Sin sufrimiento no hay poesía. Una conversación con Roberto Friol

Alción al fuego

“Lo propio de un alma cristiana es imaginarse batallas dentro de sí misma”, escribió André Gide en su Diario hacia 1893. Todavía no se imaginaba cuánto de fricción y de combate, fundamentalmente interior, le esperaba.

Con esa sensación de conflicto, terminé de leer en su momento los tres o cuatro libros de poesía publicados por Roberto Friol, y con la idea de hallarme ante una admirada rara avis me acerqué a él. Sostuvimos una extensa conversación el 21 de enero de 1998, curiosamente el mismo día de la llegada a La Habana del Papa Juan Pablo II.

El poeta quiso anteponer a mis preguntas la lectura de su tanta papelería poética, hojas ajadas que iba extrayendo de carpetas también ajadas, como para dar cuenta de sus libros incompletos, de los poemas que nunca vieron la luz, del dolor que los motivara. De ahí que al final el resultado haya sido un monólogo plagado de desvíos y de intermitencias que doce años después he intentado domeñar con el único afán de revelar la complejidad de una existencia singular y con ella seguir explicándonos los entresijos de la poesía de Friol, su paso por qué no notable por la poesía cubana.

Casi un año después de nuestro encuentro en su raído apartamento de Centro Habana, seleccioné para La Gaceta de Cuba algunos de sus poemas hasta entonces inéditos, que hice acompañar por un artículo sobre lo que yo consideraba el elemento pagano, el desánimo, la acrimonia de una poética que de cuajo se descolgaba tanto de la poesía laudatoria cristiana como de la épica revolucionaria que muchos de sus contemporáneos cultivaron en su momento.

Lo demás es historia. Del desencuentro, de la mala lectura y de un nuevo resquemor por parte de un Roberto Friol lamentablemente herido, por respeto, ahora no merece la pena hablar. Para inicios de 1999 yo sólo tenía dos opciones: enfrascarme en un debate que terminaría por volver a enconar los ánimos del poeta anciano o intentar pasar la página, mantener mi admiración de simple lector, esperar a que pasara el tiempo, conservar las cintas de aquella conversación que diera pie a mi artículo, para hacerlas públicas, nuevamente con sobrado respeto, como un último homenaje, el más honesto, el que no puede permitirse edulcoraciones ni malas intenciones.

La Habana, 2010

…………………

Vamos a empezar por el principio: el primer libro que se me publica es Alción al fuego, en 1968. Entonces después, durante veinte años, no se me quiso volver a publicar otro libro. Así, categóricamente. Cosa curiosa: ya en aquella época existía el Sábado del libro, y recuerdo que allí estaba la gente de la mesa, que ni siquiera me conocía, y uno de ellos decía: “Está entre nosotros Roberto Friol, que es un poeta importante”. Ahora, la importancia no era tal, pues a nadie le interesaba publicarme otro libro. Aquellos eran años muy duros, del 68 hasta el 88. Mi poesía sobrevive por obra de un maravilloso italiano, Francesco Tentori Montalvo, quien supo de mí por uno de los viajes de Cintio [Vitier] a Italia. Cintio le había dado uno de mis poemas que se llama “Noticia” y el hombre se interesó, me escribió, me pidió que le enviara Alción al fuego, libro que incluyó en una antología de poetas hispanoamericanos del novecento.

Durante años me sostuve por él, pues yo le enviaba mis cuadernos inéditos a través de la UNEAC, que por entonces prestaba ese servicio, y él hacía pequeñas selecciones de cada libro que le enviaba, las traducía y él mismo se ocupaba de que fueran publicadas en diferentes revistas italianas. Durante años ese ha sido el sostén de mi poesía. Y desde luego, yo le estoy muy agradecido. De ahí que 1988 tenía que ser un escandalazo que yo estuviera publicando en Italia y que me consideraran allá y aquí no, y entonces aquí transigieron y me publicaron Turbión, que obtuvo el Premio de la crítica.

Después vino Tres, un libro que se demoró muchísimo y que me llevó a afirmar que después de muerto yo no quería que se publicara ni una línea en este país. Recuerdo que Eduardo López Morales, que estaba en el extranjero, llegó y con otra persona acordaron suprimir noventa y tres poemas pues consideraban que el libro necesitaba un filtro más.

