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Roberto Friol o la torpeza de Frater Taciturnus

Friol

Una de las curiosas teorías de Søren Kierkegaard en su libro Concepto de la angustia sugiere que el paganismo, relacionado a partir de la cristiandad con el pecado, con la pérdida, con un desvío…, tiene precisamente su fuente en la angustia.

Seguir a Kierkegaard significaría entonces dejar a un lado entonces la dicotomía histórica que deslinda el mundo helénico, el Imperio Romano, y todo lo que de ellos se desprende, del posterior renacer el mundo judeocristiano. Seguir a Kierkegaard equivaldría a no concederle más a la palabra pagano, primero su identidad con lo bárbaro, luego su sentido de diferencia, de herejía o de estado de déficit con respecto a un ideal determinado. El hombre pagano no sería ya quien se desvía de un canon, sino el hombre angustiado. D. H. Lawrence, sin embargo, asimila el dolor que genera en el hombre su propia soledad a un fenómeno esencialmente moderno, a la pérdida del cosmos pagano.

El caso es que Kierkegaard encadena esa angustia a un concepto de vacío, de nada; y esa nada, a la conciencia de un destino. El filósofo concluye: “En el destino tiene, pues, la angustia del pagano, su objeto, su nada”.

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Sin sufrimiento no hay poesía. Una conversación con Roberto Friol

Alción al fuego

“Lo propio de un alma cristiana es imaginarse batallas dentro de sí misma”, escribió André Gide en su Diario hacia 1893. Todavía no se imaginaba cuánto de fricción y de combate, fundamentalmente interior, le esperaba.

Con esa sensación de conflicto, terminé de leer en su momento los tres o cuatro libros de poesía publicados por Roberto Friol, y con la idea de hallarme ante una admirada rara avis me acerqué a él. Sostuvimos una extensa conversación el 21 de enero de 1998, curiosamente el mismo día de la llegada a La Habana del Papa Juan Pablo II.

El poeta quiso anteponer a mis preguntas la lectura de su tanta papelería poética, hojas ajadas que iba extrayendo de carpetas también ajadas, como para dar cuenta de sus libros incompletos, de los poemas que nunca vieron la luz, del dolor que los motivara. De ahí que al final el resultado haya sido un monólogo plagado de desvíos y de intermitencias que doce años después he intentado domeñar con el único afán de revelar la complejidad de una existencia singular y con ella seguir explicándonos los entresijos de la poesía de Friol, su paso por qué no notable por la poesía cubana.

Casi un año después de nuestro encuentro en su raído apartamento de Centro Habana, seleccioné para La Gaceta de Cuba algunos de sus poemas hasta entonces inéditos, que hice acompañar por un artículo sobre lo que yo consideraba el elemento pagano, el desánimo, la acrimonia de una poética que de cuajo se descolgaba tanto de la poesía laudatoria cristiana como de la épica revolucionaria que muchos de sus contemporáneos cultivaron en su momento. Sigue leyendo

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