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Drieu La Rochelle, radiografía de un caballero veleidoso

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I

Mucho antes de comenzar la redacción de su diario, el gallardo Pierre Drieu La Rochelle ya era un fascista convencido en cuerpo y alma.

En alma, pues le había deprimido hasta el momento el curso hipócrita y sin rumbo de las luchas entre partidos políticos, los escándalos de corrupción, la apatía y el estancamiento social, la convicción de la ineficiencia de la democracia y del socialismo parlamentario. Sagaz desde sus artículos periodísticos, ya en marzo de 1934 Drieu La Rochelle escribía: «Hace falta un tercer partido que siendo social sepa también ser nacional, y que siendo nacional sepa también ser social»; a lo que luego agregaba: «Y ese tercer partido no debe predicar la concordia, debe imponerla. No debe yuxtaponer elementos tomados de la derecha y de la izquierda, sino imponerles a estas que se fusionen en su seno».

Con este convencimiento totalitario publicará ese mismo año Socialismo fascista, al decir de Paul Nizan: «el libro más brutal y clarividente sobre el nacimiento ideológico del fascismo», donde Drieu insiste en la necesidad de unificar las tendencias extremistas de izquierda y de derecha en un solo movimiento capaz de destruir el marasmo del sistema parlamentario y de detener el empuje de los grandes capitales en territorio francés.

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Fragmentos de Benjamin

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El Diario de Moscú de Walter Benjamin no es un texto en situación límite. Como entorno más inmediato: la reciente muerte de Lenin, el apogeo de la NEP que pretendía inyectar corrientes de mercado en la maniatada economía soviética y el desmarque creciente de Trotski, Zinoviev y otros de la línea autócrata del camarada Stalin.

Sus móviles más evidentes: redactar para la Gran Enciclopedia Soviética un artículo sobre Goethe, finalmente desaconsejado por Anatoli Lunacharski, Comisario del Pueblo de Instrucción, y publicado a medias unos años más tarde; palpar la experiencia bolchevique en directo, con vistas a su proyectada adhesión a la real militancia en el Partido Comunista Alemán, pero sobre todo reencontrarse con Asia Lacis, una bolchevique letona que había conocido en Capri en 1924, vuelto a ver en Riga e insistentemente deseado durante todo ese tiempo.

Se trata, pues, del testimonio de galanteos infructuosos, espaciados encuentros con cierta intelectualidad soviética, momentos de duda y hastío, recorridos en trineo con ojos de observador acucioso y encontronazos emocionales “durante semanas, con el hielo exterior y el fuego interior”, como le manifiesta a un amigo en una postal de enero de 1927.

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La foto falsa

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The Falling Soldier, de Robert Capa.

Un estafador se hace pasar por aristócrata y con el título de Lord Davenport posa para fotos, seguro de sí mismo, en compañía de artistas y de políticos ingleses, antes de ser finalmente descubierto; un psicólogo social y profesor universitario holandés publica en la revista Science un fundamentado artículo sobre comportamiento humano, frustraciones, discriminación y felicidad, y al tiempo se descubre que todos los datos aportados resultaban completamente falsos, producto de encuestas trucadas o nunca llevadas a cabo; un periodista belga publica un libro en el que manifiesta que hacia 1994 el rey Alberto II –fotos en mano– obligó a su hijo Felipe a contraer matrimonio y a dejar atrás su secreta vida homosexual si no quería salirse de la línea sucesoria… La falsedad es un fantasma que recorre el mundo. Y el arte de la fotografía nunca ha escapado a sus influjos.

Cuenta John Pultz en su libro La fotografía y el cuerpo que hacia 1863, en plena Guerra de Secesión, el fotógrafo Alexander Gardner y su asistente Timothy H. O´Sullivan solían alterar la posición de los cadáveres que se aprestaban a fotografiar si consideraban que “una escena fabricada resultaría más potente”; algo que nos transporta al meticuloso celo que en su momento mostraban los asesores del presidente español José María Aznar, a quien solo se le podía tomar en fotografías oficiales y platós televisivos por el lado más fotogénico de su rostro.

