicos que el investigador ha obviado: el hecho de que Leonid Bréshnev realizó a finales de 1967 una visita prácticamente secreta a Praga donde solo conversó con el presidente Novotny, su hombre (visible) en el país, sobre los vientos críticos que soplaban en el seno del partido; que en febrero del año siguiente visitó de nuevo la ciudad e intentó por todos los medios cambiar los términos del discurso de Dubcek, ya entonces el impulsor de las reformas; que dos meses más tarde las maniobras militares hermanas no solo representaron un impulso a la reacción checa, sino que al concluir, los ejércitos vecinos allí acantonados retrasaron de manera considerable el retorno a sus países; que si los soviéticos respondían al pedido de ayuda de los verdaderos comunistas checos, estos no fueron sino once elementos del Comité Central que obraban a espaldas del otro 90 % de los miembros; que los 6 000 tanques amigos fueron avituallados y puestos en marcha cuando el imperio —otra de las palabras obviamente obviadas— con un puñetazo en la mesa se hartó de que una de sus colonias se hiciera la lista.

Cuando el investigador relata que el presidente Svoboda asistió el 23 de agosto a las conversaciones en Moscú en compañía de Dubcek, olvida que este llevaba dos días bajo presión soviética en un lugar desconocido por su familia y sus compañeros de gobierno, y que el pueblo checo reclamaba a toda voz su liberación. Luego desconoce las palabras de Bréshnev: «llegamos en el Kremlin a la conclusión de que no podemos confiar en ustedes porque hacen lo que quieren, incluso lo que no nos gusta, y no aceptan por las buenas nuestras críticas», según lo narrado por Zdenek Mlynar en su libro Le froid vient de Moscou (Gallimard, 1981).

Yepe no ha querido notar que lo que regresó de Dubcek fue un cadáver político (cuenta Milan Kundera en su Diálogo sobre el arte de la novela que antes de transmitir su alocución al pueblo checoeslovaco, los técnicos de la radio tuvieron que cortar «las penosas pausas de su discurso»), los escombros de un marxista honesto, harto de la esclerosis y de ser tutelado y tuteado desde Moscú, un hombre que terminó de guardia forestal en las cercanías de Bratislava —un guardabosques silenciado—, antes de su tardía rehabilitación en 1989.

Manuel E. Yepe ha dejado a un lado que, con la normalización, retornó la obtención de cargos políticos por designación, a dedo, no mediante sufragio, como proponían los reformistas; que la restauración a la soviética deshizo el propósito de respetar las minorías nacionales, que los judíos, como en la misma metrópolis, volvieron a ser mirados con desgano, lejos de las vitrinas de la sociedad restaurada; olvida Yepe que el éxodo de descontentos se disparó estrepitosamente, que la descentralización de la economía nunca se hizo realidad, que la libre asociación quedó ipso facto anulada, que la religión nunca más fue vista como un derecho ciudadano.

Manuel E. Yepe nunca anota que, en 1969, apenas un año después, medio millón de militantes comunistas había sido expulsado de las filas del Partido. ¿Acaso medio millón de sectarios? ¿Una microfacción, a gran escala, de traidores reproducidos como gremlins? ¿Los gremlins contra el Kremlin? También ha obviado que dos años después de la invasión Moscú dictó línea a línea un texto impreso por millones y titulado Lección que trazaba el abecé del buen cordero sovietófilo.

Si bien el investigador aventura la teoría de que la invasión fue un error que hasta llegó a poner en peligro la integridad de la Revolución cubana, justifica en cambio el aplauso de Fidel Castro a ese mismo error. Y, por último, no intenta siquiera sopesar con un medidor certero la resonancia, no de la injerencia soviética, sino de la aprobación cubana: la decepción de progresistas tan variados como Jaroslav Seifert, Christopher Hitchens (a la sazón brigadista en Cuba de cara al campo), Roque Dalton, Noé Jitrik, Régis Debray, Tariq Alí, Teodoro Petkoff, Roger Garaudy, Kiva Maidanik…

Uno de estos, el español Manuel Sacristán, luchador antifranquista, marxista incómodo, crítico de las deformaciones del estalinismo, pero teórico convencido de los valores del comunismo, enunció, en carta enviada en julio de 1969 a José Mª Mohedano, secretario de redacción de Cuadernos para el diálogo, uno de los análisis más lúcidos que desde la izquierda se le hayan realizado a la posición cubana:

«El gran error de Fidel Castro consistió, en mi opinión, en no darse cuenta de que para decir verdades de a puño cogía, precisamente, la ocasión en la cual acaso se iba a abrir un portillo para que empezara de nuevo una dialéctica política interna al socialismo. Y ello le obligó a cometer el pecado de diplomacia consistente en callar que la RSCH era el país socialista menos degenerado políticamente de toda Centroeuropa».

