Archivo de la etiqueta: Guillermo Cabrera Infante

El espíritu-Borat

Matar a Robin Hood

Habría que preguntarse cuánto de fabulación y de estrategia se parapeta detrás de la crítica a una película, cuánto hay del aporte del escribidor de reseñas, pero sobre todo de qué vale este acto de desentrañamiento -más allá de empujar al espectador a pagar su billete y entrar en la sala oscura-, toda vez que el consumidor, por algo misterioso e irracional, suele reaccionar de disímiles maneras, ninguna concluyente.

De la utilidad (o no) de las reseñas sobre cine, ya otros han hablado. En “Los siete pecados capitales de la crítica”, François Truffaut, después de atacarlos con nombres y apellidos, aconsejaba no darle “demasiada importancia a los críticos”. Federico Fellini elogiaba a ese crítico que “habla de la película como si fuese una criatura viva, una persona, y no con la frialdad evaluativa y presuntuosa, con la distancia aséptica de un ingeniero.”

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Edwards, Padilla, los micrófonos y los camarones principescos

 

Si La Habana que redescubrió Guillermo Cabrera Infante cuando regresó en 1965 a despedirse de su madre muerta era un escenario de sujetos cansados, aparentemente “agobiados por un pesar profundo”, una ciudad donde crecía para siempre la bolsa negra y donde abundaba la mirada perspicaz hacia y entre los escritores, la esencia y el decorado atisbados por Jorge Edwards apenas aterrizó en el aeropuerto de Rancho Boyeros el 7 de diciembre de 1970 resultaban igualmente opacos. El fracaso de la publicitada Zafra de los Diez Millones de ese mismo año podía incluso respirarse, a modo de energía, entre los figurines que pululaban por el bar y la planta baja del Hotel Riviera, a donde el diplomático chileno fue conducido.

De esta manera, los jardines modificados que Cabrera Infante descubre en no pocas casas de El Vedado (“plátanos en lugar de rosas”, apunta), pues la gente siembra en dos metros cuadrados para intentar comer mejor, son los mismos ante los cuales pasará el escritor santiaguino con aquellos amigos intelectuales que conociera dos años atrás. La ciudad –relata Edwards—“se presentaba ahora sin afeites, regenerada, desafiante en su pobreza”.

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Fausto Canel: lo esencial es no ceder al miedo

Durante el rodaje de "Power Game", España, 1981.

Durante el rodaje de “Power Game”, España, 1981.

El nombre de Fausto Canel se inscribe tanto en los inicios del cine cubano posterior a 1959, con la creación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), como en la gestación del magazine cultural Lunes de Revolución, dirigido por Guillermo Cabrera Infante, donde fungió como crítico de cine.

Hacedor y testigo de esa primera etapa efervescente (Carnaval, Torrens, Hemigway, El final, Desarraigo…), Canel partió al exilio antes de que la Revolución Cubana llegara a sus diez años de vida. Radicado en París, en Madrid, finalmente en Miami, el realizador produjo Espera (1979), un corto de 11 minutos sobre la inmolación de un matrimonio de perseguidos políticos; Power Game, de 1983, y Campo minado, de 1987, sobre la democratización del cono sur en América Latina.

Con su firma, pueden leerse también los libros Ni tiempo para pedir auxilio, Dire Straits y Sin pedir permiso.

¿Qué queda a estas alturas de aquel joven que fue el primer empleado inscrito del ICAIC?

El recuerdo de una esperanza. De una ilusión. Tenía apenas 19 años cuando en 1959 fui invitado a trabajar en el ICAIC, el recién creado Instituto del Cine, y allí aprendí a hacer cine, haciéndolo. El Curso de Cine de José Manuel Valdés Rodríguez, en la Universidad de La Habana, había sido muy útil por las películas que mostraba, pero fue más bien una introducción a la apreciación cinematográfica. En sus aulas me formé como crítico. En el ICAIC, por el contrario, me dieron los medios para hacer documentales primero y más tarde largometrajes. Entonces no nos dábamos cuenta que nada es gratis. La llamada Revolución Cubana, que todavía mi generación vivía con cierto fervor, nos formaba como cuadros propagandísticos que al principio no vivimos como tal, pues las exigencias en ese sentido eran mínimas. Había entusiasmo. Ya después la cosa se puso fea cuando la “Revolución” dejó de ser revolución y se convirtió en la dictadura personal de un hombre y su camarilla. Llegó un momento en que ya no sólo no podíamos meternos con el mono, sino, ni siquiera, con su cadena. Sigue leyendo