A mí lo único que me interesaba era acabar de publicar aquel libro y nunca llegué a imaginar que lo iban a estar peloteando durante años. Cuando llega la crisis del papel y de las imprentas el único libro que se encontraba en segundas pruebas era el mío, y resulta que fue sacado para priorizar otros que no estaba ni mecanografiados. Fue entonces que llegó la época de las plaquettes. “Roberto, selecciona unos poemas para publicarte una plaquette.” Ahí escogí dieciséis poemas y con ellos quedó armado Gorgoneion, que quiere decir la cabeza sin el cuerpo, pues se trataba de poemas que procedían del libro Tres.

Ese mismo año se me publicó la plaquette sobre Kid Chocolate, y ambos fueron finalistas del Premio de la Crítica. Al final ganó Gorgoneion, cosa que me alegra, pues en ellos estaba lo que yo quería probar, que se trataba de poemas válidos que ellos habían eliminado años atrás, pero que tenían calidad como para formar parte de un libro.

A estas alturas todavía no habían publicado Tres pues los plomos se habían perdido, y yo los localicé en la antigua Ucar. Pero en la misma UNEAC habían sacado Tres del plan de edición.  Pero bueno…, el caso es que Tres tenía su papel para ser impreso y en la unidad de Compostela la señora Ayón me dijo que mi papel había sido utilizado para otro libro. En fin, Tres fue un libro que pasó mucho trabajo para ser publicado. Por ello, a la hora de entregar Tramontana a pedido de Waldo [Leyva], acepté, pero advertí que no quería que se produjera el mismo trasiego que sufrió mi libro anterior.

(…)

En mis lecturas del siglo veinte cubano leí con mucho cuidado a los poetas de Orígenes, a [José Zacarías] Tallet, a [Nicolás] Guillén, a Regino Pedroso, un poeta que admiré mucho, una persona muy atildada; también a [Mariano] Brull, a [Eugenio] Florit. Cuando se publica la antología de los poetas de Orígenes yo no había conocido aún a Cintio, pero tampoco había publicado nada y para esa época yo era un poeta muy malo.

Lo que he escrito puede tener cierto valor a partir de 1957. Luego trabé amistad con Cintio, con Fina [García Marruz], con Eliseo [Diego], con Octavio [Smith], que es un poeta que se olvida mucho, con el mismo Lezama [Lima], todo un gran señor, a quien yo admiraba mucho y a quien al principio le tenía hasta miedo, pues era una figura imponente, pero que fue muy generoso conmigo, sobre todo a raíz de mi accidente. Pero para la fecha de aquella antología yo no tenía obra para ser incluido.

En cuanto a la antología de la Generación del Cincuenta se trata de la animadversión de uno de sus antologadores, Luis Suardíaz, que ha sido uno de mis grandes enemigos, quien afirmó que yo no merecía ser incluido pues era un poeta muy malo.

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La animadversión, la difamación, la calumnia…, quienes han escrito sobre mí se han expuesto a ello. Han sido vistos como lelos que se han dejado embaucar, mientras los sabios han salido huyendo. Cuando apareció Alción al fuego alguien le preguntó a otro por qué leía esa bobería. Siempre he sufrido cuando he sabido cosas desagradables de las personas. Primeramente, yo nunca pregunto. Ahora mismo, que soy más viejo, todavía me turba lo desagradable. Ese regodeo muy usual entre los escritores cubanos, la puya, todo lo demás, siempre me ha afectado. Por eso he mantenido una amistad con Cintio y con Fina, porque son muy buenas personas, y yo necesito que el escritor sea primeramente persona. Si el escritor no es persona, puede ser muy grande, pero no tiene mi aprecio. Me dirás que en el Siglo de Oro hubo un Lope [de Vega], pero es que Lope era enorme. Sé que esto es propio de los medios literarios, pero antes de ser escritor yo quiero ser persona. Siempre he considerado una cobardía esperar a que la persona se muera para decir cosas que no fueron dichas en vida. El muerto no se puede defender. Antes existía lo que se llamaba “derecho de persona”, algo que me toca pues he estado muy metido en el siglo XIX, el derecho al respeto a la persona, que se ha perdido pero que yo conservo.

(…)

Tendría yo que saber todo lo que significa la noche para mí. Siempre recuerdo unos versos de Juan Ramón Jiménez que dicen: “porque sin noche nada empieza”. Eso explica muchas cosas. La noche como preludio de todo. Y luego esa noche que no se va a quedar con lo secreto, no se va a quedar ahí, se va a abrir a una iluminación. Detrás de esa noche hay un alba. Alguna relación tiene esta noche con la noche de Martí. No sé cual es, no la sé.