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Un escritor de novelas llamado Roland Barthes

Roland Barthes

Roland Barthes

Para Béryl Caizzi

Debo reconocer que fue pura obra del azar que mi lugar de residencia durante mi primera visita a París fuera el 40, rue des Écoles, justamente a unos pasos del lugar en el que, a finales de febrero de 1980, un camión de lavandería golpeara el cuerpo de Roland Barthes. Exactamente un año después de aquella estancia, de nuevo en París, descubrí que por unos francos (no pocos) podía ser conducido, de la mano de un guía conocedor, entre calles, librerías y cafés frecuentados por el hombre Barthes más de veinte años atrás.

Trazar la topografía física de un escritor admirado, imaginar el momento de su muerte, seguir sus pasos como se siguen y se recrean también sus fotos, es un acto tan lícito como el de hurgar en la topografía de su imaginario, escudriñar en su escritura, en sus cartas, en sus diarios, preguntarse definitivamente como minucioso hagiógrafo por qué éste y no otro libro: seguir el hilo de una maraña de grafía, acontecimientos y obsesiones.

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Una Imogen persistente

Helena Mayer, Canyon de Chelly, 1939_jpgEn la Introducción a su novela La letra escarlata, de 1850, Nathaniel Hawthorne se atreve a la siguiente confesión: “Había dejado de ser un escritor de cuentos y ensayos relativamente buenos para convertirme en un inspector de Aduanas relativamente eficiente”. No debería sorprendernos que uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana, uno de los mejores retratistas de su época y de la naturaleza poliédrica de la naturaleza humana, haya sido, entre 1846 y 1849, un simple supervisor en la Aduana de Salem: época en la que no llegó a pergeñar ni una de sus puntuales narraciones.

La historia del arte de todos los tiempos está marcada por la angustia de la sobrevivencia, la estrechez, la necesidad de sostenerse como el  homo economicus que todos somos. Pero los meandros que conectan arte y subsistencia, creación de altos vuelos y dinero son más sinuosos de lo que pensamos.

Al detenernos en la labor de retratista de Imogen Cunningham, podríamos sucumbir a un criterio estereotipado sobre esta artista nacida en Portland el 12 de abril de 1883. Dos o tres retratos de Cary Grant hacia 1932, otros de Spencer Tracy un año más tarde, varios con la expresión huraña de Frida Kahlo o uno de Gertrude Stein, adusta, en San Francisco, pocos años antes de morir, bastarían para encapsular la obra de Imogen Cunningham únicamente como la retratista de Vanity Fair que se movió a sus anchas en el Hollywood de la tercera década del pasado siglo. Sigue leyendo

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Fotos de Rank

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Cartel Hotel. Foto de Rank Uiller.

Embelesado, boquiabierto, en 1930 Paul Morand escribía: “El desfiladero de Broadway bajo tiene ese ruido especial de las calles con rascacielos, que son más huecas, más cantarinas que las otras, y cuyo color también es diferente, atravesado por una luz avara en la que unos haces de sol quebrado penetran, con dificultad, por el polvo suspendido en el aire”. Se trata de Nueva York, uno de los libros que mejor han reflejado la orografía de esa ciudad, escrito a apenas unos meses del estruendoso crack de 1929 por un francés de gusto fino y mirada sagaz. Y a este debería seguirle aquel otro, Weekend (d»estiu) a Nova York, publicado más de veinte años después por Josep Pla, un periodista y viajante catalán que se vio a sí mismo igualmente obsesionado por la verticalidad de acero y cristal de la gran ciudad apenas su barco se aproximó al puerto de Hoboken, en la vecina Nueva Jersey, más bien cerca de donde hoy vive Rank, o Frank, según se desee.

Rank Uiller, fotógrafo contumaz, vive en NJ pero todas las mañanas cruza el charco con la misma avidez del coyote que se adentra en el villorrio pues su olfato se lo impone. Y si Paul Morand había percibido una tonalidad en la ciudad de Nueva York entre pardusca y sonrosada, si Josep Pla terminó describiendo sus rascacielos como “un manojo fantástico de espárragos”, resulta que, entre otras obsesiones, Rank Uiller instintivamente ha optado por las dos visiones: la de los colores de una ciudad y la de su soberbio universo de reflejos y geometrías. Si algo caracteriza como con hierro candente a estos tres sujetos es su capacidad para la observación, definitivamente su ojo.