Que los cuestionamientos más agudos provengan de la izquierda —es obvio, la zona del dolor— es un marcador de algo, y esto hace que la herida sea menos cicatrizable. Yepe no miente cuando asegura que el gesto cubano propició «un giro positivo en las relaciones cubano-soviéticas», eso lo sabemos. Antes había anotado que, con el desenlace de la Crisis de los misiles en 1962, la relación se había afectado «al menos en el plano de la confianza», por lo que, deducimos ahora, esta quedaba restituida con el apoyo cubano en 1968, aun siendo un aplauso al error. Lo que ocurriera veinte años después, con Gorbachov, continúa siendo la carta de emergencia de quienes, todavía hoy, justifican aquel error y su consiguiente aplauso; una baraja dudosa, que no es trébol ni corazón, pues no deja de estar marcada por un paralelo arbitrario y por la resaca de una hipótesis.

En una entrevista publicada en la revista Vuelta, en febrero de 1994, el filósofo marxista checo Karel Kosik afirmaba que la Primavera de Praga representaba una tercera vía entre el estalinismo de los soviets y la economía de mercado capitalista, de ahí su vigencia —creemos entender—, la necesidad de dos, tres intentos de primavera. Sin embargo, en el fondo se trata de una plataforma política basada en algo que nunca llegó a ocurrir, o al menos a cuajar, en una floración malograda. De ahí que diez años después de la invasión Manuel Sacristán insistiera en que había que dejarla crecer, como no lo cree Yepe, incluso luego de asumir todos los riesgos posibles: las larvas, los incendios, las inundaciones…

«Existía sin duda el riesgo de ofensiva burguesa, con sus cabezas de puente en el seno de los mismos órganos dirigentes del Estado y del partido —advierte el exembajador—. Pero no disimular esa posibilidad, sino resistir a ella y vencerla, era la condición obligada para pasar del autoritarismo burocrático a un régimen de transición socialista».

Sergio Pitol, embajador mexicano en Checoslovaquia entre 1983 y 1988, da cuenta en su libro El Viaje del ambiente que se respiraba en Praga incluso tantos años después:

«El odio hacia los rusos era intenso, monolítico, visceral; y no se permitía ninguna fisura, ni el menor matiz. Se extendía, aunque con menos intensidad, a los otros países socialistas por haber colaborado en la ocupación militar que truncó de tajo el experimento conocido como el “socialismo con rostro humano” en Praga en 1968. Cuando llegué a ocupar mi puesto en la embajada se habían cumplido ya quince años de esa infamia, pero el recuerdo de los tanques en la calle, los días de humillación e impotencia, el argumento absurdo de que los checos y eslovacos pidieron esa ayuda para acabar con los enemigos del socialismo reconcentraba la cólera de la población en vez de amainarla».

¿Y si la operación soviética no provocó sino la eclosión de un mito? Que los tanques hermanos hayan impedido el florecimiento de algo, la maduración de un proyecto político excitante, ha servido para divinizarlo, pues estamos ante la castración de un lindo becerro que nunca generó descendencia. ¿Qué hubiera sido de Rimbaud si no hubiera abandonado la poesía a los 19 años para dedicarse, entre otras cosas, al tráfico de armas en los desiertos de Abisinia? Nunca lo sabremos. De ahí que ambos, Praga y Rimbaud, padecieran del síndrome de la prematurez.

Para buena parte de la izquierda, Praga es una hipótesis. O al menos lo sigue siendo su Primavera —para los que sueñan con ella y se golpean el pecho, y para los que continúan justificando la irrupción del «camarada que combate en el lado malo»—, una primavera hipotética, con todos esos términos botánicos que la acompañan desde entonces: germinación, brote… La ciudad no, la ciudad-Praga está ahí, con su río, sus puentes y esas calles sinuosas donde suelen extraviarse los turistas domeñados.

Publicado originalmente en el blog Penúltimos días, el 6 de enero de 2009 e incluido en el libro Notas al Total (Bokeh, 2015). 

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