No se puede leer a Martí impunemente. A Martí lo leí mucho de joven, después menos. Pero Martí es una de mis lecturas cubanas, Martí y [Juan Clemente] Zenea, las elegías de [Luisa Pérez de] Zambrana… Las poetisas cubanas han sido muy fuertes: La [Gertrudis Gómez de] Avellaneda, la Zambrana, y en el siglo XX hay otras bien fuertes, Fina, Cleva [Solís], Serafina Núñez, Carilda [Oliver Labra], Dulce María [Loynaz]…, que pasó por tanto y que nunca se derrumbó como ciertos hombres.

A Rolando Escardó lo vi dos veces, me lo presentó Cintio en las conferencias de Lo cubano en la poesía y me cayó muy bien. Nunca más lo vi. La fuerza y la veracidad de la poesía de Escardó me llegó mucho, de ahí el “Retrato” que escribí para él. He dicho que la hazaña de Escardó es haberle dado un vuelo a la poesía cubana con su poema a la familia. Con un solo poema lo logra. Cuando un crítico extranjero haga la valoración de los diez mejores poetas cubanos del siglo veinte y de los diez más importantes, lo que no tiene por qué coincidir, Escardó tendrá que estar entre los más importantes, sólo por la hazaña de que con un solo poema le dio un vuelco a la poesía cubana.

(…)

Cuando me anunciaste tu visita recordé un artículo que apareció hace muchos años en la Revista de Occidente, donde una persona relataba los últimos años de la vida de Rilke, y decía algo así: “yo no sé cómo puede vivir así”. Y ahora, ante esta casa, tú dirás: “cómo Friol puede vivir de este modo”. Pero bueno, hay que estar preparado para todo en la vida.

(…)

En La Odisea yo siento cosas profundas como si se tratara de la revelación del Cristianismo, yo siento que ambos están entroncados, que La Odisea y La Ilíada no van por un lado y la cristiandad por otro. Toda poesía profunda entronca con otra. El poeta piensa que dice cosas, pero siempre hay otras que también ha dicho y que están más allá de su voluntad. El poeta como medio.

Me ha ocurrido, por ejemplo, que al recibir y releer aquellos poemas que me publicaron en Italia y que yo ya había olvidado, me he dicho: “bueno, ¿y cómo yo sé esto?, ¿cómo me atreví a escribir esto?” En mí lo veo claro, lo oscuro lo veo claro, yo sé que están hablando más personas por la voz de uno. Esto de Yo y el Otro y los Muchos fue algo que llegó con los años.

Y en fin, a mí, que no soy teórico ni grande ni chiquito, cuando se me pregunta qué pienso de la poesía siempre respondo que en primer lugar yo no sé qué es la poesía, y en segundo lugar, como sí puedo aventurar pasos, cosas…, al ser acorralado respondería que la poesía es un misterio, un misterio que tiene que ver con los ojos y el corazón de la vida, con los oídos y la mente de la vida, y sobre todo con la voz. Pienso además que la poesía es una manera de penetrar en profundidad en todo, y a su vez ese todo está sustentado por la poesía misma.

Pero insisto en que de la poesía hay muchas cosas que no sé, que ignoro. Y me alegra que esto sea algo que el poeta nunca sabrá, pues le tengo pánico a los poetas de una lucidez cien por cien. Nunca he podido hacer un poema como ellos. Siempre he dicho que mis poemas son aire. Si me pongo a mover ese aire, se me irá y me quedaré sin nada. Ahora bien, hay poetas muy bien dotados, que tienen lo anterior y también tienen al orfebre, como lo fue Eliseo Diego, que poseía eso que me gusta llamar el soplo, y después tenía un material muy resistente que se le daba, un material que Eliseo devastaba hasta que el poema quedaba limpio.

Eliseo era un orfebre de primera línea. Y ese no es mi caso. Lo mío es el poema soplo, que se me da o que no se me da. Es decir, aire. Nunca he podido ponerme a darle taller a un poema porque al final me quedo sin nada. Mis poemas son aire, y el aire…, imagina, tendrías que encerrarlo y luego tener materiales, herramientas que yo no tengo.

