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De violaciones

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Hace apenas unos pocos años en el Museo del Ejército de París, en su sede del Hôtel des Invalides, se abrió al público una exposición titulada Amores, guerras y sexualidad, 1914-1945, enfocada en abundar a través de carteles publicitarios, fotografías y fragmentos de cartas en la incidencia de los conflictos armados en las relaciones amorosas, en las fantasías sexuales del momento y en el imaginario mismo de los protagonistas de la guerra.

Uno de los capítulos de esta muestra aborda, a través del rapado público a las mujeres francesas que frecuentaron a soldados alemanes, el tema siempre nefasto de la cohabitación consentida con el enemigo que en 1959 Alain Resnais ya había tratado en Hiroshima mon amour, en el personaje de la protagonista rapada por su propio padre y recluida en el sótano de la casa, tras hacerse pública su relación con un combatiente bávaro. Pero también, mediante solo cuatro fotos tan poco realistas como intensas, en esta exposición quedaba ilustrado sin remilgos el álgido tema de las violaciones en tiempos de conflictos bélicos.

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Foto en silencio

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Para Zoe Plasencia.

La brevísima posteridad ha querido llamarla “la Mary Poppins de la fotografía”, pero hasta hace muy poco Vivian Maier era simplemente eso: una anciana solitaria que había dedicado cuarenta visibles años de su vida a cuidar niños. De nada serviría imaginarla a estas alturas con un maletín y un paraguas, como la mismísima nanny inglesa de poderes mágicos, fiel a esa idea sempiterna de personaje de novela victoriana.

Esta señora llegó a convivir, al menos unos años, con el siglo de Facebook y de Google, pero para entonces ya era una anciana retirada que malvivía en un escueto piso gracias al empeño de algunos de esos “niños” de los que se había ocupado décadas atrás. La promiscuidad y la lucha de egos de la era digital nunca entraron en su canon ni en su filosofía. Pasó junto a ellos sin dejar una traza visible, sin algarabía, sin aspavientos, torciendo el cuello para que no se le identificara.

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La memoria morada

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La prensa de medio mundo ha insistido en estos últimos tiempos en un episodio de pedofilia del cual, siendo un niño, el escritor chileno Jorge Edwards fuera víctima. Desde entonces han corrido siete décadas y ahora, con la publicación de Los círculos morados (Lumen, 2013), primer tomo de sus memorias, nos llegan los detalles sin remilgos, pero sin lagrimeos. De continuar ocultos, insiste el autor, “me convertiría en un neurótico terminal”.

Tuvo lugar en el Colegio San Ignacio, en un sitio de sotanas jesuitas, de birretes negros, bajo el paraguas sinuoso del espíritu de “soldados de la causa de Cristo”. De aquellas efusiones amorosas del padre Cádiz, un ser de “cabeza inconfundible, ratonil, de gruesos anteojos”, y del desconcierto de aquel niño silencioso, poco apto para los deportes, hoy tan solo queda la buena letra de un libro de memorias.

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Tenis, poder, presidio

Jean Borotra

Además de la célebre foto de 1891 en la que aparece Marcel Proust de rodillas con una raqueta de tenis en las manos como si tocara una guitarra ante la risa de sus acompañantes, otras fotos de otros tiempos abundan sobre la relación de privilegio entre este deporte y la vida social.

Hay una, por ejemplo, en la que el ex Presidente Valéry Giscard d´Estaing, el más aristocrático de los líderes franceses de los últimos sesenta años, se apresta a ejecutar un golpe rígido de derecha en Cap d´Agde, en 1985. Faltaban cuatro años de la llegada al poder de su sucesor, el socialista François Mitterrand, quien también aparece en una foto de los años cincuenta –todavía los tenistas jugaban en pantalones y zapatillas blancas—con una rodilla al nivel del suelo, intentando un golpe de revés lifteado con su mano izquierda.

Otros testimonios visuales dan cuenta de la espera paciente del servicio del contrario –raqueta en ristre, mirada atenta–, de Jacques Chaban-Delmas, ex Primer Ministro del gobierno de Georges Pompidou, quien de paso se desempeñó como jugador de dobles en las ediciones de 1956 y 1968 del torneo Roland Garros.