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Jan Saudek: Fotos del Este

A burden, Jan Saudek, 1987

Una carga, Jan Saudek, 1987

En la escena hay un retrato de Iósif Stalin, uno de esos cuadros de líderes tan habituales en las últimas cinco, siete, nueve décadas, según la ciudad desde donde se mire: Moscú, Praga, La Habana…

Detrás de aquel retrato, al que sólo es posible acceder gracias a una vieja silla, un hoyo en la pared, y del otro lado un baño de familia, “lavadero sórdido” en el que, durante la guerra, todos se bañaban con la misma agua.

Pero para entonces la guerra ha concluido y Jan Saudek, obrero de una fábrica recién vinculado, se halla ante uno de sus frecuentes descubrimientos: un hombre casado, maduro, posee a una joven, “casi una escolar”; y este acto vergonzoso de husmear en la vida ajena marcará como como un hierro candente el recorrido de uno de los fotógrafos contemporáneos más comprometidos con el lado nebuloso del vecino, la soledad de la mujer con la que tiene sexo, “las pasiones verdaderas de las que no tenía ninguna idea, el crujido del fuego, las articulaciones trituradas por el abrazo de los amantes”, según queda fijado en unas curiosas (disolutas, irreverentes) memorias que Jan Saudek publicara con el título Célibataire, marié, divorcé, veuf (Parangon, París, 2002), y donde muy pocas disquisiciones sobre fotografía podrán encontrar los profesores de arte y los quisquillosos buscadores de secretos técnicos.

Claro que antes de esta escena del retrato de Stalin y del ojo lascivo, Saudek dedica un par de páginas a contarnos de su padre, judío austriaco, incrédulo ante los rumores sobre las cámaras de gas (“La nación de Schiller y de Goethe nunca haría eso. ¡Es imposible!” —bramaba hacia 1943), o sobre su propia huída y/o evacuación del campo de concentración en abril de 1945, con sólo diez años, andando “bajo la noche primaveral, olorosa, niños con las manos en la cabeza empujados por otros niños”, soldadillos emergentes, de última hora, movilizados por la Wehrmacht.

Después de esta escena del mirón empinado que recuerda una vieja novela de Henri Barbusse cuyo título ya he olvidado, Jan Saudek no puede obviar la grisura de la postguerra en su Praga “implacable, llena de escupitajos, de hollín, de chimeneas humeantes”, las llamadas de la Seguridad del Estado, hacia 1977, para que colaborara con preciada información entre la fábrica, el alcohol y las prostitutas; y por consiguiente esa paranoia que todo estado totalitario inocula: “La normalización —los mejores años de mi vida, los que viví encorvado por el terror, la perpetua mirada de reojo como si yo fuera a incendiar el estanque del vecino, atolondrado por el miedo a los diez mil oficiales de la Seguridad que disparatadamente imaginaba pisándome los talones”.

Pero de lo que más se trata aquí, como atestigua también todo una obra fotográfica de casi sesenta años, es del amor por el cuerpo femenino y de una búsqueda obsesiva entre los entresijos de las relaciones de pareja. Como Philip Roth, Philippe Sollers, Guillermo Cabrera Infante, este narrador compulsivo y egotista que es Jan Saudek —un narrador mediante fotos coloreadas de escenas íntimas, a veces insanas, cáusticas, otras de una simpleza que se trastoca en pose inocente—, lo que más hace en este libro de memorias disolutas es referirse a sí mismo y a la taxonomía gozosa de sus mujeres: una masajista ucraniana con la que tuvo sexo en lo alto de una estación de trenes, una controladora ferroviaria, gordita “exuberante de gérmenes”, que le transmite una enfermedad venérea un día de pase del servicio militar; Ludmila, aspirante a modelo, Iarouchka, compartida con un amigo, Zdenitchka, una intelectual que combinaba sus espejuelos con un hermoso culo: todas estas despedidas de la vida mediante el suicidio y el peso de la soledad como única causa; la francesa Fabienne, una mujer madura “que tenía los senos de una niña de 11 años”; e incluso, más recientemente, Isabelle, otra francesa para quien Jan Saudek, fotógrafo reconocido quand-même, no era más que “un campesino llegado del Este”. Sigue leyendo

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