(…)

Desconfío mucho de los escritores que no tienen formación con los clásicos. No hay uno solo de los grandes escritores de América que no tenga relación con los clásicos del Siglo de Oro. Como la variedad es tal, siempre habrá un clásico que sea afín contigo y tú afín con él. Ninguno de ellos ha envejecido. Góngora, Quevedo, Gracián, Cervantes…, es mucho. En los resortes –parece que no pero se transparenta–, uno se da cuenta de las lecturas clásicas de los poetas actuales: Neruda y Quevedo, Lezama y Góngora, Orígenes y Cervantes.

Yo, por otra parte, me formé también con la literatura inglesa. Los bolsilibros eran muy baratos: La montaña de los siete círculos, de Thomas Merton, el Orlando de Virginia Woolf, las antologías de T. S.  Eliot…, gracias a eso pude comprar mucho libro. Yo quiero mucho al idioma inglés y lo tengo en el oído. Te voy a revelar un secreto: cuando tengo muchas tensiones, tengo que hablar en inglés, aunque sea solo, y repito estrofas. El inglés siempre me ha defendido, es una especie de muralla de sanidad que tengo dentro. Cuando me tratan de humillar, y como no me voy a poner de tú a tú con la gente chusma, entonces le respondo en inglés.

(…)

Siempre he dicho que no soy bueno diciendo mis poemas y es cierto. Pero hay algo de lo que soy conciente: el poeta Roberto Friol tiene más registros en sus voces que el hombre Roberto Friol. Siempre hay una desubicación del poeta que está sobre el hombre. No soy un recitador, no soy un actor, algo que también me alegra. Pero ese poeta que soy siempre ha dicho cosas que están por encima de mis posibilidades, de mi registro de hombre.

Pienso que son muchas las voces que hablan por mí. Nunca hubiera podido hacer como Pessoa, que delimitaba sus voces en heterónimos. No puedo, porque para eso tendría que verme. Y yo no me veo. Puedo ver a otros, pero a mí no me puedo ver. No tengo esa facultad.

Yo he vivido muchas vidas. A pesar de estar aislado sé que he vivido más de una vida. Y siempre hay un doble, siempre hay un dos. En “Los rostros” te darás cuenta, cuando yo hablo de mi doble rostro. Hay duplicidad porque el hombre tiene cuerpo y tiene alma. En la escritura, el cuerpo conspira contra el alma, y en mi caso, en “Los rostros” hablo de la mitad izquierda y de la mitad derecha, la mitad de mi rostro que debió ser y la que no debió ser.

Yo nunca conté con que iba a tener dos caras. Y como Jano, sin la risa. Aunque eso no me ha impedido salir a la calle, hacer mi trabajo, a pesar de las burlas que he tenido que soportar. A partir de mi accidente tengo la plena conciencia de que mi cara es doble, con una izquierda fabricada por el accidente, por el destino, pues no rehúyo de esa palabra. En mí tiene que haber esa duplicidad porque yo tengo momentos de mucha desolación. Y todo lo que tengo adentro, de lecturas y de experiencia de vida tiene que salir. Ojalá hubiera tenido una línea recta a la cual aferrarme, pero no la tengo.

No me pintes como un infeliz, pues yo puedo soportar y tengo fuerzas para hacerlo. Santa Teresita decía que no había que compadecerse de las personas que pueden soportar, sino de aquellas que no tienen esas fuerzas. Tras todo lo que me ha pasado, yo debí haberme metido en un rincón a llorar mi destino, pero yo he salido a la calle, seguí mis estudios de Medicina, seguí haciendo investigaciones. Nunca me encerré a llorar mis desventuras. Lo que me interesa es la manera en como uno se puede sobreponer. Desde mi punto de vista aquel accidente nunca tenía que haber sucedido pues nunca le he hecho daño a nadie. Sé que tengo que expiar mis pecados, pero la trascendencia de aquel suceso ha sido enorme por todas las puertas que me cerró.

Mi suerte fue la poesía, un bálsamo. Sea buena o sea mala, pero ella me ha consolado mucho. No ha habido depresión en mi vida de la que no haya salido con la lectura de Rilke.

(…)

Ahora bien, sobre el tema de mi relación con Dios, se trata de una persona que ha tenido que pasar, que ha sufrido mucho. Y entonces tú llamas y desde luego Dios no siempre te va a responder porque no siempre estará pendiente de ti. La no respuesta y la duda vienen aparejadas. Como ser humano siempre usted estará lleno de dudas.