Primero nació en La Habana –otra ciudad con puerto, con ruidos, con olores que ya no están–, en el emblemático año de 1959; luego hizo estudios de artes plásticas y al final terminó instalándose entre Nueva Jersey y Nueva York, un día aquí, otro allá, y en ambas a la vez. Fue entonces, después de haber cruzado el charco, una expresión muy de sus paisanos, que su ojo y su olfato se curtieron, como los del mismo coyote. No nos extrañe entonces descubrir a Rank Uiller como cazador impenitente de escenas aparentemente anodinas, como actor dentro de una urbe vertiginosa, pero también como excéntrico personaje de novela: grandes espejuelos de pasta, cabello en desorden y un afán enfermizo por regresar a casa, cayendo la noche, con dos o tres imágenes rotundas de su ciudad de adopción. Tal vez porque no hay otra urbe en el mundo tan propicia a la explosión de los sentidos, porque no hay otra tan polícroma, tan dada a los muchos sonidos que el ser humano y las máquinas sean capaces de producir, porque solo en Nueva York podemos toparnos con un rostro usbeko que besa una mejilla somalí, una mano swahili que sacude el polvo de un perro Husky siberiano, y mucho más con un hombre muy común, casi pedestre, que al mirar a la cámara, como quien no quiere las cosas, trasmite toda la soledad o el desasosiego que un hijo de dios pueda albergar. Todo esto, además de fachadas tras nebulosas, de rótulos publicitarios, de piernas de mujeres, de sombrillas coloridas que atraviesan una calle, es la fotografía de Rank Uiller. ¡Todo!

Dejemos a los teóricos de este arte su concepto de “pulsión escópica”, dejemos a los adeptos a la psiquis y a la imagen aquello de “voyeurismo”… ¿Acaso no se trata de un afán de mirar y de ser mirado en el acto? Llamémosle, pues, de otra manera. Persigamos al coyote Rank por entre calles y plazas de la Nueva York de hoy; pongámonos a sus espaldas, veámoslo estudiar el encuadre, accionar el obturador, y al final constataremos que lo que nuestro ojo vulgar atisbó nada tiene que ver con lo que el artista nos propone. Rank Uiller se mueve sin aspavientos entre la toma sepia de un café común delante del cual se aprecia la figura en movimiento de una señora de pelo blanquecino, hasta el resalte de un rojo vivísimo, estridente, donde nuestra percepción solo había captado la imagen de uno de los tantos carteles publicitarios endémicos de esta ciudad; desde la pátina verdosa de una sucesión de fachadas, hasta el efecto diluido, brumoso, que deja entrever una calle y delante un auto que pasa y más allá, como un fantasma, la mismísima figura del coyote que husmea, que acecha, que observa y se deja observar.

Por ello la Nueva York de Rank Uiller escapa a las clasificaciones. Su ojo de fotógrafo de raza y su buen arte de la manipulación digital nos han acercado a una ciudad distinta de la que se ha pegado a nuestra retina al menos durante un siglo. Si esta es la ciudad que más atónito y boquiabierto ha dejado al visitante –desde Paul Morand en 1930 hasta el último turista de hoy–, se trata también de un sitio traicionero para el artista, sobre todo para el fotógrafo: un entorno que seduce pero en el que corre el riesgo de caer en el lugar común, en la tautología figurativa, en la foto tonta. Y es aquí que la foto de Rank Uiller se destaca, al hacernos saber que la suya sigue siendo una ciudad ad-mirable más allá de las guías turísticas, plagada de recovecos, de zonas de ensueño y de personajes que sintetizan historia y emoción. Sigue leyendo

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Praga, La Habana: número redondo

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La invasión soviética a Checoslovaquia, en 1968. Foto de Josef Koudelka.

La grisura definitiva

Desde la ventana de mi habitación en el hotel Pushkin, en la calle Husova, n.14, podía presenciar el desfile de los turistas que recorrían en masa las calles adoquinadas de la vieja Praga, una ciudad que, si no aguzamos mejor la mirada, se reduce a estas alturas a reproducciones art nouveau de Alfons Mucha, a piezas bastante kitsch de cristal de Bohemia, a la mirada importuna del icono de Franz Kafka y a sus efectos colaterales.

