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Fausto Canel: lo esencial es no ceder al miedo

Durante el rodaje de "Power Game", España, 1981.

Durante el rodaje de “Power Game”, España, 1981.

El nombre de Fausto Canel se inscribe tanto en los inicios del cine cubano posterior a 1959, con la creación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), como en la gestación del magazine cultural Lunes de Revolución, dirigido por Guillermo Cabrera Infante, donde fungió como crítico de cine.

Hacedor y testigo de esa primera etapa efervescente (Carnaval, Torrens, Hemigway, El final, Desarraigo…), Canel partió al exilio antes de que la Revolución Cubana llegara a sus diez años de vida. Radicado en París, en Madrid, finalmente en Miami, el realizador produjo Espera (1979), un corto de 11 minutos sobre la inmolación de un matrimonio de perseguidos políticos; Power Game, de 1983, y Campo minado, de 1987, sobre la democratización del cono sur en América Latina.

Con su firma, pueden leerse también los libros Ni tiempo para pedir auxilio, Dire Straits y Sin pedir permiso.

¿Qué queda a estas alturas de aquel joven que fue el primer empleado inscrito del ICAIC?

El recuerdo de una esperanza. De una ilusión. Tenía apenas 19 años cuando en 1959 fui invitado a trabajar en el ICAIC, el recién creado Instituto del Cine, y allí aprendí a hacer cine, haciéndolo. El Curso de Cine de José Manuel Valdés Rodríguez, en la Universidad de La Habana, había sido muy útil por las películas que mostraba, pero fue más bien una introducción a la apreciación cinematográfica. En sus aulas me formé como crítico. En el ICAIC, por el contrario, me dieron los medios para hacer documentales primero y más tarde largometrajes. Entonces no nos dábamos cuenta que nada es gratis. La llamada Revolución Cubana, que todavía mi generación vivía con cierto fervor, nos formaba como cuadros propagandísticos que al principio no vivimos como tal, pues las exigencias en ese sentido eran mínimas. Había entusiasmo. Ya después la cosa se puso fea cuando la “Revolución” dejó de ser revolución y se convirtió en la dictadura personal de un hombre y su camarilla. Llegó un momento en que ya no sólo no podíamos meternos con el mono, sino, ni siquiera, con su cadena. Sigue leyendo

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Luz a la zona rara

Vanguardia

En febrero de 1959, a un mes de la entrada en La Habana de la caravana conducida por Fidel Castro, arribaba a la capital cubana Jaime García Terrés, director de Revista de la Universidad de México. “Encuentro una ciudad tranquila. Ni asomos de miedo o violencia. Decididamente la revolución no está en las calles. Está en los ánimos, en las conciencias, en los planes para el futuro…”, anotaba en un cuaderno de apuntes con el que recorrió la ciudad durante dos semanas.

Un mes más tarde aparecía el número 7 del mensuario que Terrés dirigía, dedicado en su totalidad a la Revolución cubana. Aquí, además de un ilusionado ensayo de Carlos Fuentes y de textos de Carleton Beals, William Attwood y otros analistas, se publicaba “Diario de un escritor en La Habana”, el resultado de aquellos apuntes que García Terrés tomara al pie de la calle, donde, tras constatar la prevalencia de la “música popular revolucionaria” en el ambiente de la urbe, y asistir a un pase de documentales de actualidad en un cine de la calle San Rafael, el mexicano es recibido “en el local del Lyceum” por la intelectual comunista Mirta Aguirre, entre “refrescos y pastelitos de almendra”.

En esta escena, quien ya empezaba a fungir como brazo telúrico de la represión cultural, observaba que el pueblo cubano era “muy ‘politizado’”, se declaraba “contra el sectarismo que [había] comenzado a manifestarse ‘disfrazado de extrema izquierda’” y admitía que “una derecha limpia” había contribuido, como otras fuerzas, al derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista. Sigue leyendo

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Orlando González Esteva: Miami, pasión razonable

Foto de Francisco Cubas

Foto de Francisco Cubas

Si existe una rara avis en el complejo mundo de las letras cubanas en la ciudad de Miami, esa criatura lleva el nombre de Orlando González Esteva, un santiaguero devenido casi Caballero de la Orden de Malta, sin que ningún ente superior le haya otorgado el grado. Porque aquel apelativo de Caballeros Hospitalarios, que en un inicio ostentó la cofradía, bien se aviene a este personaje, un poeta que intercala el haiku y la conversación, con una paciencia y una bondad –y a la vez una distancia– propias más bien de un patricio cubano del siglo XIX cuya única posesión, tras cincuenta años de exilio, es solamente la memoria.

Como en capas superpuestas de una misma cebolla, intensa y urticante, esta ciudad se ha ido forjando a partir, tanto de oleadas, como del goteo pertinaz de cubanos en fuga. Lo singular es que cada momento –los 60, los 70, el Mariel, los balseros– reclama para sí un nicho de poder simbólico y una cota de sufrimiento que los hace diferente de los otros. ¿Cómo ve este fenómeno alguien que ya cumple 50 años en la ciudad?