En 1963 sufrí un accidente automovilístico. Mi madre había muerto días atrás y yo iba para la Escuela de Medicina el día en que aquel auto me atropelló dejándome con deformidades en la cara, problemas en el ojo y la amargura por la manipulación de aquello, la injusticia de la nula atención a mi caso, causa 782 del 63, Juzgado de Instrucción 4to, Urrutia Secretario, con un cuño de la audiencia ordenando archivarla. Así quedó todo. El delito ha caducado y todo lo demás lo he tenido que sufrir yo.

Entonces una fe que no es probada se considera una fe infantil. Una fe que está puesta a prueba tiene que tener momentos de duda. Si hubo santos que perdieron la fe y después la recobraron, entonces yo, un ser humano, no un creyente del montón, pero sí un creyente de pueblo, cómo no voy a dudar. En este país he pasado momentos muy duros y muy amargos. Pero por encima de las apariencias yo nunca he perdido la fe, y además siempre he confesado a Cristo.

Un día una persona me dijo: “¿usted no cree que le han ocurrido muchas cosas por su manera de ser?” Yo le dije: “sí, sí, pero también me han pasado cosas por la manera de ser de los otros”. Si usted trabaja de investigador durante años en una biblioteca y nunca le suben el sueldo porque usted nunca acabó una carrera, entonces se trata de los otros. Engaños tras engaños, hasta que me jubilé.

(…)

Uno espera de la vida una cosa que luego no es. Lo cierto es que no soy un hombre realizado, ni siquiera con la poesía. A los setenta años todavía se me regatea el mérito de poeta. Alguien dijo que yo no era poeta sino crítico, otro dijo que era a la inversa, y ambos coincidieron en que nadie me hacía caso.

Hay algo que uno aprende con el tiempo: la mirada de Dios va más lejos y es más profunda que la mirada del hombre. Hay cosas que uno no sabe por qué ocurren, como el caso de mi accidente, algo que ni siquiera estaba en mi imaginación, ¿por qué iba yo a sufrir ese accidente? Y luego, mientras trabajé como investigador en la Biblioteca, tuve que esperar mucho para tener un lente para mi ojo sano… Y no es cuestión de estar de plañidero ni de quejarme por gusto, pero yo he pasado mucho. Mira esta casa que se le cae a uno arriba. ¿Hace cuántos años que se me hubiera podido prestar una ayuda decente no como escritor sino como ser humano? Un día alguien dijo: “¿No cree en Dios? Entonces que le pida la casa a Dios.”

En cuanto a la respuesta de Dios, sucede que a veces esta llega al cabo de los años. Por ejemplo, del accidente yo nunca he entendido nada. Tampoco de por qué tengo que seguir viviendo en esta casa, pues ha habido casas para otras personas. Desde Lope de Vega se sabe que la única solución contra los malos vecinos es la de mudarse.

Al final Dios siempre responde, pero a veces uno no entiende su respuesta. Yo he pedido mucho una nueva casa, pero a lo mejor la respuesta de Dios es que tengo que seguir aquí por un motivo que yo mismo no sé. Sin sufrimiento no hay poesía. Eso decía Dulce María Loynaz: “El que no sea capaz de escribir con dolor que no escriba.” El cristiano sabe que tiene que pasar mucho. Ya lo decía Cristo: “Yo os envío como corderos en medio de lobos.” Pero uno no olvida y uno no puede estar en un estado permanente de beatitud, pues cuando te hieren tienes que reaccionar. De lo contrario eres una criatura que estás muerta.

Insisto, esto puede leerse en el Nuevo Testamento: Dios hace cosas que nosotros no entendemos. Y esta es una de sus grandes verdades. En mi caso ha habido momentos de desesperación, sí, pues no le veo salida a algunas cosas. Yo quería estudiar Medicina porque creía que esa era la voluntad de Dios sobre mí. Hubo quien me dijo que esa no era carrera para mí, pero yo insistía en que esa era la voluntad de Dios y que yo me sobrepondría a los escrúpulos y a las trabas del oficio. Al final el accidente lo cortó todo. Por eso admiro a los estoicos y a algunos santos. El sufrimiento está muy ligado con el cristianismo. Cristo está en una cruz. Yo tengo que seguir en la mía, aunque a veces hay quien tiene más de una.