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Drieu La Rochelle, radiografía de un caballero veleidoso

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Mucho antes de comenzar la redacción de su diario, el gallardo Pierre Drieu La Rochelle ya era un fascista convencido en cuerpo y alma.

En alma, pues le había deprimido hasta el momento el curso hipócrita y sin rumbo de las luchas entre partidos políticos, los escándalos de corrupción, la apatía y el estancamiento social, la convicción de la ineficiencia de la democracia y del socialismo parlamentario. Sagaz desde sus artículos periodísticos, ya en marzo de 1934 Drieu La Rochelle escribía: “Hace falta un tercer partido que siendo social sepa también ser nacional, y que siendo nacional sepa también ser social”; a lo que luego agregaba: “Y ese tercer partido no debe predicar la concordia, debe imponerla. No debe yuxtaponer elementos tomados de la derecha y de la izquierda, sino imponerles a estas que se fusionen en su seno”.

Con este convencimiento totalitario publicará ese mismo año Socialismo fascista, al decir de Paul Nizan: “el libro más brutal y clarividente sobre el nacimiento ideológico del fascismo”, donde Drieu insiste en la necesidad de unificar las tendencias extremistas de izquierda y de derecha en un solo movimiento capaz de destruir el marasmo del sistema parlamentario y de detener el empuje de los grandes capitales en territorio francés.

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Fragmentos de Benjamin

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El Diario de Moscú de Walter Benjamin no es un texto en situación límite. Como entorno más inmediato: la reciente muerte de Lenin, el apogeo de la NEP que pretendía inyectar corrientes de mercado en la maniatada economía soviética y el desmarque creciente de Trotski, Zinoviev y otros de la línea autócrata del camarada Stalin.

Sus móviles más evidentes: redactar para la Gran Enciclopedia Soviética un artículo sobre Goethe, finalmente desaconsejado por Anatoli Lunacharski, Comisario del Pueblo de Instrucción, y publicado a medias unos años más tarde; palpar la experiencia bolchevique en directo, con vistas a su proyectada adhesión a la real militancia en el Partido Comunista Alemán, pero sobre todo reencontrarse con Asia Lacis, una bolchevique letona que había conocido en Capri en 1924, vuelto a ver en Riga e insistentemente deseado durante todo ese tiempo.

Se trata, pues, del testimonio de galanteos infructuosos, espaciados encuentros con cierta intelectualidad soviética, momentos de duda y hastío, recorridos en trineo con ojos de observador acucioso y encontronazos emocionales “durante semanas, con el hielo exterior y el fuego interior”, como le manifiesta a un amigo en una postal de enero de 1927.

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La foto falsa

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The Falling Soldier, de Robert Capa.

Un estafador se hace pasar por aristócrata y con el título de Lord Davenport posa para fotos, seguro de sí mismo, en compañía de artistas y de políticos ingleses, antes de ser finalmente descubierto; un psicólogo social y profesor universitario holandés publica en la revista Science un fundamentado artículo sobre comportamiento humano, frustraciones, discriminación y felicidad, y al tiempo se descubre que todos los datos aportados resultaban completamente falsos, producto de encuestas trucadas o nunca llevadas a cabo; un periodista belga publica un libro en el que manifiesta que hacia 1994 el rey Alberto II –fotos en mano– obligó a su hijo Felipe a contraer matrimonio y a dejar atrás su secreta vida homosexual si no quería salirse de la línea sucesoria… La falsedad es un fantasma que recorre el mundo. Y el arte de la fotografía nunca ha escapado a sus influjos.

Cuenta John Pultz en su libro La fotografía y el cuerpo que hacia 1863, en plena Guerra de Secesión, el fotógrafo Alexander Gardner y su asistente Timothy H. O´Sullivan solían alterar la posición de los cadáveres que se aprestaban a fotografiar si consideraban que “una escena fabricada resultaría más potente”; algo que nos transporta al meticuloso celo que en su momento mostraban los asesores del presidente español José María Aznar, a quien solo se le podía tomar en fotografías oficiales y platós televisivos por el lado más fotogénico de su rostro.

