Foto en silencio

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Para Zoe Plasencia.

La brevísima posteridad ha querido llamarla “la Mary Poppins de la fotografía”, pero hasta hace muy poco Vivian Maier era simplemente eso: una anciana solitaria que había dedicado cuarenta visibles años de su vida a cuidar niños. De nada serviría imaginarla a estas alturas con un maletín y un paraguas, como la mismísima nanny inglesa de poderes mágicos, fiel a esa idea sempiterna de personaje de novela victoriana.

Esta señora llegó a convivir, al menos unos años, con el siglo de Facebook y de Google, pero para entonces ya era una anciana retirada que malvivía en un escueto piso gracias al empeño de algunos de esos “niños” de los que se había ocupado décadas atrás. La promiscuidad y la lucha de egos de la era digital nunca entraron en su canon ni en su filosofía. Pasó junto a ellos sin dejar una traza visible, sin algarabía, sin aspavientos, torciendo el cuello para que no se le identificara.

Por eso la artista de la foto Vivian Maier nunca existió. ¿Qué había ocurrido, pues, en paralelo a su vida de cuidadora de infantes? ¿Por qué su única exigencia a los padres que la contrataban había sido una habitación con cerradura donde descansar y guardar sus pertenencias? ¿Por qué a “sus niños” les estaba prohibida la entrada a su único espacio de intimidad, a su historia misma?

Muy poco se ha sabido de esta gobernanta misteriosa, propia de una novela de Henry James, al no ser lo que se intuye al otro lado de la sombra y de la luz, a través de esos cien mil negativos de su secreta producción fotográfica que ahora empiezan a ser paulatinamente revelados.

Vivian Maier había nacido en Nueva York a inicios de febrero de 1926, hija de un padre austríaco y una madre francesa. No mucho más se sabe de ella: solo que se movió en sus primeros años entre varias ciudades de Francia y la gran urbe de Norteamérica. No se le conoce, para colmo, ningún contacto, vínculo profesional o de amistad con Dorothea Lange, Imogen Cunningham o Diane Arbus, sus contemporáneas, grandes todas del retrato, de esa escena que el resto de los mortales no solemos advertir, conocidas y publicitadas fotógrafas de raza.

Cuando en 2007, el joven investigador John Maloof acudió a una subasta de objetos sin importancia con los que pretendía abundar en el ambiente y en la historia –con letra minúscula, la de barrios y establecimientos— de una parte de su Chicago natal, desconocía que un golpe de suerte y su curiosa avidez destaparían una borboteante caja de Pandora.

Al adquirir por menos de cuatrocientos dólares un lote de papeles, negativos e incluso rollos fotográficos que nunca habían pasado por el proceso de revelado, Maloof iniciaba sin quererlo un movimiento de vindicación de una obra que a todas luces parecía condenada a la hoguera y al definitivo olvido. El destino comenzaba a colocar en su lugar una prolífica producción de clichés de la vida de todos los días, emprendida en silencio y en secreto por la solitaria Vivian Maier.

¿Qué extraño mecanismo de la personalidad pudo haberse producido para que esta mujer tejiera sus historias visuales únicamente para sí misma, acaso sin un ápice de prurito por la difusión? ¿Cuánto acudimiento a la sobriedad o a la contrición o simplemente al descreimiento por el reconocimiento y el oropel impidieron que agarrara en su momento diez o veinte de sus tomas y las presentara en alguna revista dedicada a la fotografía?

¿Por qué no habernos topado con un libro de J. D. Salinger –otro discreto contemporáneo– en el que pudieran aparecer intercaladas y en continua consonancia con su tema muchas de las fotos tomadas por Vivian Mayer? ¿Cuántas preguntas, pues, ahora que ya no está y que el misterio empieza a ser revelado?

Pensar que esta señora evolucionó, aunque en secreto, a la par de las obras de Robert Frank, Ken Josephson, Richard Avedon o Andy Warhol…, y que para nada se le puede tildar de “fotógrafa menor”, ya es un marcador del imponente descubrimiento del que somos testigos.

“Maier representa la quintaesencia de una figura de la ficción victoriana, la nanny, la gobernanta, es decir una outsider, pero con un acceso privilegiado a una vida doméstica en la que se le permite desarrollar un solo don: la capacidad de observación”, ha declarado Geoff Dyer, novelista inglés apasionado por la fotografía.

Recluida en una esquina de la casa, dedicada a ver nacer chiquillos de todos los talantes y luego a mimarlos mientras sus padres se ocupaban de asuntos supuestamente medulares, con el presunto oído tapiado para no acusar recibo de ninguno de los tantos dislates de la familia norteamericana funcional o disfuncional, la señorita Vivian devino observadora pertinaz y agudísima, en época de Raymond Carver y de John Cheever, aunque lo suyo no sería el lápiz, la libreta de notas, la hoja en blanco y el vaso bajo cargado de Scotch, sino una Rolleiflex que nunca se desprendía de su cuello –traîner avec… sería la forma verbal particular en su lengua francesa original– y con la que dio cuenta de los recodos en teoría más nimios de la existencia humana.