(…)

Es posible que yo haya sido un sacerdote sin sotana, y esto puede explicar mucho. Nunca tuve vocación de sacerdote. La devoción, sí, pero verme oficiando y realizando estudios, no. Desde los nueve hasta los once años yo fui bautista. El rompimiento llega como a los catorce, cuando dejé de visitar la iglesia bautista. Luego, durante años, dejé de asistir a ninguna iglesia, algo que consideré como una traición y que reflejé en mi poesía. La otra traición a que me he referido es al hecho de no haber podido llegar a ser médico.

Ahora bien, entre la poesía y Dios siempre lo he tenido a él primero. Y el problema de Dios en mí sí ha sido fundamental. La artillería mística me ha marcado como no te puedes imaginar.

(…)

No he dejado de ir a misa, y esta no es una misa mecánica pues nadie me la impone. Voy porque soy creyente. El momento más feliz de mi semana es cuando voy a misa.

Sin embargo, es cierto que hay momentos en que la muerte es asimilada a la nada. Lo verás en un poema titulado “Exhumación”, a partir de la exhumación de los restos de mi madre. Cuando ella muere, yo todavía podía repetir las palabras de Job: “Jehová dio, Jehová quitó. Sea el nombre de Jehová bendito.” Mi madre muere un viernes y el domingo voy a comulgar. Pero en 1980, cuando muere mi hermana, ya mi vida había cambiado, y fue entonces que pensé que quien debía haber muerto era yo. Ella tenía sus dos hijos y yo no. En realidad era yo quien merecía la muerte.

El mío no es un cristianismo manso. He tenido que defenderlo mucho. A medida que he envejecido, la muerte me ha parecido más injusta. Aquí hay algo de irracionalidad. No siempre he podido encarar la muerte del mismo modo.

Lo que más me interesa de mi poesía es que se vea que la mía es una fe que tiene que ver con la duda, con las pruebas; no es una fe como la de Santo Tomás de Aquino, quien nunca dudó. En mí sí es verdad que aparece la duda. Hay un momento muy personal y es cuando se me aparece un velo negro que me impide ver. Tengo razones para creer, pero cuando se me tapa con un velo negro aparece la duda.

(…)

Mi inadaptación a una supuesta realidad parte de una injusticia que uno siente. Una injusticia que viene con los años. De niño yo no era tímido. En pleno bachillerato me paré delante de todos a dar una conferencia sobre las Guerras Médicas. De joven yo tenía mucha alegría, y era amigo de todos en la biblioteca de la Normal, donde me sentí muy querido y muy correspondido.

Soy un poeta del hombre y del cielo. La fe y la esperanza pasarán, pero la caridad no pasará.  Esperar no es no pensar, y bajo la nevada espero. Estoy esperando, pero no he dejado de pensar. La espera es la palabra que me han asignado: esperar, esperar. Una palabra para mí. A otro le dan otra cosa, pero la que me dieron a mí es esperar. Yo tengo que esperar. Hubiera podido servir más, si hubiera sido médico hubiera servido más, y si en la Biblioteca no me hubieran maltratado, yo hubiera servido más.

(…)

Como mi poesía es aire el poema sale de golpe. Yo podría cambiar un adjetivo, suprimir un verso…, pero lo básico sale de golpe. El poema se me da o no se me da, algo que no ocurre con una novela. Y luego, ahora de viejo, aparecerse con una novela que cause risa y que todos digan “este hombre, cómo se aparece con esto ahora”…, algo que yo mismo he criticado en ciertos autores.

Los peores momentos de la novela cubana vienen de ahí, de escritores que no son novelistas pero escriben novelas, y además las publican. También están los que se dicen: “ahora van a saber quién soy yo.” Quien dice eso puede ser un periodista, puede ser un pintor, un músico, que se lanza a la novela con un único afán. Se publica mucho al azar. Los jurados de los concursos premian a los menos malos, y esto es peligroso. Así pienso yo. Yo propongo ideas. Si no se me escucha, qué le voy a hacer. Con mi país estoy tranquilo pues todo lo que pude decir por el bien de la literatura lo dije. Y si no se me hizo caso, qué remedio. Si la guerra está declarada, entonces me retiro, no participo. Mi problema con la vida es el siguiente: se acepta lo que viene.

En Centro Habana, 21 de enero de 1998

(publicado en La Gaceta de Cuba, N. 4, julio-agosto 2010)

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