Más que verlo lo siento, siento la legitimidad de esos reclamos, pero si de ver se trata –algo mucho menos invasivo que sentir— puedo afirmar, no sin melancolía, que he sido testigo de la aparición de varias ediciones de Miami, ninguna exacta a la anterior, y que, en lo que a la comunidad cubana se refiere, he visto a la ciudad degradarse, incapaz de permanecer a salvo de la degradación que ha sufrido y sufre la propia Cuba: ¿por simpatía o fatalidad? Cada una de esas oleadas que mencionas ha supuesto que el Miami al que arribaba era el mismo al que arribaron sus antecesores, que hubo o hay un Miami perenne, sin saber que entre el Miami de los años sesenta y el Miami de los años ochenta se abre un abismo no menor que el que acabó abriéndose entre ese segundo Miami y el Miami de los años noventa y, luego, entre este último y el actual. No hay un Miami perenne a no ser el balneario, que nos antecedió y será el único que nos sobreviva. De cada Miami cubano sólo van quedando ruinas, pero invisibles, porque el tiempo y la naturaleza misma de este país son hostiles al pasado. El día en que desaparezcamos los que aún tenemos memoria de esas ruinas, nada quedará, y ya son más los que ignoran que los que recuerdan, y más los indiferentes que los que, por razones obvias, no podemos dar la espalda a esa ciudad fantasma a la que no tardaremos en incorporarnos.

Cada una de esas desbandadas o infiltraciones de compatriotas nuestros, expuestas a formaciones y circunstancias diversas, cada vez más enconadas contra el país natal por la debacle en la que vieron naufragar su niñez, su adolescencia y buena parte de su juventud, se ha creído capaz de rehacer a Miami, de rectificarlo, porque el Miami anterior a ellas se les ha antojado insuficiente o deleznable, y Miami ha acabado rehaciéndolas o deshaciéndolas a ellas. Quienes llegaron en los años ochenta dieron por sentado que Miami era una ciudad inculta y se propusieron cultivarla: nada queda de aquel propósito a no ser el recuerdo, también evanescente, de su presunción y su buena voluntad.

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Néstor, el ‘drama queen’ y la ciudad líquida

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Solo Dios sabría de los tantos caminos, más bien los recovecos, recorridos por Néstor Díaz de Villegas (Cumanayagua, 1956) en estos últimos casi sesenta años, en Vernon, Los Ángeles, en La Habana, en Miami. Pero como Dios ya no existe, solo queda la memoria del propio escritor, su aceptación de la confesión, que es profusa y sin afeites.

De paso por Miami, ciudad que venera al tiempo que deconstruye, porque definitivamente él es su producto y su emulsión, el poeta, el francotirador, afable como pocos, vehemente también como los menos, accede a nuestro interrogatorio.

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Diarios de un insecto en ámbar

Sandor

“Pero también una vida gris puede ser la trama de un diario”, anota en la primera página de su cuaderno el personaje de Brian Aspinwall, en la novela El rector de Justin del aristócrata newyorkino Louis Auchincloss. Sin embargo, en el libro que ahora nos atañe, a pesar de las similitudes en ciertos ambientes (el saco, la corbata, el rostro austero) y en ciertos tonos, a pesar incluso de tratarse de los diarios íntimos de un anciano, no estamos ante un texto producido por una vida gris. Sándor Márai no es cualquier anciano. Un anciano que escribe en su diario “La proximidad de la muerte confiere a la conciencia más fuerzas que desánimo”, insisto, no es uno cualquiera sino el cuerpo ajado de uno de los hombres más lúcidos y desconocidos del siglo XX.

Ahora que hace apenas dos meses ha concluido la exposición Sándor Márai, un peregrino del siglo XX en el Palau Robert de Barcelona, bien vale la pena retomar este libro. Mucho se ha hablado sobre la importancia de este escritor húngaro en el relato del fin de una época glamurosa, burguesa e imperial y el comienzo de la era de los totalitarismos del siglo XX. Sus libros autobiográficos Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra! dan cuenta del relato puntilloso de lo que él mismo llamó “la desaparición completa y la aniquilación total de una forma de vida”. Incluso, la mayoría de las reseñas que se le han dedicado a su obra y la casi totalidad de las solapas de sus libros recientemente editados al español no olvidan precisar que Sándor Márai se quitó la vida en San Diego, California, en 1989, pocos meses antes de la caída del muro de Berlín.

Pero que este lúcido anciano haya sido testigo de la barbarie del nazismo y del afán totalizador del comunismo no creo sea ahora el punto más interesante a tratar. Este es un libro, por encima de todas las cosas, sobre el tiempo: un concepto que traspasa todas las fronteras geográficas, políticas y epocales. “¿Fue mejor el siglo pasado? –anota el 7 de enero de 1984– ¿Qué significa mejor?” Se trata aquí de una disertación fragmentada sobre el Tiempo y el final de su tiempo personal, sobre la vejez y su punto final: el suicidio. Sigue leyendo

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