Un inédito de Juan Carlos Flores

Siempre he vinculado a Juan Carlos Flores con la actitud y con algunos de los temas más disparados de Tom Waits: God’s Away On Business, Hell Broke Luce, Rain Dogs o Heart Attack and Vine… Será, entre tantas cosas, porque detrás del histrión se suele observar a un ser que padece, que intenta tamizar con la carcajada un ontos que hace aguas, definitivamente fracturado. Así pues, he regresado tras un buen tiempo a su poesía.

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Partiendo por la derecha: Juan Carlos Flores, Almelio Calderón, Ismael González, Gerardo Fernández Fe y Carlos Aguilera. Octubre de 1994. Foto: GFF.

Leer a un amigo, ya lo sabemos, pasa sin remedio por la visión de las fotos mentales (y de las físicas, si felizmente existen) que sobre él conservamos. En este acto de memoria, arqueológico en su estado puro, me vienen a la mente nuestros encuentros, hace ya más de veinte años, algunos de ellos en casa de Almelio Calderón, en San Miguel 522, Centro Habana, con Pedro Marqués de Armas, Ismael González Castañer, Jorgito Aguiar, Francisco Morán, Elvirita Rodríguez, Carlos Aguilera, Kimani… O con los mismos personajes, pero en los salones de lectura de la Biblioteca Nacional, acompañados por el fantasma trastabillante, abrazado a un bulto de papeles sin orden, de Walterio Carbonell. Todo esto ocurrió para mí entre 1989 y 1995.

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De izquierda a derecha, entre otros amigos, Jorge Aguiar, Pedro Marqués, Gerardo Fernández Fe, Juan Carlos Flores, Carmen Paula Bermúdez, Ismael González, Almelio Calderón, Omar Pascual y Jessica Aguiar. Despedida de Almelio, noviembre de 1994. Foto: GFF

Recuerdo los dos tomos de la poesía Hölderlin que nunca recuperé y que deben ahora mismo ser lectura de desconocidos; el cuarto de Juan Carlos en Alamar, regado de libros, por debajo de lo austero; el relato de su familia: un hermano parricida, entonces en prisión, una madre diminuta, reseca, como un personaje de Rulfo… Todo eso fue, insisto, hace más de veinte años. Luego cada cual tomó su rumbo: exilios, insilios, justificadas neurosis.

Fue Juan Carlos quien nombró Luna (y Ella) a mi novia de entonces, que luego sería mi mujer y que ahora ya no es nada. Él la escrutaba con sus ojos de un color inquisitivo, “Luna, ven, vamos a conversar”, le decía; se le aproximaba con su risa sardónica, intempestiva; ella temía, no le agradaba para nada el más delirante de mis amigos.

En 1994 apareció Los pájaros escritos, el primero de sus libros, Premio David cuatro años atrás. De su puño y letra, leo ahora sus palabras: “Para Gerardo y también para Ella, una Ella arquetípica, chica de proporciones áureas, en quien tanto gusto de reposarme en la mirada. Un amigo algo loco, Juan Carlos.”

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De derecha a izquierda: Juan Carlos Flores, Almelio Calderón, Jorge Aguiar y Jessica Aguiar. Noviembre de 1994. Foto: GFF

Muy probablemente de aquel mismo 1994 data la escena en la que me obsequió, sin anuncio, sin explicación alguna, dos folios de papel muy barato, numerados y escritos con su letra alta e irregular, por ambas caras. “Toma, te lo regalo”, creo que me dijo, o algo así. Estábamos en su apartamento en Alamar. Solo recuerdo eso. Al llegar a casa, como para dejar en claro de dónde provenía aquel manuscrito, puse el nombre de mi amigo al pie del último punto, y lo guardé en una carpeta. Hasta hoy.

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También muy probablemente se trate del mismo texto que Juan Carlos escribiera en 1991 para un homenaje que se le hizo en la Quinta de los Molinos a Arthur Rimbaud por los cien años de su muerte, y que a última hora se obstinó en no leer. Pero este detalle tal vez no lo corroboremos nunca. De alguna manera, años más tarde Juan Carlos regresó al poeta francés, a su infortunio financiero y civil, en sus poemas “El saltamontes”, “Sírvase usted”, “Blanco móvil”, “Dólares canadienses”…

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De izquierda a derecha: Jorge Aguiar, Pedro Marqués, Juan Carlos Flores, Gerardo Fernández Fe, Carlos Aguilera, Almelio Calderón, Ismael González y Omar Pascual. Noviembre de 1994. Foto: GFF

Dejo a los estudiosos determinar si este texto se anticipa o no al giro del poeta hacia un verso horizontal, repetitivo; si empieza a desgajarse del tono, la prosodia y la arquitectura más bien vertical de Los pájaros escritos, o si constituye la base de algún otro texto ya publicado que yo desconozco. He vuelto a él, entre lo más valioso de los papeles viejos, y eso es todo.