Si, al decir de John Berger, “todas las fotografías son posibles contribuciones a la historia”, la obra en pleno de Vivian Maier valdría, no solo para el relato de una nación específica, sino sobre todo para el escaneo de la existencia humana en sí. Recorremos hoy una parte de este corpus fotográfico marcado por una sobriedad y una capacidad reflexiva inauditas, y al acto nos viene a la mente la concisión visual del húngaro André Kertész o el constante movimiento dentro de la foto de Lartigue o de Cartier-Bresson.

Escenas urbanas, una playa abierta, una persona que flota, seres que la pasan bien…; hombres de traje que miman las páginas de su periódico, ancianas con mandiles o con una piel de marta al cuello; unas piernas rollizas de mujer madura de clase media, el rostro cejijunto de la vejez, su gravedad, su mirada como de despedida; e incluso ella, la señorita Vivian ante un espejo, con prestancia, sabedora, serena; y cuando no es ella será entonces su propia sombra, alargada como la de un ser de otro mundo…

En esta época de fotos de niños con la carita pixelada pues los padres que somos le tenemos miedo a la cabeza perversa del vecino y al malvado photoshop, la foto de tema infantil de Vivian Maier hubiera sido definitivamente imposible de concebir. Niños de todas las realezas, en posturas que difuminan todo debate entre la pose y la espontaneidad; niños que resbalan en la nieve, otro con el ceño fruncido, el de más allá con las mejillas quemadas por la suciedad y el frío…; y en la vista siguiente, nuevamente niños que se divierten en una piscina pública.

¿En qué recodo de la memoria de estos seres que muy probablemente todavía vivan ha quedado aquel momento en el que una extraña mujer de poca sonrisa, asidua a los sombreros y de mirada penetrante, se aproximó con una extraña caja a la altura del vientre, se quedó quieta y pasó a inmortalizar un trozo de nuestra tan común vida?

Nadie lo sabe, nadie lo recuerda. Vivian Maier fue un fantasma para muchos, una especie de Jekyll & Hyde que alternaba entre la mirada aguda, el regusto por las esquinas menos concurridas de nuestra existencia y la afanosa labor de preparar sopas, cambiar pantalones orinados y llevarnos a ver la primera nieve del año mientras nuestros padres garantizaban el futuro.

¿Y el futuro de esta fotógrafa fantasmal que en ocasiones ni siquiera podía llevar al revelado sus carretes pues su economía menguada se lo impedía? ¿Y su testimonio de cuatro décadas empeñada en el relato y el retrato de nuestra existencia?

El descubrimiento del joven investigador John Maloof, el consejo del crítico e historiador de fotografía Allan Sekula y el asesoramiento del célebre galerista y coleccionista Howard Greenberg asentaron la primera piedra para la reedificación del legado de Maier. Recortes de periódico, cartas, cintas en 8mm y nuevas bobinas de fotos han sido también recuperados del trastero de la última familia para la que esta artista del ojo y de la cámara trabajó como oscura Mary Poppins.

“Cuando intenté buscarla ya era demasiado tarde –se lamenta Mallof ante el repentino acecho de la prensa–, al principio y durante bastante tiempo solo supe su nombre”.

En tan solo tres años, galerías de Oslo, Chicago, Hamburgo, Londres, Los Ángeles, Nueva York, Atlanta, Brescia, Amberes, Tours y Gotemburgo han dado cabida a su legado fotográfico. Finding Vivian Maier se titula el reciente documental que John Maloof y Charlie Siskel han dedicado a relatar los pormenores de su descubrimiento.

Vivian Maier moriría el 21 de abril de 2009, sola, en un apartamento que varios de “sus niños” de antaño habían decidido alquilar para ella. Tenía 83 años.

En una de las cintas que fueron encontradas junto a miles de negativos y decenas de carretes puede escucharse su propia voz: “Tenemos que dejar sitio a los demás. Esto es una rueda, te subes y llegas al final, alguien más tiene tu misma oportunidad y ocupa tu lugar, hasta el final, una vez más, siempre igual. Nada nuevo bajo el sol”.

Publicado en la revista Mundo Diners, Quito, Ecuador, enero de 2014.

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1 comentario

Archivado bajo Artículos y Ensayos

Una respuesta a “Foto en silencio

  1. maravilloso Gerardo como todo lo que escribes…tan bien hecho como tan descriptivo, un placer leerte…
    R.U.

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