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Un escritor de novelas llamado Roland Barthes

Roland Barthes

Roland Barthes

Para Béryl Caizzi

Debo reconocer que fue pura obra del azar que mi lugar de residencia durante mi primera visita a París fuera el 40, rue des Écoles, justamente a unos pasos del lugar en el que, a finales de febrero de 1980, un camión de lavandería golpeara el cuerpo de Roland Barthes. Exactamente un año después de aquella estancia, de nuevo en París, descubrí que por unos francos (no pocos) podía ser conducido, de la mano de un guía conocedor, entre calles, librerías y cafés frecuentados por el hombre Barthes más de veinte años atrás.

Trazar la topografía física de un escritor admirado, imaginar el momento de su muerte, seguir sus pasos como se siguen y se recrean también sus fotos, es un acto tan lícito como el de hurgar en la topografía de su imaginario, escudriñar en su escritura, en sus cartas, en sus diarios, preguntarse definitivamente como minucioso hagiógrafo por qué éste y no otro libro: seguir el hilo de una maraña de grafía, acontecimientos y obsesiones.

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Una Imogen persistente

Helena Mayer, Canyon de Chelly, 1939_jpgEn la Introducción a su novela La letra escarlata, de 1850, Nathaniel Hawthorne se atreve a la siguiente confesión: “Había dejado de ser un escritor de cuentos y ensayos relativamente buenos para convertirme en un inspector de Aduanas relativamente eficiente”. No debería sorprendernos que uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana, uno de los mejores retratistas de su época y de la naturaleza poliédrica de la naturaleza humana, haya sido, entre 1846 y 1849, un simple supervisor en la Aduana de Salem: época en la que lamentablemente el escritor no llegó a pergeñar ni una de sus puntuales narraciones.

La historia del arte de todos los tiempos está marcada por la angustia de la sobrevivencia, la estrechez, la necesidad de sostenerse como el  homo economicus que todos somos. Pero los meandros que conectan arte y subsistencia, creación de altos vuelos y dinero son más sinuosos de lo que pensamos.

Al detenernos en la labor de retratista de Imogen Cunningham, podríamos sucumbir a un criterio estereotipado sobre esta artista nacida en Portland el 12 de abril de 1883. Dos o tres retratos de Cary Grant hacia 1932, otros de Spencer Tracy un año más tarde, varios con la expresión huraña de Frida Kahlo o uno de Gertrude Stein, adusta, en San Francisco, pocos años antes de morir, bastarían para encapsular la obra de Imogen Cunningham únicamente como la retratista de Vanity Fair que se movió a sus anchas en el Hollywood de la tercera década del pasado siglo. Sigue leyendo

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Fotos de Rank

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Cartel Hotel. Foto de Rank Uiller.

Embelesado, boquiabierto, en 1930 Paul Morand escribía: “El desfiladero de Broadway bajo tiene ese ruido especial de las calles con rascacielos, que son más huecas, más cantarinas que las otras, y cuyo color también es diferente, atravesado por una luz avara en la que unos haces de sol quebrado penetran, con dificultad, por el polvo suspendido en el aire”. Se trata de Nueva York, uno de los libros que mejor han reflejado la orografía de esa ciudad, escrito a apenas unos meses del estruendoso crack de 1929 por un francés de gusto fino y mirada sagaz. Y a este debería seguirle aquel otro, Weekend (d”estiu) a Nova York, publicado más de veinte años después por Josep Pla, un periodista y viajante catalán que se vio a sí mismo igualmente obsesionado por la verticalidad de acero y cristal de la gran ciudad apenas su barco se aproximó al puerto de Hoboken, en la vecina Nueva Jersey, más bien cerca de donde hoy vive Rank, o Frank, según se desee.