En una página titulada “El lagarto”, de su libro El contragolpe (y otros poemas horizontales), Juan Carlos se refería a la mañana como la “hora del recomenzar de lo atroz”. Como da cuenta sobre todo la poesía de sus últimos quince años, el poeta (igual que Tom Waits en “I don’t wanna grow up”) quiso hacer de la repetición una suerte de ethos: la reaparición insidiosa de los mismos rostros -como en el poema “Para los títeres”, de su libro anterior, Distintos modos de cavar un túnel– de seres pequeños, salobres, apenas perceptibles, cuyos cadáveres yacen en un mismo hospital, tras haber muerto “contaminados por las sustancias tóxicas de la realidad, que iban y volvían convertidas en gestos de agresión”.

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De izquierda a derecha: Juan Carlos Flores, Almelio Calderón, Ismael González y Gerardo Fernández Fe. Octubre 1994. Foto: GFF

Entonces, creo, porque se hartó de ese recomenzar repetitivo de lo atroz, Juan Carlos terminó colgándose de un pedazo de hierro. Posee, eso sí, como queda dicho en este texto lejano, su verdad y su duda; y ambas, ya lo dice él, son intransferibles.

De muy poco sirve ya regresar la extensa línea de escritores nuestros trascendentales que optaron por la vía de la muerte por propia mano: Novás, Escobar, Rosales, Victoria, entre otros. Sí se ratifica aquí que el suicidio no tiene por qué provenir de un acto de desenfreno; habría que verlo también como un paso meditado, en plena conciencia, cuando los fantasmas se han vuelto demasiado pesados y se aparecen, semejante a golpes de martillo de un vecino inclemente, sobre todo en las noches. O cuando lo atroz diario, lo de todos los días, se vuelve repetitivo, repetitivo, repetitivo… Y porque, definitivamente, como había anticipado Baudelaire, “todos somos ahorcados o ahorcables”.

……

Muerte de Rimbaut [sic]

La locura del poeta es su razón, la razón del poeta su locura. Sombras que proyectan dos espejos. Yo me miro en el agua enlodada de una bañadera. Ahora se discute en los salones y la verdad es un gato estofado, servido por dos criados vestidos a la usanza del siglo XVIII. Cuanto ignoran los sabios pederastas lo saben los niños, al lanzar una moneda de 5 centavos al aire, lo sabe el idiota, viendo descolgarse de su nariz a un moco como una bailarina. Mi verdad es otra intransferible, mi duda también lo es. Yo me miro como un entomólogo que ha extraviado sus lentes persiguiendo a una hormiga. En una taberna del puerto, a la luz de una vela oscilante, conversaba con un amigo burlón que se creía un lansquenete y con dos muchachas provenientes del campo y fui raptado, fui encantado. Desperté en Aquitania, entre montones de heno. Una vaca me pasaba la lengua y bebí de sus ubres, hijo de las mareas y los orfelinatos. Esa leche estrellosa [sic] iba a curar mis dientes, picoteados y sucios. Me envenenan. Iré a buscar mi verdad donde no estén mis madrastras, las palabras, en un sitio que no es ni arriba ni abajo.

Ir del conocimiento al des-conocimiento, del des-conocimiento al re-conocimiento. Noche, oscuridad, matriz, la luna, esa gitana levantando sus faldas: en mi brazo tatuajes. Yo nunca he trabajado. Renegué de mis padres, me escapé de mi casa. Antes de marchar escupí dos retratos. Espero seguir siendo el mismo vagabundo de entonces. Un palo con un atillo [sic] en la punta, libros viejo [sic], tabacos, riñones es todo cuanto necesito. Ir, volver, partir, quedarse. Lo mejor sería volar, ya no creo en los mapas. He envidiado a Jesús. Yo me arrastro. Castillos, guardias, puentes levadizos, ecos. Ay dolor. Más allá el bosque: árboles con largas cabelleras sueltas, árboles con marcas de grillete en los tobillos. Ha empezado el concierto. Cuerpo=cielo, cielo=sábana, falo=lápiz. Escribir una lluvia, que el viento como un satán arroje ramas rotas contra los cristales de los manicomios. Los colores, los sonidos, los perfumes hiervan en una olla sin mango. El amar y el morir paradoja, si esa flor se despliega y despereza sus ojos. -Niebla sobre tu tumba niebla, y el aleteo de un pájaro-.

……………..

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3 comentarios

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3 Respuestas a “Un inédito de Juan Carlos Flores

  1. que bueno Gerardo cuanto te agradezco este escrito, un abrazo

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  2. Pingback: Gerardo Fernández Fe: ·Un inédito de Juan Carlos Flores· | inCUBAdora

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