Avanzada la tarde, tras haber visitado el cementerio y el barrio judíos, y atravesado un par de veces el puente Carlos que corona al río Moldava, el viajero puede constatar una amalgama de sonidos sublimes, en la que es una de las ciudades europeas donde más se comercia con la música clásica; y ya en la noche, desiertas las calles, experimentar la sensación de hallarse en el sitio de la más perversa discreción —lejos de los flagrantes escaparates de Ámsterdam, de la desfachatez del Raval barcelonés o de la aspereza de rue Saint-Denis, próxima al mercado parisino de Les Halles—. Praga es en una de las ciudades donde más presente, subrepticio e intenso me ha parecido el comercio de la carne.

Era verano y percibía en mí una excitación inusual. Había desembarcado en la capital de Chequia cuarenta años después de que, en cumplimiento de la Doctrina Brezhnev, irrumpieran, primero los paracaidistas, luego los tanques del ejército soviético, a la cabeza de un contingente de países signatarios del Pacto de Varsovia, exactamente la madrugada del 21 de agosto de 1968.

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José, el impuro

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El poeta cubano José Kozer

Casi al llegar a las primeras cien páginas de la novela Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer, el personaje de Hertz Dovid Grein, evidentemente judío, casado, con hijos y a punto de hacer el amor en un cuarto de hotel de tercera con otra joven mujer, también casada, sucumbe ante el solo pensamiento de tener, por la acción que acomete, sus labios impuros.

Esa misma noche newyorkina de los años cincuenta, Boris Makaver, el padre de la muchacha, se despierta sobresaltado, se dirige al baño, toma un cuenco de dos asas y, siguiendo el ritual, vierte «tres chorros de agua sobre la mano derecha y tres sobre la izquierda», justo antes de iniciar unas plegarias que serán interrumpidas por la llamada telefónica de un yerno impotente y desahuciado que le anuncia el ya consumado adulterio. Sigue leyendo

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Fin del año Mitterrand*

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El ex presidente francés François Mitterrand

“Quién va a votar a izquierda ahora” –se pregunta el personaje de Michel casi al final de Etats d´âme, un film poco agraciado del francés Jacques Fansten. Luego él y sus otros cuatro amigos cantan «La Internacional» en son de choteo. De esta película un tanto maniquea de 1986 queda al fin una sensación: la del agotamiento del fervor y del entusiasmo.

Cuando la historia de États d´âme se abre entre gritos, fuegos artificiales y abrazos, pasadas las ocho de la noche del 10 de mayo de 1981, François Mitterrand ha sido proclamado nuevo Presidente de la República Francesa. Tras veinticinco años de devaneos en la oposición, por primera vez la izquierda ha tomado el poder. Con un 51,7% de los votos y después de dos intentos fallidos, FM, un político bien curtido de 64 años, deviene el tercer representante de una formación de izquierda –le anteceden Léon Blum en 1936 y Pierre Mendès-France en 1954— que se hace de las riendas de la nación, y el primero y único en lo que va de V República, “en el momento mismo en el que la sociedad francesa tiene la suerte de salir de su grisura”, como manifestaba dos días más tarde el editorial del diario Libération titulado “Al fin la aventura”.

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Diarios de un insecto en ámbar

Sandor

“Una vida gris también puede ser la trama de un diario”, anota en la primera página de su cuaderno el personaje de Brian Aspinwall, en la novela El rector de Justin del aristócrata newyorkino Louis Auchincloss. Sin embargo, en el libro que ahora nos atañe, a pesar de las similitudes en ambientes (el saco, la corbata, el rostro austero) y ciertos tonos, a pesar incluso de tratarse de los diarios íntimos de un anciano, no estamos ante un texto producido por una vida gris. Sándor Márai no es cualquier anciano. Un anciano que escribe en su diario “La proximidad de la muerte confiere a la conciencia más fuerzas que desánimo”, insisto, no es uno cualquiera sino el cuerpo ajado de uno de los hombres más lúcidos y desconocidos del siglo XX.

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