Praga, La Habana: número redondo

koudelka

La invasión soviética a Checoslovaquia, en 1968. Foto de Josef Koudelka.

La grisura definitiva

Desde la ventana de mi habitación en el hotel Pushkin (calle Husova, n.14) podía presenciar el desfile de los turistas que recorrían en masa las calles adoquinadas de la vieja Praga, una ciudad que, si no aguzamos mejor la mirada, se reduce a estas alturas a reproducciones art nouveau de Alphons Mucha, piezas bastantemente kitsch de cristal de Bohemia, la mirada importuna del icono de Franz Kafka y sus efectos colaterales: museos, cementerio, barrio judío, y el obligado paseo por sobre el puente Carlos que adereza el río Moldava; avanzada la tarde, la amalgama de sonidos sublimes en una de las ciudades europeas donde más se comercia con la música clásica; y ya en la noche, desiertas sus calles, la sensación de hallarse uno en el sitio de la perversa discreción (lejos de los flagrantes escaparates de Ámsterdam, de la desfachatez del Raval barcelonés o de la rue Saint-Denis, próxima a Les Halles), la ciudad donde más presente, subrepticio e intenso me ha parecido el comercio de la carne.

Era verano y percibía en mí una excitación inusual. Había desembarcado en Praga cuarenta años después de que, en cumplimiento de la Doctrina Brezhnev, irrumpieran allí, primero los paracaidistas, luego los tanques del ejército soviético, a la cabeza de un contingente de países signatarios del Pacto de Varsovia, exactamente la madrugada del 21 de agosto de 1968.

Con el afán de quien conmemora la redondez de un número, había previamente comprado Invasion Prague 68, un pesado álbum con más de doscientas fotos realizadas por Josef Koudelka, que va desde los ladrillos lanzados contra los carros de combate, los primeros cadáveres, hasta el frío en la médula que viene con el peso del poder impuesto, la eufemística normalización, luego la falsa calma de una ciudad dominada por un amigo hasta entonces gentil, ahora molesto, él mismo desconcertado, en su casi mayoría, con sus rudos soldaditos preguntándose qué hacían en realidad en aquella ciudad hermosa, hambrientos de sexo, como los toma en foto Teresa en una novela de Milan Kundera. Apenas un par de meses atrás, uno de los graffitis en los muros de París decía: “No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre supone el riesgo de morir de aburrimiento”. El hermano mayor un tanto incómodo (La Santa Rusia, titularía Jan Saudek un memorable díptico suyo), llegaba ahora para imponer la grisura definitiva.

Para leer el texto completo haz click en el pdf debajo:

Praga, La Habana, número redondo-gerardofernandezfe

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