Rank Uiller, fotógrafo contumaz, vive en NJ pero todas las mañanas cruza el charco con la misma avidez del coyote que se adentra en el villorrio pues su olfato se lo impone. Y si Paul Morand había percibido una tonalidad en la ciudad de Nueva York entre pardusca y sonrosada, si Josep Pla terminó describiendo sus rascacielos como “un manojo fantástico de espárragos”, resulta que, entre otras obsesiones, Rank Uiller instintivamente ha optado por las dos visiones: la de los colores de una ciudad y la de su soberbio universo de reflejos y geometrías. Si algo caracteriza como con hierro candente a estos tres sujetos es su capacidad para la observación, definitivamente su ojo.

Primero nació en La Habana –otra ciudad con puerto, con ruidos, con olores que ya no están–, en el emblemático año de 1959; luego hizo estudios de artes plásticas y al final terminó instalándose entre Nueva Jersey y Nueva York, un día aquí, otro allá, y en ambas a la vez. Fue entonces, después de haber cruzado el charco, una expresión muy de sus paisanos, que su ojo y su olfato se curtieron, como los del mismo coyote. No nos extrañe entonces descubrir a Rank Uiller como cazador impenitente de escenas aparentemente anodinas, como actor dentro de una urbe vertiginosa, pero también como excéntrico personaje de novela: grandes espejuelos de pasta, cabello en desorden y un afán enfermizo por regresar a casa, cayendo la noche, con dos o tres imágenes rotundas de su ciudad de adopción. Tal vez porque no hay otra urbe en el mundo tan propicia a la explosión de los sentidos, porque no hay otra tan polícroma, tan dada a los muchos sonidos que el ser humano y las máquinas sean capaces de producir, porque solo en Nueva York podemos toparnos con un rostro usbeko que besa una mejilla somalí, una mano swahili que sacude el polvo de un perro Husky siberiano, y mucho más con un hombre muy común, casi pedestre, que al mirar a la cámara, como quien no quiere las cosas, trasmite toda la soledad o el desasosiego que un hijo de dios pueda albergar. Todo esto, además de fachadas tras nebulosas, de rótulos publicitarios, de piernas de mujeres, de sombrillas coloridas que atraviesan una calle, es la fotografía de Rank Uiller. ¡Todo!

Dejemos a los teóricos de este arte su concepto de “pulsión escópica”, dejemos a los adeptos a la psiquis y a la imagen aquello de “voyeurismo”… ¿Acaso no se trata de un afán de mirar y de ser mirado en el acto? Llamémosle, pues, de otra manera. Persigamos al coyote Rank por entre calles y plazas de la Nueva York de hoy; pongámonos a sus espaldas, veámoslo estudiar el encuadre, accionar el obturador, y al final constataremos que lo que nuestro ojo vulgar atisbó nada tiene que ver con lo que el artista nos propone. Rank Uiller se mueve sin aspavientos entre la toma sepia de un café común delante del cual se aprecia la figura en movimiento de una señora de pelo blanquecino, hasta el resalte de un rojo vivísimo, estridente, donde nuestra percepción solo había captado la imagen de uno de los tantos carteles publicitarios endémicos de esta ciudad; desde la pátina verdosa de una sucesión de fachadas, hasta el efecto diluido, brumoso, que deja entrever una calle y delante un auto que pasa y más allá, como un fantasma, la mismísima figura del coyote que husmea, que acecha, que observa y se deja observar.

Por ello la Nueva York de Rank Uiller escapa a las clasificaciones. Su ojo de fotógrafo de raza y su buen arte de la manipulación digital nos han acercado a una ciudad distinta de la que se ha pegado a nuestra retina al menos durante un siglo. Si esta es la ciudad que más atónito y boquiabierto ha dejado al visitante –desde Paul Morand en 1930 hasta el último turista de hoy–, se trata también de un sitio traicionero para el artista, sobre todo para el fotógrafo: un entorno que seduce pero en el que corre el riesgo de caer en el lugar común, en la tautología figurativa, en la foto tonta. Y es aquí que la foto de Rank Uiller se destaca, al hacernos saber que la suya sigue siendo una ciudad ad-mirable más allá de las guías turísticas, plagada de recovecos, de zonas de ensueño y de personajes que sintetizan historia y emoción. Sigue leyendo

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